¿Hay alguna otra forma de abordar la crisis migratoria?

En su reciente exhortación apostólica sobre la santidad, el Papa Francisco nos invitó a todos a buscar a los perdidos, los pobres, los desamparados y los abandonados. En otras palabras, nos invitó a buscar al inmigrante.

El mundo está siendo testigo de una de las mayores crisis humanitarias de la historia, con un estimado de 68.5 millones de personas obligadas a huir de sus hogares. Algunos escapan de la persecución religiosa, étnica o política. Otros huyen de la guerra y la violencia de pandillas. Algunos huyen de la aplastante pobreza. Otros están dejando sequías y hambrunas provocadas por el cambio climático. Si bien las razones de la migración son diferentes, existe un deseo universal de una vida mejor.

La difícil situación y huida de los más pobres y más perseguidos plantea muchas preguntas. ¿Los enviamos de vuelta a sus lugares de origen, donde pueden ser asesinados, o los aceptamos con compasión y comprensión?

Al buscar soluciones, ¿nos enfocamos en los desplazados o las fuerzas que los desplazaron?

Los Estados Unidos y México abordan estas cuestiones a medida que los inmigrantes huyen de la pobreza y la violencia de pandillas en América Central, con México como país de tránsito y los Estados Unidos como el destino previsto (aunque un número creciente permanece en México). En 2016, 200,000 centroamericanos, principalmente de Guatemala, Honduras y El Salvador, fueron detenidos por la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos.

Este fenómeno llevó a la administración Trump a seguir una política de separación de familias inmigrantes en la frontera entre México y los Estados Unidos como una forma de disuasión contra los cruces no autorizados. Si bien las separaciones son nuevas, la cuestión de qué hacer con las familias no lo es. En 2014, la llegada de 69,000 menores no acompañados de Centroamérica se convirtió en una historia nacional, pero más de 60,000 familias fueron detenidas en la frontera también. A la mayoría se les otorgó entrada a los Estados Unidos para enfrentar los procedimientos de deportación y asilo.

Eso cambió este año con la política de inmigración de “cero tolerancia” que resultó en la separación de 3.000 niños de sus padres. Las imágenes de niños pequeños detenidos en centros de detención indignaron a millones de personas en todo el mundo, lo que obligó a la administración de Trump a retractarse de su política.

Tal vez es hora de un cambio en la estrategia.

Los Estados Unidos gasta miles de millones cada año para expulsar a inmigrantes indocumentados, pero ¿qué pasaría si no tuvieran que huir de sus hogares en primer lugar? ¿Qué pasa si el éxito de una política de inmigración fuese medida en prosperidad y seguridad en lugar de en deportaciones y detenciones? ¿Qué pasa si la solución no está en la protección fronteriza y la aplicación de leyes anti-inmigración, sino en la diplomacia cuidadosa y la planificación estratégica?

¿Qué pasa si el éxito de una política de inmigración fuese medida en prosperidad y seguridad en lugar de en deportaciones y detenciones?

Poco después de la crisis de inmigración de 2014, el gobierno de Obama trabajó con el Congreso y con diplomáticos extranjeros, incluidos los de México, para crear la Alianza para la Prosperidad, un plan bipartidista y multianual para promover las reformas institucionales y el desarrollo económico en Centroamérica. En 2015, el Congreso aprobó 750 millones de dólares americanos en ayuda a Guatemala, Honduras y El Salvador para esos fines. No fue una panacea, pero fue un comienzo para repensar la manera en que abordamos la migración.

Lamentablemente, esta forma de abordar la migración ha perdido el favor. La ayuda exterior estadounidense a Centroamérica ha disminuido en un 20 por ciento bajo la administración de Trump. La militarización de la frontera y la deshumanización de quienes cruzan también muestran un enfoque menos comprensivo para las personas más vulnerables de nuestro hemisferio.

Hay otra manera. Se espera que el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, patrocinado por las Naciones Unidas, sea el primer acuerdo negociado multinacional que aborde los desafíos asociados con la migración, incluyendo sus causas y el potencial de migración hacia una mayor prosperidad y desarrollo sostenible en nuestro mundo globalizado. Las audiencias sobre el plan se han celebrado desde abril de 2017, y a principios de julio se logró un consenso sobre el texto en la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el documento fundacional del Pacto Mundial; se espera que sea adoptado en una Conferencia sobre Migración Internacional este diciembre en Marruecos. Sus 23 objetivos incluyen “proporcionar servicios básicos para inmigrantes” y utilizar “la detención sólo como una medida de último recurso”. Los Estados Unidos había participado inicialmente en las negociaciones, pero se retiró el año pasado.

Del mismo modo que las causas de la inmigración son muchas, las soluciones también lo son. Lo que funciona en un país puede no funcionar en otros, pero lo que funcionará es un enfoque integral y holístico, como el del Pacto Mundial, que considera todas las partes y todos los factores. Los inmigrantes son recursos increíbles y también lo son las comunidades de las que provienen. Debemos abrazarlos con bondad y compasión.

Pretender que sus luchas no sean nuestras sólo nos llevará a una mayor angustia y sufrimiento. Una política exitosa no se puede medir en meses o años, sino en décadas. Es más rápido actuar a través de deportaciones y detenciones, pero eso no hace que las oportunidades económicas y la seguridad sean actividades menos dignas.

México entiende que la migración es más que el viaje; se trata de causa y efecto, y el enfoque global del Pacto Mundial permitirá a la comunidad internacional maximizar las oportunidades económicas de la migración. Nos enorgullece reconocer la humanidad de los inmigrantes pero, lo que es más importante, trabajar para construir una sociedad donde todos tengan una oportunidad justa de vivir.

Este artículo también apareció en forma impresa, bajo el título “México respalda una mejor manera de abordar la migración: la planificación estratégica”, en la edición del 20 de agosto de 2018.
Diego Gómez Pickering se desempeñó como Embajador de México en el Reino Unido desde 2013 hasta 2016 y ahora es el Cónsul General de México en la ciudad de Nueva York.
* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy. *
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