Jesús ante los pobres y las víctimas

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Siempre existe la tentación de idealizar el mensaje de Jesús y leerlo fuera de los contextos sociopolíticos y religiosos donde nació. No se nos ha enseñado lo que significa discernir nuestras vidas a la luz de sus palabras y actitudes. Los gestos, las acciones y las palabras que decía Jesús resonaron en los corazones de personas que vivían en medio de una realidad completamente fracturada y desesperanzada, llena de ira e impiedad, agobiada por el peso de un porvenir incierto. Era una realidad cuyas instituciones de gobierno producían cada vez más «pobres» y «víctimas». Y donde las autoridades religiosas sólo ofrecían una vida de fe que se reducía al rezo de devociones y la asistencia al culto para ofrecer sacrificios. Muchos habían olvidado la fuerza transformadora de palabras como: «perdón» o «justicia», y ya no recordaban cómo era una vida de «solidaridad fraterna» donde no existiese la violencia.

En medio de estas condiciones, Jesús aprendió de Juan el Bautista que el proyecto de nación en el que él vivía, había fracasado (Mt 3,10.12), así como el sistema religioso del Templo (Mt 3,7). No obstante, Jesús no responde con los mismos criterios que el Bautista. No espera un juicio divino, ni anuncia la muerte de nadie. Él comienza a anunciar una buena nueva que acontecería cuando el odio y la violencia no dominaran los pensamientos y los corazones.
Él creía que sí era posible construir un mundo más humano, favorable a los ojos de Dios. Y que «comenzaba ese año». Así lo transmite Lucas: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oído» (Lc 4,21). ¿Qué significa este «Hoy»? Según el profeta Isaías, en quien se inspira Jesús, sólo podía haber Buena Nueva sirviendo a los «pobres» y defendiendo a las «víctimas» (Is 61,1; Lc 4,18), porque estas dos realidades eran el testimonio más fehaciente de un sistema político que se había sostenido por la fuerza de la violencia verbal y física, y con el aval de una sociedad indiferente al sufrimiento de las víctimas. El «hoy» de Isaías comportaba un gran reto porque anunciaba la necesidad de tomar postura, como Dios lo había hecho. No se podía aceptar que siguiera creciendo la pobreza y se convirtieran a las personas en víctimas de la violencia, el miedo y la opresión.

Por ello, la oración de Jesús pedía al Padre que le diera fuerza para hacer de «este mundo, como era el del cielo» (Mt 6,10), es decir, que los hombres pudieran gozar de una calidad de vida como la de Dios (Gn 1,26). Su propuesta ofrecía algo que parecía insignificante: «sanar los corazones rotos» (Is 61,1), y «rechazar a los que humillan» (Is 58,3). Muchos se preguntaban cómo sería eso posible. Pero él lo encontró en las sabias palabras de Isaías que explicaban lo que agradaba a Dios: «¿no será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de la maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y quitar las duras cargas? ¿no será partir el pan con el hambriento y recibir a los pobres sin hogar en mi casa? ¿que cuando veas a un desnudo le cubras y no te apartes de tu prójimo? Entonces brotará tu luz como la aurora y tu herida se sanará rápidamente» (Is 58,6-8).

No podía haber una verdadera sanación del corazón, sin la conversión al pobre y a la víctima. Sólo así se podía frenar, para siempre, a los que humillan y hacen el mal. Pero perdonar supone «sanar la realidad» que ha sido afectada por el mal y «hacer justicia» para que no vuelva a ocurrir. Es, pues, un proyecto de vida basado en el compromiso por transformar la realidad en la medida en que se reconstruyen las relaciones interpersonales, para que “sobreabunde la Gracia donde abunda el pecado” (Rom 5,20).

Como lo recordó una vez Nelson Mandela: “no se trata de pasar la página, sino de volver a leerla, pero esta vez juntos”. Leerla sin absolutizar el poder y la riqueza, sin humillar ni violentar al que piensa distinto (Lc 6,20-26). Leerla con la compasión de quien perdona (Lc 6,27-49) y rechaza toda forma de violencia (Jn 18,36). Pero leerla confiando en Dios antes que en el poder del dinero y del cargo (Lc 16,13). En fin, «hoy» debemos discernir juntos la realidad que vivimos para que no existan más «pobres, presos, ciegos y oprimidos» (Lc 4,18), y aprendamos a hacernos cargo de la creación como servidores de humanidad y luchadores por la justicia, como nos recuerdan las Bienaventuranzas (Lc 6,20-23; Mt 5,1-12).
Jesús entendió que sólo cuando nos entregamos los unos a los otros en el servicio fraterno y la lucha por la justicia, entonces podrá brotar nuevamente la luz y quedarán sanadas las heridas que una vez nos dividieron.

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)