Las personas mueren todos los días. Los refugiados de la República Centroafricana

En un centro de registro en Lembo, un pequeño pueblo en la provincia del Congo de Nord-Ubangi, el hijo de Esther Youkov fue la última víctima. Con sólo un año y medio, se enfermó con malaria la semana pasada; primero vinieron los vómitos, luego la diarrea, y luego la fiebre.

Youkov se acercó a una clínica local para obtener medicamentos pero no pudo pagar el tratamiento. Su hijo murió poco después de la medianoche en la mañana en que habló con IRIN. Su nombre era Jean Akalozo. “Él murió porque yo soy una refugiada,” Youkov susurró, luchando por las palabras sólo unas pocas horas después del funeral. “Aquí, no tenemos nada”.

Después de cuatro años de conflicto, los refugiados están una vez más cruzando las fronteras de la República Centroafricana (RCA). En cinco meses, 64.000 han huido de los pueblos y aldeas en la frontera sureste de la RCA a comunidades aisladas en los ríos en el vecino Congo.

Están huyendo de un país que alcanza niveles de violencia no vistos desde el años 2013 y 2014, cuando una coalición de grupos rebeldes mayoritariamente Musulmanes llamada Séléka tomó el poder en un golpe de estado, desencadenando una reacción de una red de milicias de autodefensa Cristiana llamada anti-balaka.

“La crisis en este momento ha alcanzado el mismo nivel de antes,” dijo Balkissa Ide Siddo, investigadora de Amnistía Internacional para África Central.

Los últimos combates tienen sus raíces en la fragmentación de la coalición Séléka. Comenzó cuando el líder del grupo, Michel Djotodia, renunció como Presidente y sus combatientes dejaron la capital de la RCA, Bangui, en Enero del 2014.

Se intensificó a finales del 2016 cuando una coalición encabezada por una ex facción de Séléka – El Frente Popular para el Renacimiento de la República Centroafricana, o FPRC, comenzó a luchar contra otra: La Unión por la Paz en la República Centroafricana (UPC), un grupo rebelde predominantemente Fulani que se negó a unirse a la coalición.

La venganza de Ali Darassa

Ambos lados han cometido, desde entonces, atrocidades contra civiles, pero en Nord-Ubangi la mayoría de los refugiados han huido de los ataques de este último, la UPC.

Louis Ndagbia, de 58 años de edad, estaba sentado afuera de su casa temprano en la mañana del 17 de Mayo cuando combatientes de la UPC llegaron a la aldea de Yama Makimbou. Una bala pasó por su pecho y le dio a su vecina, Dieudonne Balekouzou, en el costado. Él murió instantáneamente.

En la cercana Mobaye, Alexis Panda también huyó el 17 de Mayo cuando los combatientes de la UPC irrumpieron en su aldea, quemando las casas y ejecutando a los civiles en fuga.

Dijo que vio aproximadamente 100 cadáveres diseminados en el suelo ese día y que perdió a dos miembros de su familia: su hermano menor, Saturnnain Ndagbia y su prima, Gaby Agbada. Ahora “no quedó nadie en Mobaye para llorar los cuerpos,” dijo él.

El conflicto se extendió al sureste de RCA después de que la Misión de Paz de las Naciones Unidas, MINUSCA, negoció la eliminación de la UPC y su líder, Ali Darassa, desde su cuartel general en Bambari. La idea era crear una “zona libre de grupos armados” en la segunda ciudad más grande de la RCA.

Desalojada de su bastión, la UPC se reorganizó en el sureste, un área sin presencia MINUSCA que también había sido desocupada recientemente por las tropas Americanas y Ugandesas desplegadas en una misión contra el famoso Ejército de Resistencia del Señor (ERS) de Uganda.

“MINUSCA debería haberse asegurado que donde sea que Darassa fuera después de Bambari la población estuviera segura,” dijo Siddo. “Por lo que yo sé, no se tomaron medidas.”

Mientras la UPC avanzaba hacia el sur, fue perseguido por la FPRC, trabajando junto con los grupos anti-balaka contra los que peleaban.

Un patrón de asesinatos por represalias en los que los combatientes de la coalición atacaron a los Fulani étnicos y la UPC a los Cristianos. En Junio, las Naciones Unidas dijo, “las primeras señales de advertencia de genocidio” se habían hecho presente.

La violencia continúa

En Mobayi-Mbongo, un pueblo y lugar de desplazamiento al otro lado del río desde Mobaye, los refugiados de la RCA dijeron que los ataques de la UPC continúan. El sonido de los disparos pueden ser escuchados de forma regular. El humo puede ser visto elevándose desde los techos de paja de las casas incendiadas.

“Hoy en día, podemos caminar 60-65 kilómetros y no verás a una persona en el camino,” dijo Fidel Pasianga, de 39 años. “Todas las casas han sido incendiadas.”

De pie cerca, Fabrice Nzongba dijo que su hijo, Celestin Tchabassim, fue asesinado a tiros después de aventurarse a Mobaye en busca de comida el mes pasado.

Un grupo de búsqueda encontró su cuerpo con un agujero de bala en su cabeza y otro en la pierna. Él ahora está enterrado en las afueras del refugio a medio construir de Nzongba bajo un montículo de tierra naranja.

“La UPC no quieren ver a ningún civil,” dijo Nzongba.

Otros refugiados han huido de grupos armados diferentes. En Mayo, los combatientes anti-balaka atacaron la ciudad de Bangassou con armas pesadas, dejando 119 muertos. Desde entonces, unos 37.000 refugiados se han reportado en Ndu, una aldea remota al otro lado del río en la provincia del Congo de Bas-Uélé.

El ataque indiscriminado de Musulmanes por parte de los anti-balaka en Bangassou causó fricción dentro de la coalición FPRC. En Bria, una ciudad minera de diamantes en la provincia de Haute-Kotto en la RCA, una facción Árabe liderada por el ahora fallecido Ahmat Issa, se enfrentó con un grupo anti-balaka, causando el desplazamiento de más de 38.000 personas.

Más al sur en Zemio, elementos anti-balaka han estado peleando con “grupos armados Musulmanes” desde Junio, de acuerdo con las Naciones Unidas, causando que miles de personas huyan a Zapai, también en Bas-Uélé.

Más allá del alcance de la ayuda

Los recién llegados enfrentan condiciones severas. En el centro de registro en Lembo, miles hicieron fila bajo el abrazador sol en una tarde reciente.

Los hombres luchaban por conservar su dignidad a medida que estallaban las peleas; otros sólo luchaban para mantenerse de pie. En una fila separada, las mujeres sostenían a los bebés para ser fotografiados y los niños pequeños con barrigas duras, redondas jugaban alrededor de sus pies.

ACNUR, la Agencia de Refugiados de las Naciones Unidas, ha distribuido artículos no alimenticios, incluyendo mosquiteros, utensilios de cocina y láminas de plástico a algunos refugiados, pero la distribución de alimentos no ha comenzado en ningún sitio de desplazamiento, cinco meses después que los refugiados comenzaran a a llegar.

“Personas están muriendo a diario,” dijo Francois Kohoutchi, de 60 años, en Lembo.

La asistencia se ha visto obstaculizada por grandes desafíos en la accesibilidad. Los grupos de ayuda no pueden llegar a Zapai debido a la presencia de un grupo disidente de la ERS.

“Muchas de las personas que huyen de Zemio están en riesgo a causa del ERS,” dijo Paul Ronan, un investigador del grupo de defensa Invisible Children (Niños Invisibles). “Las ciudades en esta área han sido atacadas frecuentemente en los últimos años.”

Al llegar a Ndu, frente a Bangassou, al personal de ACNUR se encuentra a cuatro días de su base en Gbadolite, usando una combinación de carros, bicicletas y canoas. Incluso los sitios accesibles como Lembo requieren conducir por un sinuoso camino de tierra, flanqueado por pasto elefante e inundado por las fuertes lluvias.

Antes de la actual afluencia, ACNUR ya estaba ayudando a más de 100.000 personas de África central en cinco campamentos y otros asentamientos informales. Sólo el 11 por ciento de sus recursos de financiación para el 2017 para esos refugiados ha sido recibido, con recursos adicionales para los recién llegados entregados sólo recientemente.

“La respuesta para refugiados Centroafricanos es una de las menos financiadas del mundo,” dijo Andreas Kirchhof, un vocero de ACNUR en República Democrática del Congo. “En el Congo, apenas teníamos apoyo para proveerle a los recién llegados.”

Por ahora, los refugiados dicen que ellos están sobreviviendo casi por completo gracias a la generosidad de las empobrecidas comunidades de acogida. “Les damos la bienvenida aquí,” dijo Philomene Gerekanda, jefe de Lembo. “Pero no tenemos nada que darles. Es un pueblo pequeño, La vida aquí es muy dolorosa.”

Los rebeldes se reorganizan

En la RCA, a principios de Octubre se firmó un acuerdo de alto al fuego entre la UPC, la FPRC, y los grupos anti-balaka. Después de un año de enfrentamientos mortales, el FPRC anunció al jefe de la UPC Ali Darassa como Vicepresidente de la coalición.

Si bien las alianzas cambian de manera sorprendente, las masacres continúan como reloj. La semana pasada grupos anti-balaka atacaron la ciudad al sureste de Pombolo, dejando 26 muertos. La semana anterior, 20 Musulmanes fueron masacrados en las cercanías de Kembé.

La semana pasada, visitando la RCA por primera vez, el Secretario General de las Naciones Unidas António Guterres solicitó 900 efectivos adicionales del Consejo de Seguridad para ayudar a proteger a los civiles, pero la estrategia parece estar más orientada a controlar las minas donde se generan los ingresos de los combatientes que a proteger cada aldea rural.

En Mobayi-Mbongo, Roseline Zimba dijo que ella prefería vivir con siete niños apretujados en una choza de paja de una sola habitación que regresar a casa. Ni siquiera la muerte de su hija menor, Ester Biawali, el mes pasado por enfermedad, ha cambiado de opinión.

“Está tan cerca,” dijo ella, mirando hacia su pueblo al otro lado del agua. “Pero no puedo regresar. Cuando los rebeldes ven civiles, los matan.”

Autor: Philip Kleinfeld
* Artículo reproducido con el debido permiso de IRIN News. IRIN News no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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