¿Por qué no deberían las personas ser deportadas si son ilegales?

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Con los años, he encontrado que algunos Católicos expresan su oposición a la presencia de inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos preguntando: “ ¿Qué parte de ilegal no entiende?”

Es verdad que las personas que atraviesan la frontera entre los Estados Unidos y México violan la ley. De la misma manera, he aprendido cuán importante es el poner ésta elección y este acto en contexto.

En la iniciativa fronteriza Kino, nuestro ministerio es para los migrantes en Nogales, Sonora, justo al otro lado de la frontera de su ciudad gemela de, Nogales, Arizona. Cerca del 70 por ciento de los migrantes que atendemos nos dicen que ellos cruzan por motivos económicos. Ellos literalmente no pueden mantener a sus familias en México, América Central o Haití.

Las familias se enfrentan a una decisión dolorosa: esperar muchos años para ser considerados para una visa o simplemente cruzar la frontera sin documentos con el fin de reunirse con sus seres queridos.

Cerca del 17 por ciento de los migrantes vienen debido a la separación de sus hijos, cónyuges y otros miembros familiares, mientras que cerca del 9 por ciento han venido huyendo de la violencia tanto en México como en América Central. Las naciones tienen el derecho de proteger sus fronteras, pero, como la Doctrina Social Católica nos recuerda, las personas también tienen el derecho de migrar si ellas no pueden tener una vida digna en sus países de origen.

Nuestro sistema actual evita que nuestros vecinos busquen una forma de vida digna a causa de las restricciones en las visas de trabajo y familiares. También es extremadamente difícil buscar y obtener asilo en los Estados Unidos para aquellos que huyen de la violencia criminal, política o patrocinada por el Estado en sus países de origen.

Muchos de estos migrantes nada les gustaría más que venir a los Estados Unidos legalmente, pero no tienen manera de hacerlo en conformidad con las leyes de Inmigración actuales de los Estados Unidos. Esta realidad refleja el quebrantamiento de nuestro sistema de inmigración. El hecho es que para muchas personas sin calificación profesionales o dinero no hay camino para la inmigración legal.

El sistema roto hace de la unificación de las familias un juicio innecesario. Según el boletín de Visas del Departamento de Estado de los Estados Unidos, por ejemplo, las solicitudes de visado de hijos e hijas solteros mexicanos de ciudadanos estadounidenses antes del 1ro de Junio de 1996, todavía están en proceso de revisión. Esto quiere decir que estos solicitantes han esperado décadas por una respuesta a sus solicitudes debido al límite numérico anual que el gobierno de los Estados Unidos impone en esta categoría particular de visado para los mexicanos. Las familias enfrentan una decisión dolorosa: esperar muchos años para ser considerados para una visa o simplemente cruzar la frontera sin documentación con el fin de reunirse con sus seres queridos.

Las leyes de los Estados Unidos evitan que los migrantes busquen y encuentren una manera de vida digna, un deseo que Dios tiene para todos nosotros. Los empuja hacia los confines de la frontera donde se arriesgan a ser víctimas de robos, asalto y muerte en el desierto. Mantiene a los miembros de las familias separados y previene que los hombres, mujeres y niños migrantes encuentren seguridad a través del asilo en los Estados Unidos.

El Arzobispo John Wester, líder de la Diócesis de Santa Fe, Nuevo México, ha dicho que no es una cuestión de si sí o no los migrantes están violando la ley, pero de si la ley los está rompiendo. En lugar de enfocarse en los métodos de cumplimiento que castigan a aquellos que están viviendo y trabajando ya entre nosotros — y sus hijos — deberíamos dirigir nuestra atención en reformar las leyes de Inmigración de los Estados Unidos de manera que ésta respete la dignidad humana de los migrantes, un valor que apreciamos tanto como Católicos y como estadounidenses.

Autor: Sean Carroll
* Artículo reproducido con el debido permiso de América The Jesuit Review. América The Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

 

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