Para entender el neoliberalismo más allá de los clichés

344

Cual es la ideología hegemónica en Occidente desde hace tres décadas. Como surgió, cómo fue adoptada por las élites y cómo se volvió invisible y difusa. Cuales son sus paradojas. Por qué la izquierda, hasta ahora, fracasó en enfrentarla.

Imagine si la población de la Unión Soviética nunca hubiera escuchado hablar de comunismo. La ideología que domina nuestras vidas no tiene nombre para la mayoría de las personas. Menciónelo en una conversación y verá que su interlocutor se va a encoger de hombros. Así haya escuchado el término antes, tendrá dificultad para definirlo. Neoliberalismo: ¿usted sabe qué es eso?

El anonimato es al mismo tiempo síntoma y la causa de su poder. Desempeñó un papel importante en una notable secuencia de crisis: el declive financiero de 2007-8; el ocultamiento de riqueza y poder del que los Panamá Papers nos ofrecen apenas un atisbo; el lento colapso de la salud y de la educación públicas; el resurgimiento de la pobreza infantil; la epidemia de soledad; el colapso de los ecosistemas; la ascensión de Donal Trump. Sin embargo, respondemos a esas crisis como si ellas emergieran de manera aislada, aparentemente inconscientes de que todas fueron o catalizadas o exacerbadas por la misma filosofía coherente; una filosofía que tiene –o tenía- un nombre. ¿Puede haber un poder más grande que el de actuar anónimamente?

El neoliberalismo penetró tanto, que raramente siquiera lo reconocemos como una ideología. Parece que aceptamos la proposición de que esa fe utópica y milenaria describe una fuerza neutra; una especie de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin. Pero esa filosofía surgió como intento consciente de remodelar la vida humana y cambiar el locus del poder.
El neoliberalismo ve la competencia como característica definidora de las relaciones humanas. Ésta redefine a los ciudadanos como consumidores, cuyas elecciones democráticas se ejercen mejor al comprar y vender, un proceso que supuestamente recompensa el mérito y castiga la ineficiencia. Defiende que el “mercado” asegura beneficios que jamás podrían ser logrados por medio de la planeación.

Los esfuerzos que buscan limitar la competencia son tratados como hostilidades hacia la libertad. La ideología afirma que los impuestos y la regulación deberían ser reducidos y los servicios públicos, privatizados. La organización del trabajo y la negociación colectiva hecha por los sindicatos son tratadas como distorsiones del mercado que impiden la formación de una jerarquía natural entre vencedores y perdedores. La desigualdad es reconsiderada como algo virtuoso: un premio a la utilidad, ella es generadora de una riqueza que se difunde de arriba para abajo, enriqueciendo a todo el mundo. Los esfuerzos por crear una sociedad más igualitaria serían al mismo tiempo contraproducentes y moralmente corrosivos. El mercado aseguraría que todo el mundo recibiera lo que merece.

Internalizamos y reproducimos estas creencias. Los ricos se convencen de que su riqueza la obtuvieron por mérito, ignorando las ventajas –tales como educación, herencia y clase social- que pueden haber ayudado a garantizarles esos frutos. Los pobres comienzan a culparse por sus fracasos, aún cuando pueden hacer poco para cambiar las circunstancias de sus vidas.

Olvide el desempleo estructural: si usted no tiene trabajo es porque no es un emprendedor. Olvide los imposibles costos de vida: si su tarjeta de crédito está en el límite, usted es imprudente e imprevisor. Olvide que sus hijos ya no tienen un polideportivo en la escuela; si se engordan, es culpa suya. En un mundo gobernado por la competencia, aquellos que quedan atrás pasan a ser definidos y a autodefinirse como fracasados.

Entre los resultados, como documenta Paul Verhaeghe en el libro What About Me?, están la epidemia de automutilación, trastornos alimenticios, depresión, soledad, ansiedad por el desempeño y fobia social. No sorprende que el Reino Unido, donde la ideología neoliberal viene siendo aplicada con mayor rigor, sea la capital de la soledad en Europa.

Ahora todos somos neoliberales

El termino neoliberalismo fue acuñado en una reunión en 1938 en la ciudad de Paris. Entre los participantes había dos hombres que definirían la ideología: Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Ambos exiliados de Austria, consideraban la social democracia, caracterizada por el New Deal de Franklin Roosvelt y el desarrollo gradual del Estado de bienestar social de Gran Bretaña, como manifestaciones de un colectivismo que ocupaba, al mismo tiempo, el espectro del nazismo y del comunismo.

En The Road to Serfdom (Camino de la Servidumbre), publicado en 1944, Hayek argumentaba que la planeación gubernamental, al afectar el individualismo, llevaría inexorablemente al control totalitario. Como el libro Bureaucracy, de Mises, The Road to Serfdom fue ampliamente leído. Llamó la atención de algunas personas muy ricas que vieron en esta filosofía la oportunidad para librarse de impuestos y regulaciones. Cuando en 1947 Hayek fundó la primera organización que iría a difundir la doctrina del neoliberalismo –la Sociedad Mont Pelerin- esta fue financieramente sustentada por millonarios y sus fundaciones.

Con este apoyo, comenzó a crear lo que Daniel Stedman Jones describe en Masters of the Universe, como “una especie de Internacional Neoliberal”: una red global de académicos, hombres de negocios, periodistas y activistas. Patrocinadores ricos del movimiento fundaron una seria de thinktanks que refinarían y promoverían la ideología. Entre estos se encuentran el American Entreprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute, el Institute of Economic Affairs, el Centre for policy Studies y el Adam Smith institute. También financiaron departamentos académicos, particularmente en las universidades de Chicago y Virginia.

Según fue evolucionando, el neoliberalismo se volvió más estridente. La visión de Hayek de que los gobiernos deberían regular la competencia para prevenir la formación de monopolios dio lugar –entre apóstoles norteamericanos tales como Milton Friedman- la creencia de que el poder monopolista podría ser visto como una recompensa a la eficiencia.

Otra cosa pasó durante esa transición: el movimiento perdió su nombre. En 1951 Friedman se satisfacía con la descripción de si mismo como un neoliberal. Sin embargo, poco después el termino comenzaría a desaparecer. Todavía desconocido, incluso a medida que la ideología se volvía más nítida y el movimiento más coherente, el nombre perdido no fue sustituido por ninguna alternativa.

Al principio, a pesar de su generoso financiamiento, el neoliberalismo se mantuvo al margen. El consenso post guerra era casi universal: las prescripciones económicas de John Maynard Keynes fueron ampliamente aplicadas. Pleno empleo y combate al hambre eran las metas comunes en Estados Unidos y en la mayor parte de Europa Occidental. Las alícuotas máximas de impuesto eran altas y los gobiernos buscaban resultados sociales elevados sin imposiciones, desarrollando nuevos servicios públicos y redes de seguridad.

En los años 1970, sin embargo, cuando las políticas keynesianas comenzaron a desmoronarse y las crisis económicas alcanzaron a Estados Unidos y a Europa, las ideas neoliberales comenzaron a entrar en el mainstream. Como Friedman resaltó “Cuando llega la hora, es necesario cambiar… allí había una alternativa lista para ser agarrada”. Con la ayuda de periodistas simpatizantes a la idea y consejeros políticos, algunos elementos del neoliberalismo, principalmente sus prescripciones en política monetaria, fueron adoptadas por los gobiernos de Jimmy Carter en los Estados Unidos, y Jim Callaghan en Gran Bretaña.

Después de que Margaret Tatcher y Ronald Reagan asumieron el poder, el resto del paquete vino con todo: cortes macizos en los impuestos a los ricos, aniquilación de los sindicatos, desregularización, privatización, tercerización y competencia en los servicios públicos. A través del FMI, del Banco Mundial, del Tratado de Maastricht y de la Organización Mundial de Comercio, las políticas neoliberales fueron impuestas –frecuentemente sin consenso democrático- en gran parte del mundo. Lo más notable es que fueron adoptadas por partidos que en el pasado pertenecieron a la izquierda: el Laborista en Inglaterra y el Demócrata en los Estados Unidos, por ejemplo. Como Stedman Jones observa “es difícil pensar en otra utopía que haya sido llevada a cabo de forma tan integral”.

Puede parecer extraño que una doctrina que promete opciones y libertad pueda haber sido promovida bajo el slogan “no hay alternativa”. Pero como Hayek observó en una visita a Pinochet en Chile – una de las primeras naciones en que el programa fue exhaustivamente aplicado- “mi preferencia personal se inclina hacia una dictadura liberal, en vez de un gobierno democrático que no practique el liberalismo”. La libertad que el neoliberalismo ofrece, la cual suena tan fascinante cuando se expresa en términos generales, termina por significar la libertad para la élite, no para los peces pequeños.

Libertad en relación a los sindicatos y a la negociación colectiva significa libertad para limitar salarios. Libertad en relación a la regulación significa libertad de envenenar ríos, de poner en riesgo a los trabajadores, de cobrar taza de intereses perversas y de crear instrumentos financieros exóticos. Quedar libre de impuestos significa quedar libre de la distribución de la riqueza que saca a las personas de la pobreza.

Como Naomi Klein documenta en The Shock Doctrine (La Doctrina del Shock), los teóricos neoliberales abogan por el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, en cuanto las personas están distraídas: por ejemplo, las consecuencias del golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el Huracán Katrina, que Friedman describió como “una oportunidad para reformar radicalmente el sistema educacional” en New Orleans.

Dónde las políticas neoliberales no pueden ser impuestas domésticamente, se imponen internacionalmente a través de tratados comerciales que incorporan los “paneles de disputa estado-inversor”: tribunales globales en los que las corporaciones pueden presionar para la revocación de leyes y normas que protegen derechos sociales y ambientales. Cuando parlamentarios votaron para restringir las ventas de cigarrillo, proteger reservas de agua de las compañías de minería, congelar cuentas de energía o prevenir al estado de ser desollado por empresas farmacéuticas, las empresas atacaron con procesos judiciales, muchas veces exitosos. La democracia se redujo a un teatro.

Otra paradoja del neoliberalismo es que la competencia universal se apoya en comparación y cuantificación universal. El resultado es que trabajadores, desempleados y servicios públicos en general quedaron sujetos a un sistema de evaluación y monitoreo sofocante y engañoso, diseñado para identificar vencedores y castigar perdedores. En ves de liberarnos de la pesadilla burocrática de la planeación central, como propuso Von Mises, él mismo creó uno.

El neoliberalismo no fue concebido como un proyecto egoísta, pero rápidamente se transformó en uno. El crecimiento económico se volvió visiblemente más lento en la era neoliberal (desde 1980 en Gran Bretaña y en Estados Unidos) de lo que era en las décadas precedentes; no así para los ultra ricos. La desigualdad en la distribución de renta y riqueza, después de 60 años de baja, aumentó rápidamente en la nueva era debido a la destrucción de los sindicatos, la reducción de los impuestos, el aumento de los alquileres, la privatización y la desregulación.

La privatización o mercantilización de servicios públicos tales como energía, agua, transporte, salud, educación, malla vial y prisiones habilitó a las grandes empresas a colocar una cabina de peaje ante bienes esenciales y cobrar rentas, bien de los ciudadanos o bien del gobierno, para su propio beneficio. Renta es un eufemismo para dinero que se gana sin esfuerzo. Cuando usted paga un precio inflado por el pasaje de metro, solo una parte de la tarifa compensa a los operadores por los costos en combustible, salarios y otros gastos. El resto refleja el hecho de que usted está en las manos de ellos.

Las personas que poseen y administran los servicios privatizados o semiprivatizados del Reino Unido hacen fortunas tremendas invirtiendo poco y cobrando mucho. En Rusia y en India los oligarcas adquirieron bienes estatales a través de subastas. En México, Carlos Slim tuvo garantizado el control de casi todos los servicios de telefonía fija y móvil y enseguida se volvió el hombre más rico del mundo.

El financiamiento, como apunta Andrew Sayer en Why We Can’t Afford the Rich, tuvo un impacto semejante. “Como la renta”, nos dice, “Los intereses son lucros acumulados sin ningún esfuerzo”. En la medida en que los pobres se vuelven más pobres y los ricos más ricos, el rico adquiere control creciente sobre otro bien crucial: el dinero. Los pagos de intereses son, de forma devastadora, una transferencia de dinero del pobre al rico. Los precios de los inmuebles y la reducción de inversiones estatales sobrecargan con deudas a las personas; no obstante, los bancos y los ejecutivos tienen el camino despejado.

Sayer argumenta que las últimas cuatro décadas se caracterizan por una transferencia de riqueza no sólo del pobre al rico, sino al interior de las categorías de riqueza: de aquellos que ganan dinero produciendo nuevos bienes o servicios hacia aquellos que ganan dinero asumiendo el control de activos ya existentes y cobrando rentas, intereses o ganancias de capital. La ganancia productiva fue superada por la ganancia improductiva.

Las políticas neoliberales están asoladas por fallas del mercado en todos los lugares. No solo los bancos sino también las corporaciones encargadas de suministrar los servicios públicos son demasiado grandes para fallar. Como Tony Judt argumentó en Ill Fares the Land, Hayek se olvidó que los servicios públicos vitales no pueden colapsar, lo que significa que la competencia no puede determinar su curso. Las empresas se llevan los lucros, el Estado queda con el riesgo.

Cuanto mayor sea su fracaso, mas extrema se torna la ideología. Los gobiernos usan las crisis neoliberales tanto como disculpa como oportunidad para bajar impuestos, privatizar los servicios públicos restantes, abrir brechas en la red de protección social, desregular las corporaciones y sobrerregular a los ciudadanos. El Estado entierra los dientes en cada órgano del sector público.

Tal vez el impacto más peligroso del neoliberalismo no sea la crisis económica sino la crisis política que causó. Conforme se reduce el dominio del Estado, se reduce también la posibilidad de cambiar el rumbo de nuestras vidas por medio del voto.

Contrariamente, asegura la teoría neoliberal, las personas pueden ejercer la elección por medio del consumo. Pero algunos tienen más para gastar de lo que otros disponen: en la gran democracia del consumidor o del accionista, los votos no son igualmente distribuidos. El resultado es un desempoderamiento de los pobres y de las clases medias. Conforme los partidos de derecha y la ex izquierda adoptan políticas neoliberales semejantes, el desempoderamiento se transforma en privación de los derechos civiles. Un gran numero de personas fue barrido de la política.

Chris Hedges observa que “los movimientos fascistas construyen sus bases no entre las personas políticamente activas, sino entre las políticamente inactivas, los “perdedores” que sienten, frecuentemente de manera correcta, que no tienen voz o papel a desempeñar en el establishment político”. Cuando el debate político no tiene más sentido para nosotros, las personas se vuelven susceptibles a slogans, símbolos y sensaciones. Para los admiradores de Trump, por ejemplo, hechos y argumentos parecen irrelevantes.

Tony Judt explicó que cuando la espesa red de interacciones entre las personas y el Estado es reducida a nada, a excepción de autoridad y obediencia, la única fuerza que remanece para unirnos es el poder estatal. El totalitarismo temido por Hayek tiene más probabilidad de emerger cuando los gobiernos, habiendo perdido la autoridad moral que emana de garantizar los servicios públicos, son reducidos a “persuadir, amenazar y en última instancia a forzar a las personas a obedecerlos.”
Como el comunismo, el neoliberalismo es el Dios que falló. Pero esta doctrina zombi continua su escalada y una de las razones de esto es el anonimato. O antes, un conjunto de anonimatos.

La doctrina invisible da la mano invisible es promovida por inversores invisibles. Lentamente, muy lentamente, comenzamos a descubrir el nombre de algunos de ellos. Descubrimos que el Institute of Economic Affairs, que argumentó fuertemente en los medios de comunicación contra la regulación de la industria del tabaco fue secretamente fundado en 1963 por la British American Tobacco. Descubrimos que Charles y David Koch, dos de los hombres más ricos del mundo, fundaron el instituto que creó el movimiento Tea Party. Descubrimos que Charles Koch, al instalar uno de sus thinktanks observó que “para evitar críticas indeseables, el modo como la organización es controlada y dirigida no debería ser ampliamente divulgado.”

Las palabras usadas por el neoliberalismo con frecuencia ocultan más de lo que elucidan. “El mercado” suena como un sistema natural que puede presionarnos por igual, como hacen la presión atmosférica o la gravedad. Pero en realidad está cargado de relaciones de poder. Lo que “el mercado quiere” tiende a significar lo que las corporaciones y sus patrones quieren. “Inversión” como nota Sayer, significa dos cosas bien diferentes. Una es el financiamiento de actividades productivas y socialmente útiles; la otra es la compra de bienes existentes para extraer de ellos rentas, intereses, dividendos y ganancias de capital. Al usar la misma palabra para actividades diferentes, “se camuflan las fronteras de la riqueza”, llevándonos a confundir extracción de riqueza con creación de riqueza.

Hace un siglo, los nuevos ricos eran despreciados por aquellos que habían heredado su dinero. Los Emprendedores buscaban aceptación social transformándose en rentistas. Hoy la relación se invirtió: los rentistas y herederos se definen como empresarios. Ellos afirman haber construido la riqueza por la cual no trabajaron.

Ese anonimato y esas confusiones se mezclan con el hecho de que el capitalismo moderno no tiene nombre ni lugar. El modelo de tercerizaciones asegura que los trabajadores no sepan para quien trabajan. Las compañías son registradas a través de un sistema secreto de red de offshores, tan complejo que ni siquiera la policía puede descubrir sus propietarios y beneficiarios. Los arreglos fiscales se aprovechan los gobiernos. Nadie entiende los “productos financieros”.

El anonimato del neoliberalismo es ferozmente salvaguardado. Aquellos que son influenciados por Hayek, Mises y Friedman tienden a rechazar el término, argumentando –con alguna justicia- que actualmente solo es usado de manera peyorativa. Pero no nos ofrecen sustitutos. Algunos se describen como liberales o ultraliberales (libertarians) clásicos, pero esas descripciones son ambas engañosas y curiosamente autodisipadoras, ya que sugieren que no hay nada nuevo en Camino de la Servidumbre (The Road to Serfdom), Bureocracy o el clásico trabajo de Friedman, Capitalismo y Libertad.

Por todo lo anterior, hay algo de admirable en el proyecto neoliberal, por lo menos en sus primeros periodos. Era una filosofía distinta e innovadora promovida por una red coherente de pensadores y activistas con un claro plan de acción. Era paciente y persistente. El Camino de la Servidumbre (The Road to Serfdom) se volvió el camino hacia el poder.

El triunfo del neoliberalismo refleja también el fracaso de la izquierda. Cuando la teoría del laissez-faire económico llevó a la catástrofe de 1929, Keynes inventó una extensa teoría económica para sustituirla. Cuando la administración de la demanda keynesiana tocó fondo en los años 70, una alternativa conservadora estaba lista. Pero cuando el neoliberalismo se desmoronó en 2008, no había nada. Es por eso que el zombi camina. En 80 años, la izquierda y el centro no produjeron un nuevo sistema general de pensamiento económico.

Toda invocación de Lord Keynes es una admisión de fracaso. Proponer soluciones keynesianas a las crisis del siglo 21 es ignorar tres problemas obvios. Es difícil movilizar las personas alrededor de viejas ideas; las fallas expuestas en los años 1970 no desaparecieron y todavía más importante, el proyecto no dice nada sobre nuestro problema más grave: la crisis ambiental. El keynesianismo funciona a través del estímulo a la demanda de consumo para promover el crecimiento económico. Demanda de consumo y de crecimiento económico son los motores de la destrucción ambiental.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo