Parte I: República Centro Africana. Más de 4 millones de vidas en peligro

Acerca de esta Serie: Philip Kleinfeld pasó cinco semanas reportando desde adentro de una misión de mantenimiento de paz en la República Centro Africana. Su serie de tres partes analiza las operaciones de la ONU en uno de los conflictos más descuidados y menos entendidos del mundo, la violencia que obstaculiza los esfuerzos humanitarios y las víctimas de violación dejadas a defenderse por sí mismas, mucho después de que las revelaciones iniciales de sus abusos por las fuerzas de paz se desvanecieran.

Afuera de la Mezquita, las fuerzas de paz de la ONU estaban listas y esperando cuando llegó la guerra a Bangassou, una ciudad de mediano tamañoen el interior de la República Centroafricana. Para la comunidad Musulmana – bajo el ataque de una milicia Cristiana de “autodefensa” – los hombres de cascos azules eran los únicos en quienes confiaban para mantenerlos a salvo.

A primera hora, cientos de hombres, mujeres y niños abandonaron sus hogares y corrieron hacia las fuerzas de paz, quienes estaban sentados en vehículos blindados manchados de naranja por el polvo y el sucio. La balas volaban en el aire mientras los milicianos, armados con rifles de caza y machetes, atacaban a los más débiles en las calles. Fue un viaje peligroso, pero valió la pena el riesgo. O eso pensaron.

Durante un tiempo, las fuerzas de paz – de un batallón Marroquí – se mantuvieron firmes y lucharon mientras la comunidad se refugiaba dentro de la Mezquita. Pero aproximadamente a las 6 a.m., con uno de sus hombres desangrando y sin llegar los refuerzos, los pacificadores encendieron sus motores y regresaron a su base.

Durante los siguientes tres días, toda la comunidad musulmana de Bangassou quedó atrapada en la Mezquita, abandonada a su suerte. Cuando una unidad de las tropas de la ONU de Portugal finalmente llegó para escoltarlos a los terrenos de una iglesia Católica local, alrededor de unas 30 personas habían perdido sus vidas.

Un video granoso de cuando se estaba sitiado, grabado desde el interior de la Mezquita por un residente de Bangassou y compartido con IRIN, captura el horror con alarmantes detalles. En una oscura sala de oración, cientos de mujeres y niños asustados se acurrucaban juntos, cantando “Ya Allah” (“Oh Allah”), una y otra vez.

En una enfermería improvisada, hombres jóvenes estaban tendidos en el piso con heridas de bala y fracturas de huesos. Afuera, en una madrasa convertida en morgue, un cadáver se desplomó boca abajo en la tierra roja, con las pantorrillas sobresaliendo de una mortaja.

“¿Dónde está la comunidad internacional?” Se oye decir al fondo al hombre que la filmó, Salethem Djanaladihe, de 35 años.

Casi un año después, esa pregunta que todavía ocupa a Djanaladihe todos los días. Durante el asedio, perdió a dos hermanos, que fueron asesinados defendiendo sus hogares, y a su padre, que fue tiroteado junto a una bomba de agua a 50 metros de la Mezquita.

Ahora, en su tiempo libre, se sienta en el campamento en los terrenos de la iglesia, encorvado sobre una vieja computadora portátil gastada, mirando y viendo nuevamente el video. Usando imágenes y testimonios de testigos, construye lentamente un caso legal contra los milicianos y las fuerzas de paz de la ONU que se suponía que debían detenerlos.

Un día, dijo, lo usará como evidencia en el juicio – y se está fijando un objetivo ambicioso.

“Lo mantendré para la Corte Penal Internacional”, dijo él.

HECHOS RÁPIDOS: Mantenimiento de la paz en la República Centroafricana (RCA), 2014 – al presente:

Mantenimiento de la paz estilo antiguo para un conflicto de estilo nuevo.

El ataque a la comunidad musulmana de Bangassou en mayo pasado marcó uno de los episodios más sangrientos en una nueva fase del conflicto que ha convulsionado a la República Centroafricana, una antigua colonia francesa sin acceso al mar de 4,7 millones de personas.

También marcó un punto bajo para la misión de paz de la ONU en la RCA, conocida por su acrónimo francés MINUSCA. Su objetivo principal es proteger a los civiles, pero sus tropas se han quedado cortas en repetidas ocasiones.

Se despliegan en un entorno muy alejado de las misiones de mantenimiento de la paz del pasado, cuando los hombres con armas ligeras se interpusieron entre las facciones enfrentadas como consecuencia de la violencia armada. Estaban gobernados por la llamada “santa trinidad” de mantenimiento de la paz: imparcialidad, consentimiento del estado anfitrión y uso mínimo de la fuerza.

Ahora, en la RCA y en otros lugares, los cascos azules se encuentran a sí mismos en situaciones donde a menudo no hay paz que mantener, trabajando con una mentalidad, entrenamiento y equipamiento que muchos dicen está atascado en el pasado. Bangassou es solo un ejemplo.

La misión de la MINUSCA comenzó operaciones en la RCA en septiembre de 2014, con un mandato de ayudar a restaurar el orden en un país desgarrado por la guerra civil. El año anterior, una alianza rebelde principalmente Musulmana llamada Séléka había expulsado al entonces presidente François Bozizé después de matar y saquear su camino a través del campo escasamente poblado. En respuesta, una milicia de autodefensa principalmente Cristiana, llamada el anti-balaka, se levantó, matando a civiles Musulmanes en lo que los grupos de derechos humanos consideraron limpieza étnica.

Las elecciones en gran medida pacíficas de 2015 fallaron en lograr una paz duradera, y en el año 2017 el derramamiento de sangre comenzó nuevamente. Cada pocos días traían nuevas noticias de violencia contra civiles en rincones remotos del país. Cada episodio erosionaba la credibilidad de una misión de mantenimiento de la paz que se suponía debía asegurarse de que tales cosas no sucedieran.

Si bien se le ha acreditado acertadamente a la MINUSCA por salvar innumerables vidas, las fuerzas de paz han descubierto que su trabajo de proteger a los civiles se contrapone a la realidad de operar en un país una vez y media del tamaño de Francia, con un gobierno que apenas existe fuera de las puertas de la capital, Bangui.

Y una serie de escándalos, que incluyen el abuso sexual generalizado de mujeres y niñas locales por parte del personal de mantenimiento de la paz y el asesinato de civiles, han dañado profundamente la confianza entre la población a la que supuestamente, las fuerzas de paz, deben servir.

Este año, uno de cada cuatro centroafricanos está o desplazado internamente o vive como refugiado en países vecinos. La mitad de la población necesita asistencia humanitaria.

“El nivel de violencia y desplazamiento no tiene precedentes en los últimos cinco años de conflicto”, dijo Evan Cinq-Mars, defensor de la ONU en el Centro para Civiles en Conflicto, una ONG con sede en Washington.

“La mayoría de ellos fueron nuestros amigos antes”.

Bangassou está en el epicentro de la violencia actual. Es una ciudad tranquila en la frontera con la República Democrática del Congo, a unos 700 kilómetros de Bangui. Tiene un mercado central de pequeños quioscos y una gran Iglesia Católica, de ladrillos rojos, construida en la década de 1960. Sus caminos son desiguales y sin pavimentar. Penachos de polvo rojo se elevan de las ruedas de los pocos vehículos que los usan.

Hasta el año pasado, la ciudad fue ampliamente vista como un modelo de cohesión social. Se las arregló para escapar de lo peor del conflicto que barrió la República Centroafricana en 2013 y 2014. Ahora, su comunidad Musulmana vive amontonada en los terrenos de un Seminario Católico, incapaz de caminar más de unos pocos metros sin arriesgarse a la muerte.

“Vea ese árbol allá”, dijo el coordinador del campamento, Ali Idriss, señalando hacia el borde del campamento. “Acércate demasiado y la milicia te disparará”.

Cómo llegó la guerra a Bangassou

La suerte de Bangassou comenzó a cambiar a principios del año pasado cuando los combatientes de una antigua facción Séléka, la Unión por la Paz en la República Centroafricana (UPC), se reunieron en el sureste.

Simultáneamente, las tropas Estadounidenses y Ugandesas que participan en una operación de la Unión Africana para perseguir al Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony, un grupo guerrillero, pusieron fin a su misión.

Jóvenes hombres de comunidades Cristianas y Animistas se movilizaron para formar milicias que entraron en el vacío de seguridad. Surgió una nueva generación de grupos armados disfrazados de “autodefensa”.

Comenzaron matando civiles en Bakouma, una pequeña ciudad rica en minerales a unos 50 kilómetros de Bangassou. Luego se trasladaron a Bangassou, donde justificaron su presencia difundiendo rumores falsos de un asalto inminente de la UPC. Un número desconocido de lugareños en Bangassou se les unió.

“La mayoría de ellos eran nuestros amigos antes”, dijo Zanaba Hamat, un Musulmán de 47 años cuyo anciano padre fue asesinado a tiros por la milicia dentro de su casa. “De repente, cambiaron y querían matarnos”.

Señales de advertencia

Muchos dicen que la MINUSCA podría haber hecho más para detener la violencia, señalando las señales de advertencia perdidas y el bajo rendimiento en otros lugares del país. A partir de enero de 2017, la misión recibió informes de jóvenes reclutados en milicias. Los medios locales transmitían programas llenos de expresiones de odio violento. “No faltaron las advertencias de que el conflicto se estaba moviendo desde el centro del país hacia el sureste”, dijo Cinq-Mars, señalando la mayor presencia de la UPC en la región y la retirada de los Estadounidenses y Ugandeses.

También se han planteado preguntas sobre el desempeño del contingente Marroquí en otras áreas. Además de abandonar la Mezquita en Bangassou, un informede la AFP afirmó que sus fuerzas de paz no actuaron en la cercana Gambo, donde los enfrentamientos entre milicianos de autodefensas y los combatientes de la UPC dejaron el pasado agosto decenas de civiles muertos, incluidos seis voluntarios de la Cruz Roja.

En noviembre pasado, el jefe de mantenimiento de la paz de la ONU, Jean-Pierre Lacroix, anunció una investigación independiente sobre el desempeño de la misión en la región. Fue dirigido por un general retirado, Fernand Amoussou, y se centró en Bangassou, Gambo y Bria, una ciudad minera de diamantes más al norte.

Sin embargo, cuando se publicó el informe en enero, un breve comunicado de prensa fue lo único que se hizo público. Una fuente bien ubicada le dijo a IRIN que el informe completo se distribuyó a unos pocos funcionarios y con una marca de agua con nombres individuales para desalentar las filtraciones. Aparentemente, esto era para evitar avergonzar públicamente al país contribuyente de tropas cuyas fuerzas de paz eran responsables de las ciudades donde ocurrieron los tres incidentes: Marruecos.

“El informe se lleva a cabo excepcionalmente de cerca”, dijo la fuente. “Es probable que nunca se publique un resumen ejecutivo”.

Pronosticar y responder a la violencia intercomunitaria no es fácil- algo que el jefe Gabonés de 58 años de la MINUSCA, Parfait Onanga-Anyanga, le dolió señalar durante una entrevista de casi dos horas en Bangui.

Si bien el movimiento de excombatientes Séléka uniformados puede ser fácil de rastrear, dijo él, en Bangassou las columnas de vehículos o grupos de combatientes no ingresaron a la ciudad antes del enfrentamiento. Los combatientes eran grupos de hombres jóvenes vestidos de calle que llegaban en motos que recorrían las docenas de senderos que cruzan la región. Cuando llegaron, un gran número de hombres nacidos y criados en la ciudad se unió a ellos.

“Nadie esperaba que las comunidades que habían estado viviendo juntas hicieran lo que hicieron”, dijo Onanga-Anyanga. “La violencia venía de dentro de la sociedad y fuimos tomados por sorpresa”.

Un país grande e impenetrable.

Antes de que estallara la violencia en Bangassou, la misión de mantenimiento de la paz estaba trabajando para controlar la violencia en docenas de otros puntos calientes a través de la República Centroafricana. El alcance geográfico de estos ataques, en un país que Onanga-Anyanga señaló es el tamaño de Afganistán, dejó a los 13,000 soldados de la misión más esparcidos que nunca antes.

“En el punto álgido del conflicto en Afganistán, la comunidad internacional había movilizado hasta 150,000 soldados”, dijo él. “¿Qué tenemos aquí?”

La falta de tropas significaba que cuando estallaban los combates en Bangassou, el pequeño batallón Marroquí era el único grupo de fuerzas de paz disponibles. Con una base de MINUSCA atacada por la milicia al mismo tiempo que la Mezquita, Onanga-Anyanga dijo que la fuerza de mantenimiento de la paz tenía que proteger el perímetro del campamento. Si los dos vehículos blindados de transporte de personal estacionados fuera de la mezquita se hubieran quedado, agregó, “todos habrían sido asesinados”.

La capacidad de las fuerzas de paz para responder a grandes ataques se ve comprometida por el vasto y, a menudo, inaccesible terreno de la RCA. Después del ataque en Bangassou, se necesitaron cuatro meses para que soldados adicionales y todo su equipo se unieran al contingente Marroquí por lo que pasa por carretera. A menudo, dijo el comandante de la fuerza Senegalesa de MINUSCA, el Teniente General Balla Keita, un enfrentamiento “ya se termina antes de que llegues allí”.

En noviembre pasado, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución para enviar 900 pacificadores adicionales a la República Centroafricana. Se esperaba que las tropas incluyeran un batallón de 750 brasileños con helicópteros de ataque y otros equipos especializados, y una compañía de 250 Ruandeses.

Pero el despliegue de las fuerzas de paz adicionales ha enfrentado repetidos retrasos; Los políticos en Brasil están cuestionando si sus soldados deberían desplegarse en una misión de mantenimiento de la paz en África mientras que los militares están llevando a cabo sus propias operaciones en las favelas de Río de Janeiro. IRIN entiende que una decisión sobre su despliegue se ha aplazado ahora hasta octubre, como muy pronto.

Mientras tanto, más de 400 soldados Gaboneses fueron repatriados en marzo tras una serie de denuncias de abuso y explotación sexual. El batallón había estado sirviendo como unidad de emergencia de MINUSCA en Bangui, destinado a responder rápidamente a situaciones de rápido deterioro.

“Estamos en un punto ahora donde hay menos tropas que en el momento en que el Consejo [de Seguridad] ordenó capacidad adicional el año pasado”, dijo Cinq-Mars.

Donde las fuerzas de paz son el objetivo.

El hombre a cargo de la milicia de autodefensa de Bangassou no tiene una política de imagen. Dijo que sus poderes especiales romperán las pantallas de la cámara. La razón más probable es que él es un hombre buscado. En el frente de los tanques de la ONU conducidos por las fuerzas de paz Marroquíes hay un pedazo de papel laminado con su nombre, Giscard Larmassoun – y una silueta negra donde debería estar su cara. En la parte superior del documento está escrito “Fiche de Recherchés”: lista de buscados.

En una extraña entrevista en marzo, Larmassoun dijo que la ex-Séléka y los llamados “mercenarios” escondidos entre Musulmanes desplazados eran su principal preocupación. “Queremos perseguir a la Séléka lejos de esta prefectura”, dijo. “Nuestro grupo no está en contra del gobierno”.

Pero el grupo de autodefensa de Bangassou es buscado no sólo por la violencia contra la comunidad Musulmana. Son buscados por una serie de ataques mortales contra el personal de mantenimiento de la paz, que podrían constituir crímenes de guerra en virtud del derecho internacional.

En 2017, 13 efectivos de mantenimiento de la paz fueron asesinados en la República Centroafricana, más que cualquier año desde que se desplegó la misión. Tres tropas también han sido asesinadas desde el comienzo de este año, y la última víctima se produjo el jueves pasado. Bangassou y sus alrededores son los más peligrosos de todos. Las nueve muertes allí obligaron a la ONU a pelear dos batallas que a veces compiten entre sí: una para mantener la paz y otra para protegerse a sí mismos.

Gran parte de la animosidad del grupo de autodefensas hacia MINUSCA se centra en una sola y cruda creencia: que el batallón Marroquí es de un país de mayoría Musulmana y por lo tanto debe estar en confabulación con los antiguos grupos Séléka, particularmente la UPC.

Sentados en una casa en Bangassou custodiados por niños con rifles de caza y machetes, Larmassoun, su portavoz Yvou Walak y un autoproclamado sultán local llamado Hervé Madanbari dieron cuenta de una serie de provocativas acusaciones contra el contingente Marroquí de mantenimiento de la paz.

Los Marroquíes distribuyeron armas a la población Musulmana de la ciudad en el periodo previo al ataque en mayo pasado, dijeron, y transportaron a los Musulmanes desde el campo de desplazados a la ciudad para atacar a un sacerdote local. En la cercana Rafai, los tres hombres continuaron, la misión Marroquí le proporciona a la UPC armas, municiones y apoyo logístico. En Yogofongo, donde un convoy de MINUSCA fue emboscado por la milicia en mayo pasado, matando a cuatro pacificadores hiriendo a ocho – se encontraron chalecos antibalas de la ONU en los cadáveres de los combatientes de la UPC.

Las acusaciones de parcialidad contra las tropas internacionales en RCA no son nada nuevo. Pero los rumores y la desinformación contra el batallón Marroquí de MINUSCA en el sureste están llevando a niveles de violencia contra la misión que no se habían visto antes.

“MINUSCA es el jefe de la UPC”, dijo Walak  confidencialmente, un arma automática en sus brazos. “Si los encontramos juntos, dispararemos sobre todos ellos”.

El autoproclamado sultán, nombrado por el Panel de Expertos de la ONU en la RCA por su papel en el apoyo a la milicia, emitió una advertencia aún más escalofriante: “Los Marroquíes deben prestar atención”, dijo. “O todos ellos morirán aquí”.

Enfrentando a la milicia.

Rosevel Pierre Louis, el principal funcionario de la ONU en Bangassou, tiene poco tiempo para los rumores difundidos por la milicia. “Ellos no tienen evidencia”, dijo el haitiano de 49 años, sentado en un pequeño contenedor con aire acondicionado en la base de la ONU en Bangassou. “Simplemente están tratando de atacar la credibilidad de la misión porque estamos protegiendo a los PID [personas internamente desplazadas] que ellos vinieron a destruir”.

Para Louis, la razón por la cual los Marroquíes siguen siendo blanco tiene menos que ver con su fe Musulmana y más con su “postura” como fuerza. Cuando los pacificadores de la ONU en el país son atacados, dijo, los rebeldes responsables deberían esperar una reacción inmediata: “Quédense, luchen, controlen el área y busquen a los perpetradores”, dijo él.

En Bangassou, esto rara vez parece suceder. La responsabilidad recae en parte en los Marroquíes, en parte debido al hecho de que la MINUSCA tiene pocas tropas a su disposición. Pero, para Louis, el problema es mucho más profundo que un batallón o incluso una misión de mantenimiento de la paz.

“No atacamos primero”, dijo Louis. “Esa es la filosofía del mantenimiento de la paz, pero el nivel de amenaza ha cambiado. Antes, tenías la bandera y el símbolo de la ONU y todos lo respetaban. Ahora, tú eres el objetivo principal “.

Algunas misiones comenzaron a atacar primero. En la República Democrática del Congo y Malí, la ONU funciona cada vez más como un combatiente directo, con el mandato de atacar de manera proactiva a los grupos armados y “hacer cumplir” la paz.

Si y cuando los 900 nuevos efectivos de mantenimiento de la paz lleguen a la República Centroafricana, algunos esperan que MINUSCA pueda hacer lo mismo. Onanga-Anyanga dijo que las tropas vendrán con “un espíritu de combate” y un claro objetivo de “cambiar la dinámica del conflicto”.

Keita dijo que ellos se dividirán en dos grupos de batalla separados: uno basado en Bambari, con un mandato para controlar el sureste; el otro en Bria, con orden para estabilizar la ciudad estratégica y luego avanzar hacia otras áreas altamente pobladas.

“Tengo que expulsar a los grupos armados y crear áreas seguras y a salvo”, dijo una optimista Keita. “Esto es lo que estarán haciendo las nuevas tropas”.

Pero los recientes eventos en Bangui muestran cuán difícil puede ser “expulsar” a los grupos armados.

El intento de la misión el mes pasado de desmantelar una llamada milicia de autodefensa (entrevistada por IRIN el año pasado) en el enclave Musulmán de Bangui, PK5, provocó algunos de los peores actos de violencia en la capital durante años. Los residentes culparon a la ONU por disparar contra civiles y colocaron 17 cadáveres frente a la sede de la misión.

Un ataque de la misma milicia a principios de este mes en una Iglesia de Bangui dejó 16 muertos y 99 heridos, según la Cruz Roja Centroafricana, lo que generó temores de escalada de la violencia entre las comunidades. Mientras tanto, cientos de ex tropas de Séléka se han reunido en Kaga-Bandoro, a 330 kilómetros al norte de la capital, para discutir una ofensiva en Bangui, citando la violencia en PK5 como el disparador.

Operaciones similares en lugares como Bangassou pueden tener consecuencias similares. Al igual que la mayoría de los grupos de autodefensa, los combatientes en Bangassou se mezclan con la población local. Muchos son de la ciudad. Mientras que algunos residentes locales pueden apoyar su eliminación, “si los echamos, debemos tener en cuenta que los civiles serán asesinados”, dijo Louis.

En la ciudad modelo de la MINUSCA, una paz frágil.

Para un ejemplo de cómo expulsar con éxito a los grupos armados, MINUSCA señala a Bambari, la segunda ciudad más grande del país.

En febrero de 2017, la misión desalojó al líder de la UPC Ali Darassa de su bastión en la ciudad junto a los líderes anti-balaka. El objetivo de la MINUSCA era evitar combates abiertos con un grupo rival de ex-Séléka, el Frente Popular para el Renacimiento de la República Centroafricana (FPRRC), que avanzaba en la dirección de Bambari, principalmente para atacar Darassa.

Más de un año después, mucho ha cambiado en la ciudad. El patio trasero de la sede de Darassa ahora está ocupado por una familia desplazada de un pueblo cercano. Sus combatientes, que una vez merodearon las calles en uniforme, ya no son visibles. Tampoco lo son los anti-balaka. En su lugar están las tropas de la ONU y la policía, y la gendarmería Centroafricana.

“Ahora estamos a cargo de la ciudad”, dijo Alain Sitchet, jefe de la oficina de la ONU en Bambari.

Gracias a la paz relativa, los humanitarios ahora están regresando. En el mercado central, el comercio es animado. En el puente sobre el río Ouaka que demarca las comunidades Cristianas y Musulmanas de Bambari, sólo hay una pequeña presencia de la ONU. Antes de un ataque repentino a principios de este mes, no había habido violencia intercomunitaria por más de un año.

“Nuestros niños [Musulmanes y Cristianos] van a las mismas escuelas; están siendo tratados en los mismos hospitales “, dijo Janu Nguerendji, un pastor y miembro de un comité local de paz y reconciliación.

Pero debajo de la superficie, la paz en la ciudad modelo de la ONU es más frágil de lo que parece – como lo ha demostrado la reciente ola de violencia. En comunicados de prensa, la misión se refiere a Bambari como una “ciudad libre de grupos armados”. En la oficina de campo de la MINUSCA, Sitchet prefiere la más modesta “ciudad libre de líderes armados”.

“Lo que no queremos ver en Bambari es personas deambulando oficialmente con sus armas y uniformes”, dijo. “No pueden crear estructuras ilegales, celdas de detención, estaciones de policía”. No pueden desempeñar el papel del estado “.

Esa es probablemente una descripción optimista. Aproximadamente una docena de excombatientes de la UPC han encontrado un nuevo hogar en el edificio administrativo de un mercado local de ganado a solo tres kilómetros del centro de la ciudad.

Los excombatientes – como ellos mismos se definieron – estaban dispuestos a minimizar su pasado. La mayoría había cambiado el uniforme de faena por camisetas de fútbol. Una pizarra en la pared estaba inscrita con el himno nacional de RCA. Los ex combatientes dijeron que les estaban enseñando las palabras a los niños.

“No nos consideramos UPC”, dijo Mohamed Ib, de 24 años, vistiendo una camiseta del Atlético de Madrid, jeans y sandalias abiertas. “Solo somos ciudadanos”.

Pero no todos están convencidos. Los comerciantes de ganado dicen que los excombatientes están imponiendo impuestos a los vendedores y compradores entre 25,000 y 30,000 CFA ($ 45- $ 55) por animal. Los comerciantes se quejan de que están ejecutando una raqueta de protección en el centro de la ciudad. Algunos dicen que el dinero se envía directamente a Darassa, que aún considera a Bambari su cuartel general. Casi todos están de acuerdo en que los combatientes todavía están armados, con una serie de robos violentos y un reciente ataque a una base de la policía y la gendarmería que se les atribuye a ellos.

Mientras el UPC esté presente, el anti-balaka también lo estará. Sitchet insistió en que ningún grupo armado tiene líderes, pero “Waki”, un autoproclamado líder anti-balaka, y su segundo, el “Coronel” Gervais Ramassani, fueron fáciles de encontrar en el barrio Kidikra de Bambari. Dijeron que su papel es evitar que los combatientes usen sus armas pero, con la UPC todavía armada y con la capacidad de violencia seria, aceptan que esto puede ser difícil de hacer cumplir.

“Hay muchos que todavía tienen armas”, dijo Ramassani. “Si algo sucede, actuarán”.

“Tomará 40 años”

El desafío de eliminar genuinamente a los grupos armados solo se compara con el desafío de restaurar el gobierno de la República Centroafricana. La estrategia de salida de la MINUSCA dependerá en última instancia de la creación de instituciones estatales que funcionen en áreas como Bambari, donde ellas tomen el control de los grupos armados.

Pero en un país con poca historia de gobierno central efectivo, es más fácil decirlo que hacerlo. En Bambari, docenas de funcionarios enviados desde Bangui en los últimos meses han regresado a la capital, citando pagos de salarios irregulares y alojamiento deficiente.

“Es una lucha permanente para mantenerlos aquí”, dijo Sitchet.

El Programa de Desarrollo de la ONU ha estado rehabilitando edificios estatales, pero falta el apoyo del gobierno. Dentro de una estación de policía, Emmanuel Gbomon, el comandante de una nueva unidad enviada a Bambari en diciembre pasado, estaba trabajando en una oscuridad casi total. Los paneles solares instalados por la MINUSCA se rompieron. No había dinero para arreglarlos. El comandante se sentó, inclinado torpemente, sobre un pequeño escritorio escondido en la esquina de una habitación grande pero vacía.

“Esta es mi oficina”, se rió.

Más adelante, en una base de la gendarmería, un comandante que pidió no ser identificado dijo que la unidad tenía muy pocos vehículos y armas, ni radios que funcionen, ni electricidad, ni generadores.

“Cuando hacemos patrullas, siempre tenemos el apoyo de la ONU”, dijo. “No podemos salir solos”.

Con el estado luchando por redesplegarse en Bambari, existe el peligro de que la misión tenga que asumir incluso más funciones estatales si desea replicar el modelo libre de grupos armados en otros lugares.

“Si no puede llenar el vacío, entonces creará otro problema para usted”, admitió Keita, el comandante de la fuerza Senegalés. “Es por eso que estamos esperando que lleguen las nuevas tropas”.

Pero incluso si llegan las 900 nuevas tropas, Onanga-Anyanga acepta que recuperar los “espacios de la ley y el orden” llevará tiempo. “Un chaque jour suffit sa peine”, dijo, volviéndose hacia un proverbio bíblico que se traduce aproximadamente como “toma cada día como viene”.

“En un proceso en el que [la construcción del estado] se hace gradualmente según las reglas establecidas y un buen gobierno responsable, lleva 40 años”, dijo.

En Bangassou, la comunidad Musulmana no puede esperar tanto tiempo. El patrón de violencia intercomunal que ha devastado varias partes de este país durante cinco largos años se ha vuelto cada vez más evidente allí.

Se extendían los rumores sobre un ataque inminente de combatientes de la UPC, en su mayoría Musulmanes, en las cercanías de Rafai. En el campamento de la Iglesia Católica donde ahora viven los Musulmanes de la ciudad, fuerzas de paz adicionales desplegadas para proteger a la comunidad de los hombres de Larmassoun lucharon para frenar una marea diaria de violencia.

En un reciente viernes por la tarde, un niño Musulmán de 15 años fue decapitado después de abandonar el campamento en busca de leña. Su cabeza cortada fue encontrada por fuerzas de paz de la ONU, pudriéndose en la orilla norte del río Mbomou.

El padre del niño, Sallet Saidou, dijo que quiere que el gobierno escolte al resto de su familia a un lugar seguro. Pero la paciencia se está agotando en una guerra sin un final claro.

“Mañana, tendremos que pelear”, dijo Saidou.

pk/ag

Philip Kleinfeld es un periodista independiente y colaborador de IRIN.
* Artículo reproducido con el debido permiso de IRIN NEWS. IRIN NEWS no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

 

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