El discipulado tiene una puerta: entrega a Dios

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Con Elías, ocultando su rostro ante el Señor, quien se revela en “el pequeño susurro” que sigue a una tormenta, y con San Pedro, siendo arrancado de las tormentosas aguas del Mar de Galilea, sin duda las tormentas aparecerán en muchas homilías este fin de semana. Por supuesto las tempestades en cuestión serán metafóricas. Serán “las tormentas de la vida.”

Lo suficientemente bueno, pero es importante distinguir las verdaderas tormentas de la vida de sus pesares y luchas del día de trabajo. Todas estas cosas deben de alguna manera ser soportadas en la fe, pero una tormenta de vida es una forma específica de sufrimiento. No tenemos control sobre las tormentas, que es lo que las hace tan singularmente aterradoras. Ni el comienzo, ni la intensidad, ni la desintegración de las tormentas es nuestra para llamar.

Es importante distinguir las verdaderas tormentas de la vida de sus pesares y luchas del día de trabajo.

Además, una tormenta, al menos una que vale la pena temer, o bien elimina un mundo o nos elimina del mundo, literalmente. O bien perdemos la granja o el hogar en la tormenta, casi todo lo que era nuestro en el mundo, o, peor aún, nosotros mismos morimos en ella. Así que n el papel de la fe en las tormentas de la vida es diferente, más dirigido, que hablar de las relaciones de la fe con los problemas y el dolor. Las luchas requieren resoluciones, pero las tormentas son situaciones sobre las que no tenemos control, situaciones que nos barren nuestros mundos, y quizás nuestras mismos seres.

Aquí esta una historia de una tormenta y la fe. El 4 de Diciembre, 1875, el vapor transatlántico el Deutschland partió de Bremerhaven, Alemania. Iba camino a Nueva York. El barco tenía una tripulación de cien hombres, y transportaba 113 pasajeros, la mayoría inmigrantes Alemanes con destino a América. Entre ellos estaban cinco monjas Franciscanas, que habían sido exiliadas de Alemania en el Kulturkampf o Combate Cultural, la lucha por la libertad religiosa entre la Iglesia Católica y Otto von Bismarck, el Canciller de hierro de Alemania. Frente a la tristeza y el sufrimiento, las hermanas abandonaron decididamente su tierra natal, para trabajar en hospitales en San Louis. Ellas todavía estaban muy en control de sus vidas. Estaban encontrando la lucha con agallas.

Entre la medianoche y la mañana del 7 de Diciembre, una tormenta de invierno fuera de la costa de Inglaterra hundió al vapor. Algunos pasajeros y tripulación escaparon. Las cinco monjas franciscanas se ahogaron. Un sacerdote Jesuita y poeta, Gerard Manley Hopkins, leyó sobre la tragedia. Un detalle de la historia era particularmente preocupante para él. El periódico New York Times reportó que una de las monjas “fue vista con su cuerpo a mitad de la claraboya gritando en voz alta escuchada por encima de la tormenta. ‘Oh Dios mío, hazlo rápido. Hazlo rápido.’”

El Dios de la tormenta es el Dios que prohíbe o permite que la tempestad destruya el mundo y la vida.

En el trascurso de su vida, Hopkins a menudo se preocupó sobre si sus oraciones le llegaban a Dios. ¿Son ellas no respondidas por alguna falta de la persona orando? ¿Qué hay de aquellas oraciones que parecen inatacables en intención – oraciones en la cuales no hacemos nada más que buscar la ayuda de Dios? ¿No era esta sólo una oración? Aquí estaba una novia de Cristo, mendigando al viento. ¿Esta oración llegó al Cielo? ¿Movió a Dios?

Este desafío a la fe de Hopkins produjo un gran poema de la lengua Inglesa, “El Naufragio del Deutschland.” Comienza dirigiéndose al Dios revelado en la tormenta, el Dios que puede calmar las olas, si así lo desea:

Me estás dominando
Dios! Dador de aliento y pan;
El hilo del Mundo, el dominio del Mar;
Señor de vivos y muertos;
Tú me has atados los huesos y las venas, me has atado la carne,
Y después de casi deshecho, lo que con temor,
Tu obra: ¿y me tocas de nuevo?
De nuevo siento tu dedo y te encuentro.

El Dios de la tormenta es el Dios que prohíbe o permite que la tempestad destruya el mundo y la vida. ¿Qué puede decirse de este Dios si, cuando las nubes disminuyen, el que ha orado tan desesperadamente está o muerto o se encuentra entre las ruinas de su mundo?

Los muertos puede llevarle esa preocupación directamente a Dios – quiero decir, si simplemente entrando en la presencia de Dios, si vemos tal amor estratificado, no ha ya acallado sus preguntas. Pero, ¿qué de nosotros, que vemos como nuestros mundos fueron eliminados? ¿Qué podemos decir de nuestro Dios, después de la tormenta, en medio de los escombros?

La respuesta de Hopkins es el vincular la oración de esta monja que se ahogaba a aquella de la Virgen María, la mujer que se permitió ahogarse en el discipulado, cuyas dimensiones más profundas sólo sonaban en medio de la tormenta.

Jesús, la luz del corazón,
Jesús, hijo del doncella,
¿Qué fue la fiesta después de la noche
¿Tuviste gloria de esta monja? —
Fiesta de una mujer sin mancha.
Porque así concibió, así te concibe;
Pero aquí estaba la angustia, el nacimiento de un cerebro,
Palabra, que oyó y te guardó y te pronunció francamente.

¿Fue al voluntad de Dios realizada en la muerte de esta monja Alemana? ¿Es por eso que el viento parece llevarse su oración? Pero ¿no fue ella hallada fiel en su gran juicio? La muerte la encontró invocando al Señor, quien la arrebato para él mismo en respuesta a su oración.

Jesús, la luz del corazón,
Jesús, hijo de la doncella,
¿Qué fue la fiesta después de la noche
¿Tuviste gloria de esta monja?

El discipulado es una puerta única: entrega a Dios. Es lo que Pedro no pudo hacer, no en este momento de su vida, en el Mar de Galilea, aunque él gloriosamente se entregaría, años más tarde, en la arena soplada por el viento de un circo romano en la Colina del Vaticano.

Las verdaderas tormentas de la vida exigen tan discipulado de nosotros, una rendición absoluta, que refleja la de la Virgen María misma. Escribe Hopkins:

Fiesta de una mujer sin mancha.
Porque así concibió, así te concibe;
Pero aquí estaba la angustia, el nacimiento de un cerebro,
Palabra, que oyó y te guardó y te pronunció francamente.

Cristo nació en el mundo porque María entregó todo a Dios. Él viene, no de la obra de la naturaleza, por muy poderosa que sea, sino de su consentimiento sólo. La entrega tiene un mayor poder que la tormenta. “Porque así concibió, así te concibe”.

Más tarde o más temprano, la vida de cada discípulo debe hacer frente a la tormenta que exige la entrega absoluta. Para algunos, la tempestad vendrá en medio de la vida. En su estela nos moveremos a un mundo nuevo, totalmente desconocido y desamparado, habiendo dicho “si” a Dios. Viviremos, en este nuevo, desperdiciado mundo por la fe solamente. La entrega será lenta y constante, exigiendo toda resistencia acerada de la fe: seguiré viviendo después de esta muerte, sin esta carrera, en este lugar y no en otro, y lo haré en fe.

Para todos los hijos de Eva, la muerte es tal tormenta. En esta puerta nos debemos rendir a Dios, o fracasar en la única cosa que realmente requiere de nuestra alma. Y la vida misma, no importa cuan larga o corta sea, no es más nada sino una preparación para esta rendición decisiva. ¿Estaremos listos? ¿Nos encontrará Dios llorando sobre las olas, en el viento, llamándolo a nosotros?

No es de extrañar que incluso la más simple de las almas, en los primeros años de la vida, se le enseñe a rezar el “Ave María.” Como la oración del Señor, en la que pedimos cosas tan sencillas, necesarias — Dios sea santificado, el reino de Dios venga, la voluntad de Dios se haga, nos alimente ahora, nos perdone ahora y nos libre de la tentación — el “Ave María” canta las canciones de la Escritura a esta mujer, y luego, con toda rapidez, fija su vista sobre la tormenta decisiva que vendrá: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Lecturas1 Reyes 19: 9a, 11-13a Romanos 9: 1-5 Mateo 14: 22-33

Autor: Terrance Klein. El Reverendo Terrance W. Klein es un sacerdote de la Diócesis de Dodge City y autor de Vanity Faith (Fe de la vanidad en español).

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy. 

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