Jesús y el poder del dinero

293

En la época de Jesús había grupos que centraban su vida en torno al dinero, como los círculos herodianos, los terratenientes de Séforis y Tiberíades, y las familias sacerdotales de Jerusalén. Ellos representaban tres grandes poderes: el político, el comercial y el religioso. Estos grupos no solían tratarse, sólo se unían para lograr acuerdos que los beneficiaran sobre la base de un audaz sistema financiero que hacía uso de la moneda romana.

Las monedas eran acuñadas con la imagen de Tiberio para recordar que él era el único Señor capaz de dar vida y distribuir bienes. El control político romano era absoluto y fomentaba prácticas colaboracionistas. De ahí el reclamo de Jesús: «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». No se trata de darle a cada uno su parte, como a muchos les gustaría. Mientras Dios tiene hijos y les ofrece una vida libre para que disfruten de los bienes de la tierra, el César produce súbditos esclavizando la vida y haciendo uso de los bienes para manipular las conciencias (Mt 4,9).

Las autoridades religiosas y políticas ya no pensaban en los pobres, sino en el propio bien, y lo hacían en nombre de dios (Amós 8,4-7). Jesús no tardó en responder: se debe servir a «Dios» y nunca al «César» (Mt 22,21) ni al «dinero» (Mt 6,24). La religión no puede ser un comercio «sagrado» (Jn 2,14-16), ni la política una forma de idolatría religiosa. Cuando el dinero se convierte en ídolo (Mc 10,24) es usado como fuente de control, poniendo en riesgo todo aquello que nos hace ser sujetos: la libertad, la confianza, la solidaridad y la gratuidad.

El dinero tiene sentido cuando se usa en función de construir ese nuevo estado de cosas y relaciones que Jesús llama el Reino; si genera proyectos trascendentes que no sólo ofrezcan una mejor calidad de vida, sino una plena en bondad y solidaridad fraternas. Algo que tanto la política como la religión suelen olvidar. El dinero deshumaniza si se usa para sobornar (Mt 28,12), si absorbe todo nuestro tiempo (Lc 14,18), al obsesionarnos por él (Lc 12,20), si sustituye las relaciones personales (Jn 2,16), cuando esperamos retribución (Mt 6,2). ¿Hemos, pues, invertido para construir una vida con calidad divina o una trivial? (Lc 16,1-13).

¿Qué hacer? Un primer ejemplo lo da un samaritano. Usó sus bienes movido por la compasión fraterna (Lc 10,31-37). Otro ejemplo lo da una viuda: no dio lo que le sobraba, los excedentes, sino lo que necesitaba: vivía solidariamente (Mc 12,41-44).

Si queremos humanizar nuestras vidas, debemos comenzar por sentir compasión ante el abandono en el que se encuentran los pobres y afligidos, y ser solidarios con las víctimas, incluso apostando nuestros propios bienes. La indolencia hace que quienes tienen dinero y poder para hacer algo mejor de este mundo, pasen por la vida como el rico que no tuvo compasión (Lc 16,19-25) e hizo del dinero un fin en sí mismo (Mt 6,19-21).

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo

Compartir
Artículo anteriorCómo hacer frente al fundamentalismo
Artículo siguienteThe light within
Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)