Construir proyectos trascendentes

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Podemos estar viviendo una vida que se consume en el inmediatismo del que todo lo relativiza para no tomar posición frente a los dramas personales y sociales, ni reconocer sus causas. ¿Será que nos acostumbramos a dar o a vivir de dádivas, y no aprendimos a apostar la propia vida, en lo que tenemos y hacemos, por una causa trascendente?

En este camino nos puede suceder como al hombre de la parábola que absolutizó lo que tenía y tomó una decisión intrascendente: cuando sus campos dieron mucho fruto, decidió destruir todo y construir nuevos graneros más grandes para almacenar el excedente de bienes que tenía de sobra, y entonces se preguntó: «¿Qué haré?». No lo movió la pregunta por el otro, su hermano, sino por su propio bien. Tristemente su respuesta fue: «“Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán la vida, y las cosas que preparaste ¿para quién serán?”» (Lc 12,16-21).

La apuesta actual del cristianismo es la de regresar a la práctica de Jesús de Nazaret. No para saber más datos historiográficos o arqueológicos acerca de su vida, sino para redescubrir el espíritu con el que él vivió su humanidad y reencontrarnos con sus gestos, palabras y hechos. Se trata de ir a buscar a Dios donde Jesús lo encontró, en medio de los que sufren y de las víctimas; se trata  de imaginarnos participando de aquel encuentro (Mc 10,17-31) en el que uno le preguntó: «¿qué he de hacer para tener vida eterna?» (Mc 10,17), y Jesús le respondió que, aunque vivía con piedad y cumplía todos los mandamientos (Mc 10,20), eso no bastaba; entonces lo «miró con amor» y le hizo saber que le faltaba lo esencial: vivir su vida como servicio para que otros tengan posibilidades de una mejor existencia (Mc 10,21). Regresar a la práctica de Jesús implica vivir con humanidad, sin impiedad. La historia se repite. Muchas personas no están dispuestas a dedicarle tiempo vital a los proyectos trascendentes, prefieren descansar, acumular, comer y beber.

Las palabras de Jesús dejan al descubierto que lo que garantiza una vida con calidad divina no está en producir bienes y acumularlos, o en el cumplimiento asiduo de las buenas costumbres y el culto. El sujeto de la parábola «se marchó entristecido» (Mc 10,22). ¿Por qué? Jesús entendía que, en una sociedad empobrecida y enferma como la suya, Dios estaba en el reencuentro con el pobre y en el servicio fraterno al enfermo, al doliente, al despreciado. Era imperativo construir proyectos que ayudaran a liberar las mentes, sanar los corazones y propiciar solidaridades reales.

Optar por una causa trascendente no es fácil y, menos, apostar la propia vida en un proyecto que despreciarán por no ser rentable, según las expectativas culturales. El mismo Jesús padeció estas consecuencias y vivió el fracaso de la cruz. Pero es irrenunciable.

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)