La tolerancia y el poder

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La antigua virtud de la tolerancia se consolidó en el discurso social y político a partir de los siglos XVII y XVIII. En ese entonces, y en un primer momento, la tolerancia, en su ámbito civil, se entendió como una política de Estado referente a la disidencia o a la pluralidad religiosa. La relación entre tolerancia y ejercicio del poder es constitutiva al desarrollo de este concepto.

La tolerancia debe encontrar espacio en la ética de todo grupo social en cuanto representa un valor civil y democrático. Su sentir y actuar no es otro que la búsqueda del vivir humanamente, humanizándonos y humanizando a la realidad. No obstante, son las instituciones de una sociedad las que deben expresar, promover, incentivar, educar y vivir valores civilizatorios que busquen el “bien común” o, al menos, logren superar el “mal común”.

Puede ser cierto que en nuestra realidad la sociedad adolezca de valores desde los que se pueda reconstruir y encontrar un horizonte común. Pero hay que reconocer que nuestras instituciones están carcomidas por el cáncer de la intolerancia. Reconstruir y sanar el “ethos” del país luego de haber vivido el giro de una lógica civil y democrática a otra militar y revolucionaria, será una tarea que implicará el esfuerzo de todos sectores de nuestra sociedad para pensar y asumir los valores desde los que deseamos vivir y construirnos.

A lo largo de este proceso es importante entender que es absurdo aceptar un diálogo sin condiciones, o al menos sin las condiciones previas de lo que un diálogo implica y significa. También podemos sostener que es una contradicción afirmar que nuestras instituciones son tolerantes, cuando lo que buscan es la rectificación o la anulación del contrario. Cuando la tolerancia es desvirtuada desde el uso del poder y se ofrece como una concesión o un permiso, el tolerado o todos aquellos que acepten ser tolerados —de ese modo— estarían admitiendo su propia desigualdad de derechos y, por tanto, la abdicación de los mismos.

La necesidad de construir el tejido político de nuestra realidad requerirá de la tolerancia. Al menos como un acuerdo en “razones prácticas” que nos permitan vivir o alcanzar los objetivos que nos propongamos. Según John Rawls la tolerancia se ha de basar en principios o demandas “razonables” y deben justificarse en el ejercicio del poder bajo el “criterio de la reciprocidad”. El “otro” ha de ser reconocido como una persona libre con igualdad de derechos y libre de toda “dominación o manipulación”.

En consecuencia, la justicia debe ser la instancia que garantice la reciprocidad de “derechos y deberes” de los grupos e intereses que coexisten en todo colectivo humano. Sin la garantía de la reciprocidad la tolerancia se desvirtúa en una forma sínica de opresión, en simple concesión a existir que no pasa por el pleno reconocimiento del derecho de existir en igualdad de condiciones. Avanzar en esta lenta recuperación del tejido sociopolítico desde los valores civiles que permitan rehacer la civilidad y la coexistencia, será la tarea que nos debe ocupar durante los próximos años.

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Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)