El espíritu itinerante de Jesús

La humanidad de Jesús se nos presenta como paradigma. En él encontramos la forma más excelsa de hacernos humanos. Siendo honesto con la realidad en la que vivía, nunca dejó de reconocer y denunciar el drama padecido por la mayoría (Lc 13,32). Aún, cuando esto lo afectó sobremanera, nunca optó por el camino de los violentos que se imponen por la fuerza. Vivió con un profundo amor solidario y compasivo (Mt 5,48), procurando, en todo, el bien del otro.

Hay una dimensión de su vida, sobre la cual queremos reflexionar con especial atención. En ella podemos apreciar cómo se fue moldeando su carácter y personalidad, en la medida en que vivía su vocación de profeta escatológico. Se trata de su condición de itinerante, entregado al servicio de los pobres, sin casa fija (Mc 8,20) y siempre en desplazamiento (Lc 8,1ss). Hacía recorridos cortos en los cuales se alojaba en casas de personas que lo recibían. A veces, con el tiempo, se hacían amigos, como ocurrió con Marta y María (Lc 10,38). En ocasiones dormía donde le agarraba la noche, en una barca agotado por el día (Mt 8,25), o en el campo, sin techo, a la intemperie, corriendo el peligro de encontrar bandoleros y saqueadores. ¿Qué nos revela esta dimensión itinerante de su vocación? ¿por qué los evangelistas la consideran tan importante a lo largo de su vida pública? Veamos.

Jesús pasó de vivir encarnado en una familia biológica, arraigado en las tradiciones e imaginarios de una cultura y un pueblo concretos, a asumir un estilo de vida itinerante, viviendo sin techo propio (Lc 9,58). Simbólicamente, este estilo de vida manifestó su actitud profética de protesta y desarraigo frente a los códigos de honor, status y estabilidad social que se practicaban cultural y religiosamente, y definían lo que era la identidad humana. Él revela que nuestras pertenencias a una cultura, tradición religiosa o familia biológica no son absolutas. Son un camino temporal hacia la realización de nuestra humanidad pero no «el camino» definitivo que la define.

El carácter itinerante de Jesús es fuente de humanidad, mostrando que sólo quien ensancha sus lazos y se constituye en hermano de todos descubre su identidad al formar una nueva familia no biológica, la de los hijos e hijas de Dios viviendo fraternalmente, sin exclusión social ni prejuicios morales.

La itinerancia le ayudó a encontrarse con rostros e historias nunca antes imaginados por él. Le hizo cambiar su posición respecto de los que serían salvados entendiendo que su misión no era sólo para el pueblo elegido. Aprendió que la fe es una relación que nace de una humanidad cualitativa y que no es heredada. Pudo encontrar fe donde otros no creían que la había, como en la mujer siriofenicia (Mc 7,24-30), el centurión (Mt 8,5-13) o los eunucos (Mt 19,11; Is 56,3-5). Esto fue posible porque no miraba ni juzgaba la condición moral o religiosa del sujeto; porque se les acercaba e iba a donde ellos vivían; porque encontraba acogida y calidad humana (Lc 20,21).

Desde la intemperie y la itinerancia, descubrió sentido a su vida practicando la no violencia (Mt 5,9); luchando en favor de la justicia (Mt 5,10); optando por el bien del pobre y de la víctima (Lc 6,20); y haciéndose cargo del enfermo y del débil (Lc 7,21). En el encuentro con los olvidados y desechados, Jesús fue cambiando y encontró humanidad allí donde otros sólo veían negatividad y pecado. Él mismo padeció el peso de la pobreza (Lc 2,7), la angustia y el dolor del exilio (Mt 2,13-15), el cansancio de la itinerancia y el desgaste de la propia vida en una entrega confiada a Dios. Quería que «esta tierra fuera como el cielo» (Mt 6,10), con pan para todos (Mt 6,11; Lc 9,17) y descanso para los agobiados por el peso de la injusticia y la lucha por un futuro mejor (Mt 11,28). La itinerancia moldeó su carácter y personalidad. Le enseñó a ser paciente y generoso con el uso del tiempo, pero también compasivo y misericordioso al atender a los demás.

Vivir con el espíritu de un itinerante, a la intemperie, nos puede ayudar a dirigir nuestras miradas a los ciegos (Mt 20,34), dolientes (Mt 9,35), hambrientos (Mt 15,32; Mc 8,2-3), cansados (Mt 9,36), enfermos (Mt 14,14) y a los que lloran la muerte (Jn 11,35). La itinerancia es una experiencia que nos abre a la gracia porque invita a incluir fraternalmente al otro. Centra nuestro corazón y orienta todas nuestras acciones a la búsqueda del bien del otro, a construir una sociedad más humana. Una que no se centre y desgaste en sí misma favoreciendo sólo los beneficios individuales, sino la construcción del bien común, donde todos nos jugamos el porvenir.

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)