¿Es posible la reconciliación sociopolítica?

La realidad que afrontamos hace cada vez más difícil hablar de la reconciliación y su necesidad como horizonte que ilumine los pasos para reconstruir la democracia. Una de las causas de este desinterés se debe a que comúnmente suele ser asociada con un acto de perdón que olvida y entierra el pasado. Otra está en que muchos interpretan a la reconciliación como un pacto entre grupos que deriva de un proceso cerrado de negociación y equilibrio en el poder. Durante años la “lógica militar” ha predominado sobre la “civil”. Desde una lógica militar es imposible hablar de reconciliación. A lo sumo se podrá proponer una “tregua”, “pacto”, “armisticio” o “alianza”. Por ello, urge rescatar el lenguaje “civil” y comenzar a sanar el tejido sociocultural para recuperar la institucionalidad democrática.

Muchos son los factores que han hecho de las redes sociales los medios más efectivos y eficaces para comunicar una noticia, un suceso, una protesta o una simple opinión. Aunque en muchos casos se expresan ideas acertadas, en otros se llega a difundir, incluso viralmente, una percepción falsa y generalizada de la realidad a través del uso de ciertas palabras o frases que se van repitiendo y con las que juzgamos a todo un colectivo de personas o a nuestra propia situación. Esto puede ser apreciado cuando decimos: “por eso estamos como estamos”, “ellos son así”, “nada sirve”.

En este marco, ¿es posible la reconciliación? Una sociedad tan dividida y fracturada como la nuestra debe comprender que la reconciliación es el único camino para construir un futuro en el que podamos convivir “todos”. Pero la reconciliación no significa encubrir las injusticias o hacer un pacto secreto con el fin de negociar privilegios o espacios de poder. Ella necesita del empeño real por buscar la verdad en lo que acontece y su fin no es otro que el sanar lo que ha sido usado para dividirnos y enfrentarnos. Recordaba Juan Pablo II que “el perdón, lejos de excluir la búsqueda de la verdad, la exige. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado”.

Buscar la verdad y exponerla requiere de un alto coraje político. Por ello, no puede ser una tarea únicamente confiada a los partidos políticos. Necesita de un esfuerzo plural e imparcial, libre de toda interferencia ideológica. De otro modo no lograremos corregir todo aquello que necesitamos como país.

La reconciliación no significa anular la justicia. Como decía Juan Pablo II: “es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las exigencias objetivas de la justicia. La justicia rectamente entendida constituye, por así decirlo, la finalidad del perdón. En ningún pasaje del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje son condición del perdón“.

Un proceso de reconciliación que signifique la inmunidad para los responsables de las violaciones de los derechos humanos sería un proceso viciado desde su inicio y carente de toda credibilidad. El ejercicio de la justicia forma parte de todo proceso de reconciliación, aunque la justicia en sí misma no es suficiente. Es errado pensar que porque hagamos justicia en algunos casos específicos alcancemos reconciliar a toda la sociedad. Se necesita la firme convicción de esta urgencia de reconciliar a todo un pueblo, a una sociedad dividida y educarla para el perdón. Hay que entender que debemos construir el futuro, pero no a pesar de nuestra realidad, sino en y desde ella.

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Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)