Jesús ante la violencia y el odio

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Cuando hay personas e instituciones de cuyas «bocas sólo salen palabras de iniquidad y engaño, que renuncian a ser sensatos y a hacer el bien, y que maquinan la maldad sobre su lecho, empeñándose en un camino que no es bueno» (Sal 36,3-4), estamos llamados a discernir cómo enfrentar tales actitudes, porque está en juego nuestra propia deshumanización.

La experiencia de Jesús nos puede sorprender. Primero, practica la no violencia como única forma de reaccionar frente a quien provoca el mal, porque de otro modo «todo el que pelea con espada, a espada morirá» (Mt 26,52). Y segundo, fomenta solidaridades fraternas para construir un mundo justo que apueste por el bien del otro, porque está convencido de que sólo son «bienaventurados los que luchan por la justicia» (Mt 5,10) y «promueven la paz» (Mt 5,9). Estas actitudes diferenciaron a Jesús de muchos representantes políticos y religiosos de su tiempo que fomentaban la exclusión, la compra de conciencias y el miedo para sostenerse en el poder.

La razón que lo llevó a vivir así no fue su gran sensibilidad, sino el deseo de querer ser «bueno» (Mc 5,48). Esto parece débil, pero fue su opción: la bondad fue moldeando su humanidad y le hizo ser tan compasivo como su Padre (Lc 6,36). Así aprendió a mirar al otro con «compasión» (Mc 6,34), nunca con lástima o soberbia, y menos aún con odio. No es fácil vivir así porque implica experimentar lo que es ser amado y perdonado (Mc 1,11). Hay familias, colegios y comunidades religiosas que han fallado en enseñar que el amor es un programa de vida basado en apostar por la «compasión» al «rechazar la ira y el odio», porque el mismo Dios rechaza a todo aquel que convierte al otro en víctima de sus prácticas, y le dice: «¡aléjate de mí, hacedor de maldad!» (Mt 7,23).

Sólo es sujeto quien supera la ira y el odio que se alojan en los corazones; quien es capaz de crear lazos con todas las personas, sin excluir a nadie, y quien inspira la esperanza de que sí es posible vivir «aquí en la tierra, como se vive en el cielo» (Mt 6,10), si apostamos, como Dios, «por la compasión y el rechazo de la ira» (Sal 86,15; 103,8).

Esto atraía de la praxis de Jesús, mientras que la de autoridades políticas y religiosas, iba siendo rechazada cada vez más. En Jesús se palpaba un modo de vida que parecía ya imposible; uno que podía vencer el mal con la verdad y la justicia, para que no triunfaran la mentira y la violencia. Para ello, Jesús oró por sus victimarios (Mt 23,27) y por los que lo humillaban (Mc 15,29); los perdonó (Lc 23,34) y no dejó que la ira afectara su proyecto, porque sólo Dios tenía la última palabra. Fue así como Jesús conquistó la verdadera autoridad que no nace de la imposición y las amenazas, sino de la no violencia y la compasión fraterna. No olvidemos, pues, que «odiar al hermano, es matarlo» (1Jn 3,15) y sólo quien «pone su vida al servicio de todos» (1Jn 3,16) conoce el amor.

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)