¿Dónde es el hogar? Es una pregunta inquietante tanto para los Refugiados como para los Cristianos

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“FAMILIA SIRIA. S.O.S.” Estos días no tienes que ir muy lejos adentro o alrededor de París para encontrarte estas palabras. Usualmente están garabateadas con un marcador negro en un pedazo de cartón bien gastado, una tersamente improvisada bandera que presenta a una familia siria y su difícil situación. La señal es sostenida con cautela en las manos de un miembro de la familia, de vez en cuando uno de los padres, a menudo un niño muy joven. A veces la ortografía es mal aquí o allá, un hecho que solamente aumenta la urgencia de su solicitud.

El lugar de encuentro puede ser casi cualquier lugar. Algunas familias han establecido campamentos bajo autopistas de carretera, buscando refugio donde no hay silencio. Otros todavía pueblan las principales estaciones de tren que llevan a millones de personas a París diariamente por trabajo o placer, procedentes de todo el país y más allá de Europa. Otros incluso reclaman las aceras como su domicilio, familias de cuatro en un solo colchón bajo matas inadecuadas contra el frío invernal. Piden dinero en los vecindarios donde un par de zapatos o una noche en una habitación de hotel puede costar más que un vuelo de Nueva York a París.

Algunos blanden sus pasaportes sirios. El gesto es ingenioso en cierta manera, y simbólicamente rico. Ocasionalmente les permite cruzar una frontera tan peligrosa como cualquiera que ellos hayan cruzado para llegar aquí, la frontera de la compasión del transeúnte. Mostrar ese libro azul oscuro dice en silencio, que ellos son realmente Sirios, realmente huyendo de, en carne, los horrores de lo que vemos en las noticias nocturnas. A veces las personas presionan una moneda o billete doblado en la palma de la mano de la madre o el padre. La mayoría pasan evitando la mirada, la práctica más común del arte Parisino. Como con la mayoría de los problemas anteriores en los que nos sentimos impotentes, este es uno que preferimos ver en baja resolución.

Una joven mujer lejos de su hogar nos habla suavemente mientras pasamos: “as-salamu alaykum.” La paz sea con usted.

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En una cierta línea de la imaginación estadounidense, Francia –y París especialmente- es el epítome de un sueño expatriado. Si el hogar ya no te sostiene, o tu ya no soportas estar en casa, es el lugar donde vayas. Los motivos para irte son variados, y los nombres son estratificados: Beecher Stowe y Fenimore Cooper, Fitzgerald y Hemingway, Baldwin y Coates.

A la partida, algunos son acosados por la nostalgia que dura hasta llegar a suelo estadounidense. Para otros ese doloroso anhelo por el hogar está ausente. Pero en todos los casos y a cualquier edad, por lo que puedo decir, es precisamente el esfuerzo de estar en casa en Francia, para hacer un hogar donde uno no tiene ninguno, que cambia tanto como uno se refiere a la tierra particular de nacimiento y la misma idea de ¨hogar.¨

D’où vous venez?” Es una pregunta que me hacen mucho, habiéndome mudado a Francia como parte de mi formación para ser un sacerdote Jesuita. Como muchos otros en la región capital francesa, yo tengo un aire de extranjero. Y aunque en términos de mi competencia en francés, yo no soy un Voltaire, “¿De donde eres?” es una pregunta que la mayoría de los interlocutores piensan por dentro de mis capacidades lingüísticas.

Y lo es, en el estricto sentido. Excepto que es una pregunta muy difícil de contestar. Porque lo que ellos están preguntando es: ¿Dónde está tu hogar, chez vous (su casa en español)? Para responder tan directa pregunta con “Ah, c’est compliqué” (Ah, es complicado en español) es correr el riesgo de parecer innecesariamente necesitado, excesivamente dramático, o ambas. Para Responder: “Bueno, yo nací en las afueras de Filadelfia, donde mi familia todavía vive, deje el hogar a los 18 años para ir a la Universidad en Massachusetts, trabajé en D.C. durante varios años, y después en casi nueve años como un Jesuita he vivido en Nueva York, Pensilvania, Illinois y Maryland, con períodos en un par de países en el extranjero es correr el riesgo de aparecer – para no decir nada de realmente ser – algo neurótico.

Hemos intentado de hacer un hogar, varios incluso, en lugares donde propiamente dicho no tenemos ninguno.

“Los Estados Unidos, Filadelfia.” Esa es mi respuesta habitual. Y es verdad, hasta donde sea; no estoy seguro de hasta que punto es esto. Omite el hecho que que realmente soy de los suburbios. Más notoriamente, ignora que yo no he vivido ahí por casi 15 años. En otras palabras, mi respuesta despreocupada esconde lo evasivo, la inestabilidad del “hogar.”

Yo no soy único en esto. Muchos millones en Occidente han dejado sus hogares para ir a la Universidad, por trabajo o por amor, no huyendo tanto como buscando; y lo que ellos buscan requiere de ellos que estén en otro lugar. El mismo concepto de un “hogar adoptivo,” tan prevalente entre mis amigos y contemporáneos, apunta ineludiblemente en esta dirección. Hemos tratado de hacer un hogar, varios incluso, en lugares donde propiamente dicho no tenemos ninguno.

“Tenemos que ser sobre la vida de negocios.” Esa es mi madre, momentáneamente convertida en un sabio estoico, cuando ella quiere desviar el tema mutuamente doloroso sujeto a la distancia entre nosotros. El negocio parece llevarnos más y más lejos de chez nous (nuestra casa en español).

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Lo que es cierto en los Estados Unidos es quizás más cierto en Francia y en Europa términos más amplios. Y principio de libre circulación de las personas, esa piedra angular de la Unión Europea, significa que, en teoría, un ciudadano Irlandés está en “en casa” en París, así como su contraparte Francesa en Dublín, o en Bucarest, o (hasta que se finalice el “Brexit”) en Londres. En otras palabras, la cuestión de hogar ha orbitado la unión desde su creación. La coherencia del proyecto depende de hacer el hogar de uno tan intercambiable como el mismo euro. Esta fluidez sirve al mercado común, otro pilar de la Unión Europea al permitir al capital humano el moverse libremente.

Es más fácil decirlo que hacerlo. En Francia, como en cualquier lado, la emergente identidad Europea ha sido injertada en un conjunto ya anudado de preguntas nacionales. En primer lugar está la cuestión permanente del lugar y la integración de los inmigrantes en la sociedad y cultura Francesa. Esto, a su vez, plantea problemas espinosos alrededor de los legados coloniales, la raza, el lenguaje y – quizás el más espinoso de todos la laïcité (la laicidad en español) Francesa – la religión. En otras palabras, las cuestiones de la identidad Europea rápidamente se convierten en cuestiones de identidad nacional. Esto ha sido un tema persistente en la política electoral de Francia este año. En la primera vuelta de la votación presidencial, después de todo, sobre el 40 por ciento de los votantes votaron por un candidato que – de una u otra manera – apoya un “Frexit” de la Unión Europea. En la segunda vuelta, más del 33 por ciento votó por la candidata anti-Unión Europea Marine Le Pen, uno de cuyos eslóganes — “On est chez nous!” — puede ser traducido como “es nuestro hogar!”

Es a este guiso ya espeso que debemos ahora agregar la realidad de la migración masiva, la cual incluye, pero es más grande que, la crisis de refugiados. Muchos de los que hoy buscan un hogar en Europa están huyendo de la guerra, la persecución o la devastación – pero no todos lo están. Y el movimiento de estos varios millones de inmigrantes, ya sean etiquetados refugiados o no, ha sido facilitado por la libre circulación de las personas forjada por la Unión Europea. Muchas de estas personas llegan con la intención de quedarse, y esto a pesar de obstáculos considerables y quizás insalvables a la integración.

Por supuesto, cuando ponemos todo esto contra el telón de fondo de una serie de ataques terroristas recientes (París, Niza, Rouen)y un persistente sentido de amenaza no específica (soldados con grandes armas en lugares públicos), entonces nos damos cuenta de algo importante: La pregunta de “hogar” no sólo está orbitando en las naciones Europeas como Francia. Los está atormentando.

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La ciudad en la que vivo, Saint-Denis, está localizada justo al norte de París. Fuera de Francia es mejor conocida por los aficionados de fútbol y los entusiastas de María Antonieta. El estadio de Francia está aquí, construido para la Copa Mundial de 1998 (Francia ganó), y la Necrópolis Real, que es su lugar de descanso final, está en la Basílica Gótica de la ciudad. Saint-Denis es un lugar de flujo y transición para aquellos que llegan a Francia y que departen de ella. Por un lado, está cruzada por la autopista A1 y la línea del tren RER-B, ambas cumplen la misma función: conectar el centro de la ciudad de París con el Aeropuerto Charles de Gaulle, la principal puerta de entrada al país. Por el otro lado, es una ciudad de inmigrantes de todo el mundo que han venido a hacer en Francia un nuevo hogar.

En Diciembre, el parque urbano construido sobre la sumergida A1 se convirtió en el lugar de un campamento migrante emergente. Las autoridades los habían, para decirlo cortésmente, desalentado de sus residencias previas en los parques Parisinos. Su continua migración a Saint-Denis, por el contrario, parecía más bien alentada. Algunos habían estado en Calais, en la más reciente de varias llamadas junglas, entre los miles que esperaban llegar al Reino Unido. El campamento aquí creció rápidamente: 50, luego 100. Eventualmente, llego al tope cerca de 500 seres humanos. Casi todos ellos estaban viviendo bajo tiendas de campaña pequeñas y gastadas. El parque se convirtió en un manto azul, rojo, verde y púrpura estirado entre la tierra marrón y el cielo pizarra de Diciembre.

Los voluntarios del vecindario se movilizaron rápidamente, proporcionando algún tipo de desayuno diariamente. Por las noches grupos más organizados a menudo llegaban con una comida caliente. Una noche, poco después de que el campamento se hubiese arraigado, yo acompañé a otro Jesuita, Francés de nacimiento, para examinar la situación a menos de 50 yardas de mi puerta principal. Habían muchas tiendas, y muchas personas haciendo lo que las personas hacen. Algunos estaban hablando y riéndose, había echado raíces moviéndose alrededor de fuegos improvisados tratando de mantenerse calientes. Otros estaban comiendo y bebiendo. Y unos pocos estaba haciendo sus necesidades fisiológicas que eventualmente son el resultado de tales actividades.

Cuando regresábamos a casa, un residente de un edificio de apartamentos con vistas a a esta escena se nos acercó. Nos había visto conversando con aquellos que servían la cena. No incorrectamente, nos tomó como que estábamos entre aquellos simpatizantes de la difícil situación de los inmigrantes, dispuestos a ayudar de cualquier medio que nosotros pudiéramos. Incorrectamente, debido a que no encajábamos en el perfil racial típicamente asociado con ya sea un inmigrante o un residente de Saint-Denis, él nos tomó como que éramos de algún otro lugar.

“Buenas noches, caballeros,” comenzó él, extendiendo su mano en lo que pronto se revelaría como un irónico gesto de politesse (cortesía en español). “Yo vivo aquí en Saint-Denis, y sólo quiero agradecerles por ayudar a convertir nuestro barrio que está luchando en un lugar donde los inmigrantes orinan y defecan en frente de nuestros hogares.”

Siguió una descarga cerrada de vagas alegaciones, entregadas con pasión y convicción. (Ellos pudieran ser terroristas. He escuchado que en algunas de sus culturas el violar niños es una práctica común. Y ¿han escuchado como ellos tratan a las mujeres de donde algunas de ellas son?) Fuimos inundados con una corriente de hipérboles y estereotipos, la clase de cosas dichas para justificar el temor y la ira que a veces nosotros sentimos, pero que solamente mostramos cuando tenemos miedo y estamos enojados y reaccionamos en consecuencia. Son las cosas a menudo dichas acerca del “otro,” quien quiera que sea. Pero al haberme gritado a mí – y no a 10 pies de la tienda más cercana – aceleró mi pulso. Sentí sonrojarme. Tuve la súbita necesidad de decir algo.

Pero estaba atado de la lengua, aturdido no tanto por su diatriba como por mi francés forzoso, singularmente inadecuado para este momento. Afortunadamente, mi compañero Jesuita habló por mí, por nosotros. Ellos estaban orinando y defecando en frente de nuestra casa, también, dijo él. Nuestro vecino fue insensible a este hecho. Igualmente, él era indiferente por nuestro recordatorio de que estas personas habían abandonado sus hogares y arriesgado sus vidas para llegar a un sitio donde ellos no hablaban el idioma y no tenían ninguna red de apoyo. Las personas que no están desesperadas no hacen tales cosas. Podría haber añadido que cualesquiera que sean nuestros sentimientos respecto a la micción en público o la defecación – y yo puedo decir que generalmente me opongo – hay tales cosas como circunstancias atenuantes.

Nuestro cuidado con los desplazados no puede ser tomado como que significa que el desarrollo comunitario, los derechos de propiedad, el saneamiento pública y la seguridad pública de alguna manera dejen de importar.

Recordado por mi compañero Jesuita de su difícil situación, y dicho de nuestra sentida obligación de ofrecer alguna forma de asistencia, nuestro vecino dijo algo que ha quedado grabado en mi mente desde entonces. Todavía atrapado en el calor del momento, él disparó instintivamente y sin duda sinceramente, “Ese no es mi problema!”

Un silencio incómodo cayó. Después de una proclamación tan definitiva, ninguno pareció saber que más decir. Nos dejó poco tiempo después. Terminamos nuestra caminata a casa.

Si parece, en mi relato de esta historia, que yo estoy tratando a esta persona duramente, le aseguro que no es mi intención. Algunos de sus preocupaciones, hipérbole aparte, son bastante válidas. Nuestro cuidado con los desplazados no puede ser tomado como que significa que el desarrollo comunitario, los derechos de la propiedad, el saneamiento público y la seguridad pública de alguna manera dejen de importar. El ejercicio de la caridad, si es caridad, nunca es un juego de suma cero.

“Ese no es mi problema,” dijo él. Y, para mi sorpresa, lo amé por decir eso.

¿Pero por qué? Después de todo, esta es la clase de declaración que hace fácil despreciar a este hombre y sus preocupaciones, para caricaturizarlo en el olvido. Haciendo esto establecería una ordenada conclusión para este tipo de ensayo. Dado mi contexto religioso, tal táctica podría implicar una cita o tres del Papa Francisco sobre la urgencia de la hospitalidad o el problema de la indiferencia; mejor todavía, podría invocar su ejemplo de acogida a los inmigrantes dentro el Vaticano. En cualquier caso, yo sería el héroe de esta historia. Y, tu estuvieras de acuerdo, compartiríamos ese acogedor manto de la rectitud.

Esto sería demasiado simple y – dada que la realidad rara vez es así – casi ciertamente es falsa.

“Ese no es mi problema,” dijo él. El hecho es que esto era lo que yo mismo había pensado silenciosamente mientras caminaba alrededor del campamento unos momentos antes. “Esto es horrible,” mi mente susurró. “Y ¿cómo es esto mi problema?” Era también lo que yo había dicho menos explícitamente más temprano en el día – y la semana y el mes – mientras yo volteaba mi mirada de todavía otra familia mostrando el pasaporte en la estación del tren en mi camino a clases. “Que pena, pero ¿cómo es esto mi problema? Y de todas modos, ¿qué puedo hacer yo?”

“Ese no es mi problema.” Quizás fue la única cosa que mi vecino podría haber dicho capaz de puentear el espacio entre nosotros. Porque cuando él dijo esto, me mostró a mí mismo. Y lo amé por eso, aunque yo particularmente no amé lo que vi.

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Enfrentado con la complejidad. Ya sea una espinosa realidad política o el desorden dentro y fuera, nosotros instintivamente optamos por la claridad y la simplicidad. Esto es especialmente verdadero cuando nos sentimos impotentes o sin esperanzas. Cuando tenemos miedo, en otras palabras. Tal sencillez puede implicar el apoyo de gestos políticos defensivos que dejan sin resolver los temas subyacentes. Como a menudo, y quizás al mismo tiempo, implica desapego o apatía.

“El miedo no es un hábito Cristiano mental,” Marilynne Robinson ha escrito. Es verdad, y también es el hecho de que el temor, ya sea justificado o no, es una motivación extremadamente poderosa – incluso entre los Cristianos, incluyéndome a mí mismo – incluso, juzgando por los temas recurrentes de la historia humana, en tierras supuestamente Cristianas. Me atrevo a decir que el miedo es un principio de acción más familiar que el amor abnegado. Por desgracia, estos temas no parecen estar en peligro inminente de agotamiento.

No obstante hay buenas razones para cuestionar si “hogar” — es un concepto estable, algo definitivamente alcanzado — es un hábito mental común a los seres humanos en general, y los Cristianos en particular.

Fue Jesús mismo quien, a diferencia de los zorros y los pájaros, no tenía un lugar para recostar su cabeza.

Sólo tenemos que pensar en los antiguos expatriados estadounidenses en Francia, Ernest Hemingway, sosteniendo su escopeta camino a un hogar que él nunca encontró aquí abajo. Sólo tenemos que pensar de Abraham and Moisés, reclamado por muchos como los “antepasados en la fe.” El primero dejó su hogar con la promesa de que uno nuevo le sería mostrado a él, el segundo murió con un hogar buscado desde hace tiempo finalmente en el horizonte. El tema es recurrente: “Aquí no tenemos una ciudad duradera, sino que nosotros buscamos la que está por venir.” Ese es el escritor de la Carta a los Hebreos.

Y fue Jesús mismo quien, a diferencia de los zorros y los pájaros, no tenía un lugar para recostar su cabeza. El pensó que esto era lo suficientemente importante para decirle a sus discípulos por adelantado. La pregunta de sus primeros seguidores, “Maestro, ¿dónde te quedarás?” se cumple no con un código postal sino con una invitación: “Vengan y vean.” Lo que vieron fue el camino.

Hay diferencias entre la falta de raíz del discípulo y la falta de raíz de aquellos en Occidente que dejan sus hogares buscando títulos, amores y trabajos. Sin embargo, ambos son opciones libres. Esta libertad, o más precisamente su carencia, es a su vez lo que distingue la difícil situación de una persona viviendo bajo una tienda en Saint-Denis. La necesidad física aquí reemplaza la movilidad social, los privilegios y el sentido de la vocación. Echamos de menos esta diferencia al riesgo de espiritualizar lo inhumano, o – peor aún – bendecirlo. El mismo Cristo quien recortaba las raíces de sus discípulos todavía les enseñaba a acoger al extraño y a darle refugio a los desamparados.

Y sin embargo, por todas las diferencias el hecho permanece que el hogar es nuestro problema compartido.

Irónicamente, son los inmigrantes mismos que parecen conservar la fe más fuerte en lo que a veces llamamos el sueño Europeo, un sueño que ellos persiguen con sus vidas como colateral. Eventos recientes en mi patria sugiere que mucho de la misma manera puede ser dicho para sus contraparte estadounidense.

Pero aún más irónico, y lo más revelador de mi punto de vista, es que mi interlocutor en esa noche decembrina, el que reclamaba tenazmente su hogar, era, él mismo, un extranjero. Era un inmigrante de origen Africano. De hecho, ninguno de nosotros, ni yo mismo, ni mi vecino, ni siquiera el Jesuita Francés con quien yo estaba, era nativo del lugar particular que nosotros reclamábamos como “nuestro hogar” en esa helada noche. El hogar nos unía, aunque tan palpablemente nos dividía.

Lo que tememos, lo que temo, frente al inmigrante o el refugiado pudiera no ser tanto su extranjería sino su familiaridad. Ellos dan carne y sangre a la búsqueda del hogar, aquella más elusiva de las realidades estos días.

* * *

Mi inquieto silencio continuó por el resto de esa noche mientras retornábamos a mi apartamento. Mientras el campamento continuó creciendo, la colcha de las tiendas multicolores se hacían visibles desde la ventana de mi habitación. Visible, quiero decir, hasta el 19 de Diciembre. Esa mañana, mientras los voluntarios vendían café y te y pan baguettes, la policía comenzó a reunirse en los bordes del campamento. Al igual que los migrantes, su presencia creció en silencio y de forma gradual y constante. Eventualmente unos 200 oficiales comenzaron la tarea de una vez más trasladar a aquellos presentes – a refugios, esta vez, Temporalmente, por supuesto.

Al salir, los migrantes fueron obligados a abandonar sus tiendas. Por poco tiempo el campamento era una ciudad fantasma poblado solamente por aquellos perfectos símbolos de la necesidad, la carestía, la efemerilidad del hogar. Durante semanas ellos habían ofrecido un recordatorio diario de que adicionalmente a la necesidad física, el hogar es un hambre espiritual, algo anhelado, captado después. El problema con esa hambre espiritual, y su belleza, es que muy a menudo no son cumplidos. Los conocemos solamente al alcanzarlos y al encontrar que ellos nos eluden.

Apenas unos días antes de Navidad, las tiendas fueron eficientemente desmanteladas por trabajadores en trajes blancos de materiales peligrosos. Luego fueron destruidos.

Las cercas temporales fueron levantadas alrededor dl parque donde el campamentos había estado, su función declarada de evitar que los antiguos habitantes regresaran. Las cercas estuvieron ahí durante varias semanas – más tiempo, en última instancia, que los propios inmigrantes. Para nosotros los que permanecimos, ellos marcaron una ausencia, pero no sólo eso. Las cercas esbozadas en cadenas enlazan los contornos de nuestro problema: Afirmamos nuestro propio sentido de hogar negando uno a otros. Esto es oscuramente irónico, si bien atestiguado en la historia humana. Pero la inflexión particular de este problema hoy en día, tanto en Francia así como en mi patria, es que nosotros negamos a los demás lo que nosotros mismos estamos buscando pero no hemos encontrado.

Este artículo también apareció en forma impresa, bajo el titular “The Discomforts of Home,” (¨La incomodidad del Hogar¨ en español) en el número del 07 de Agosto del 2017.  

Timothy O’Brien, S.J., es un estudiante graduado en teología del Centre Sèvres, París.

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy. 

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