¿Por qué defender a DACA?

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Está a 90 grados afuera, pero las mariposas, hechas de cartones coloridos con mensajes como “Amor” y “Justicia,” están en plena fuerza. La Coalición para los Derechos humanos nos ha convocado / estudiantes universitarios, padres, profesores, trabajadores, clérigos. Tal vez hay un matiz de inevitabilidad en el aire, pero también hay urgencia y valor desafiante. Todos estamos aquí para defender a DACA, la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, y mientras sostengo nuestro estandarte que simplemente declara “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12:31), reflexiono con oración: ¿Por qué estoy defendiendo a DACA?

Hay un punto de vista especial que tengo como profesor. Paso mucho de mi tiempo mirando a los rostros de jóvenes desde mi lugar privilegiado en frente del salón de clases- En estos 10 años, la tecnología ha cambiado, pero poco más lo ha hecho. Cuando miro afuera, invariablemente veo algunas gorras de béisbol, auriculares que deben ser removidos, cabellos despeinados a consecuencia de una tarde noche de estudios y ojos esperanzados. Son esos ojos que no puedo olvidar. En cada aula, me encuentro con el siguiente misterio a desplegar de la raza humana, los que forjarán futuros que todavía no nos podemos imaginar., los que amarán, y construirán, y soñarán. Y mientras los miro, leo sus escritos y escucho sus preguntas hay una cosa que no puedo hacer — no puedo nuca estar de acuerdo que solamente algunos de estos jóvenes son valiosos y otros no. Cada uno de ellos fue conocido y amado desde el vientre de su madre por Aquel que trae a todas las cosas a la existencia.

¿Cómo puedo entonces mirar a un sistema, económico, educativo o social, que toma los accidentes de la historia – ya sea que hayas nacido en la Ciudad de Nueva York, o en San Salvador, blanco o moreno o negro, físicamente capaz o luchando – y estar de acuerdo que esta pura coincidencia de nacimiento correctamente excluye a algunos?. Mientras miro a los jóvenes rostros en mi salón de clases, quiero lo mejor para cada una de sus vidas en ciernes.

DACA es un paso pequeño e imperfecto en la realización de lo que los Cristianos afirman como verdad acerca de la dignidad de todos.

Estas son algunas historias de mis antiguos estudiantes con DACA: tres maestros de escuelas primarias, un estudiante de medicina, dos abogados, un urbanista, un ingeniero de ciudad, un ingeniero de programación, un consejero universitario, un escritor dotado. Y el primer estudiante indocumentado que yo enseñé es ahora un sacerdote de la Arquidiócesis de Los Ángeles. Estos son los seres humanos y los miembros de nuestras comunidades que son ahora carne de cañón político. Muchos de ellos están apoyando familias extendidas o ayudando a los hermanos a ir a la escuela. Todos son ejemplos de esperanza y promesa.

DACA es un paso pequeño e imperfecto en la realización de lo que los Cristianos afirman como verdad acerca de la dignidad de todos. Representa un reconocimiento de la belleza dada por Dios de estos jóvenes, que no quieren nada excepto proporcionar vidas dignas para sus familias y contribuir con sus talentos a nuestro bienestar comunal. En la manifestación a la que asistí, una madre habla acerca de la diferencia que ha hecho que sus hijos, protegidos bajo DACA, puedan trabajar sin temor a ser explotados. Ella señala que los bajos salarios y la privación de los derechos que el ser indocumentado trae, como otros en la multitud asienten a sabiendas.

DACA es un paso, un paso vital, que necesita ser seguido por una reforma migratoria integral; no es la respuesta, pero por ahora le ha permitido a 800.000 jóvenes que tomen el lugar que les corresponde en nuestros salones de clase y lugares de trabajo.

Mientras miro a mis estudiantes, escucho al Padre Gustavo Gutiérrez, quien, cuando tuve la bendición de estar en su aula, nos miraba y decía, “no amamos a los pobres porque ellos son buenos, amamos a los pobres porque Dios es bueno.” Los inmigrantes no autorizados en todo el mundo son los pobres que no pueden superar su marginalidad por si mismos. Nuestras leyes los han convertido en “nadie,” nuestro amor debe convertirlos en “alguien.”

Rezamos estos días por los corazones de carne y el valor de amar.

Autor: Cecilia González-Andrieu. Quien es profesora asociada de Estudios Teológicos en la Universidad Loyola Marymount, Los Ángeles, California, y escritora contribuyente para America.

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy. 

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