Educar en la tolerancia

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A menudo la tolerancia se restringe al simple ejercicio del soportar o resignarse, sobrellevando pacientemente las posturas contrarias. Esta limitación ha conducido al escepticismo, a la indiferencia, pues en los espacios en los que no se logran distinguir los matices y valorar la diferencia, impera el reino del “relativismo” y la desesperanza. 

La manipulación de la verdad conlleva la distorsión de la realidad humana; cuando no hay verdad perdemos cualquier punto de referencia que pueda servir de orientación en la configuración personal y colectiva. Existen sectores de la realidad a los que se presta mayor atención en nuestro quehacer cotidiano, ya que atraviesan una profunda crisis, por el ejemplo, la economía, la política etc. Así que casi inadvertidamente y de forma silenciosa nuestra crisis humana resiste las vicisitudes diarias, porque no se trata de una crisis sólo política o económica, es también y con igual importancia, una crisis humana. Solventar los grandes problemas económicos o políticos que nos aquejan sin prestar atención a nuestra humanidad fuertemente golpeada por la violencia, la exclusión o la mentira será apenas una salida a medias  con fuertes repercusiones futuras.

Cuando al presidente de Ruanda le preguntaron si él creía que no volvería a presentarse una crisis genocida en su país, dijo tener esperanza solamente en la educación de las generaciones futuras. No hay ninguna diferencia entre el ciudadano común que asumió un machete para emprender una limpieza étnica o el funcionario que a quemarropa dispara contra un estudiante o la población civil, ambos creen estar convencidos de cumplir con su deber, incluso piensan que hay principios que los justifican, y están persuadidos de que hay una verdad que defender. Pero educar en la tolerancia es educar en la verdad, sin educación no habrá paz. Hay generaciones que han crecido escuchando hablar en los espacios familiares y comunes de enemigos y oponentes; hay generaciones ignoradas y abandonadas a la dinámica sangrienta de la violencia (bastaría observar la cifra escandalosa de jóvenes asesinados en nuestros espacios populares). Todos piensan tener principios claros desde los que pueden justificar posiciones irreconciliables.

Educar es tan difícil e importante como gobernar, ya que comúnmente se piensa que educar o la vida política es siempre tarea de otros, de un presidente, del partido, la escuela o el maestro. Pero educar es despertar la pasión por la verdad, y sólo desde la verdad se acepta la diferencia y se valora la realidad de lo distinto que evita la intolerancia. La verdad tiene como criterio de veracidad a la justicia. No hay verdad donde hay exclusión, mucho menos, si ésta produce o esconde la injusticia. Educar es despertar la pasión por la diferencia, el encuentro y el diálogo. Una pasión de la que todos estamos llamados a participar.

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Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)