Desmontar el odio

361

La fuerza del odio y sus consecuencias desencadenan, a menudo, el mayor número de conflictos que se desarrollan en nuestro presente. Bastaría echar una mirada a nuestro panorama nacional e internacional, o prestar atención a los discursos de nuestro entorno sociopolítico, para constatar que el odio se ha instaurado como forma alterna a nuestro modo de vivir. 

El odio no es la manera como podemos responder. Ubicar el odio en su contexto y denunciar su dinámica sirve para desmontar sus mecanismos. Cuando éste se ha instaurado en el corazón de una sociedad o de un grupo, entonces es signo que la ideología ha alcanzado la mayor victoria. Toda ideología puede perder o ganar una elección, puede ser generadora de un amplio bienestar o deterioro económico, pero sin el odio como herramienta principal ella está destinada al fracaso.

Mucho de este odio se gesta en un contexto social e histórico complejo, y tiene como agentes fundamentales a grupos que pretenden mantenerse en el poder o a quienes lo anhelan. Muy raramente es un sentimiento que nace espontáneamente en un colectivo. Frecuentemente, el odio es un producto que beneficia a los intereses de una minoría. El patrón del odio se repite siempre desde grupos minoritarios que se aferran al poder y se valen de cualquier medio para propagarlo entre sus connacionales. Por ejemplo, el nacionalsocialismo alemán era conducido por un grupo minoritario que por medio de los discursos, la propaganda oficial y la ideología justificó la violencia y la guerra por medio del odio a todo el que le resultase adverso. El mismo Ché Guevara decía que “un pueblo sin odio no puede triunfar sobre sus enemigos”.

Frecuentemente el odio tiende a valerse de la imagen de un “mundo justo y mejor” y así hace uso de “juicios morales” que permitan justificar la “exclusión” e, incluso, la “persecución”. La falsa información, la inseguridad y la ambigüedad sirven para difuminar las fronteras entre la verdad y la realidad, entre el bien y el mal. Así pues, un grupo ve a “otro” como el equivocado, como el “enemigo”. Evidentemente es imposible entender que el “otro” tiene sus causas justificadas y que ha de reconocérsele en sus justos derechos.

Otro instrumento que sirve para propagar el odio es avivar el deseo de “venganza”. Esto puede darse cuando un grupo proclama reivindicar los derechos de los “excluidos” o “marginados”, y así justifica la persecución y el atropello contra otros, a quienes convierte en nuevas victimas del odio.

Bajo estas dos dinámicas que engendran al odio se esconde la realidad de la avaricia y la codicia que busca generar beneficios rentables, presentes o futuros, para estos grupos siempre minoritarios.

Cuando el odio desata la violencia, sus consecuencias son impredecibles. Ningún grupo puede predecir el destino que generará la violencia. El odio y la violencia se alimentan mutuamente. Es urgente desmontar el odio.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo

Compartir
Artículo anteriorLlamando a Dios como amigo
Artículo siguienteIndignación y esperanza: no hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad
Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)