Jesús ante el peso de la realidad

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A veces olvidamos cómo pudo Jesús soportar situaciones cargadas de violencia y desesperanza que parecían no tener futuro. Él sintió el peso de una realidad socioeconómicamente fracturada y padeció las consecuencias de la violencia religiosa y política (Mc 14,1). Sin embargo, nunca dejó de creer que había que hacer de «esta tierra, como era el cielo» (Mt 6,10) para gozar de la calidad de vida que existía en el «Reino de Dios» (Lc 11,2). Resultará asombroso, pero esta esperanza simbólica provenía de una profunda relación con Dios y de un auténtico servicio a los pobres, a las víctimas y a tantas personas cansadas de luchar en esta vida.

Mientras representantes políticos y religiosos, familias, terratenientes y muchas personas de poder sólo ponían cargas pesadas de llevar, este individuo de Nazaret viene a invitar a asumirnos como hombres y mujeres de espíritu, es decir, como sujetos que apuesten por construir espacios para que otros puedan estar presentes en sus pensamientos, oraciones, acciones; viene a invitarnos para que el desgaste, el agobio y la extenuación que consumen nuestra voluntad y entendimiento, no sean obstáculos para descubrir que quien está delante de nosotros es un hermano, un auténtico tesoro, un bien del Padre eterno.

Sólo de esta forma, nos dice, surgirá ese impulso vital que levante nuestros recipientes de barro (2 Cor 4,7), la desesperanza y permita avisorar un futuro donde comencemos a humanizarnos en el encuentro con el otro a partir del servicio fraterno, recíproco, para que cada persona pueda poner sus bienes más preciados en favor de la causa del otro. Entonces lo que era una carga ya no pesará, porque no la llevaremos solos sino en el servicio y apoyo recíprocos, de modo que pensemos, oremos y busquemos soluciones juntos, como hermanos y dejemos de tratarnos como enemigos o desconocidos.

Hacer las cosas como Jesús las hizo no es algo exclusivo de los cristianos. Su opción de vida es patrimonio de todos y su estilo es paradigma de humanidad porque nos da a conocer el modo más humano de ser, algo que no se alcanza mediante el vacío absoluto del propio ser, por la superación de pensamientos negativos ni distanciándonos de supuestos pecadores. Tampoco se llega a ello a través de la ilusa creencia de trascender lo inmediato y no mirar lo que sucede en nuestro entorno.

Una vida que sigue el ejemplo de Jesús pasa por asumir el presente histórico como una realidad escatológica, es decir, capaz de construir relaciones trascendentes que nos afirmen y autodeterminen como sujetos verdaderamente humanos; pasa por la recreación de nuestras palabras y relaciones incluyendo en ellas lo que vivo, pienso y padezco, de modo tal que entienda que mi libertad se juega en el rostro de ese cada-otro ante mí, con sus dolencias y carencias, con sus riquezas y potencialidades, con su salud o enfermedad, porque es, ante todo, mi hermano.

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)