Las discípulas de Jesús y la tumba vacía

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Cada pascua es una invitación a pasar de situaciones de muerte en la que nos vemos implicados por el ejercicio de nuestra libertad, a situaciones de vida, que nos hacen mejores personas. Para resucitar la única condición es que hay que morir, tocar aquellas realidades que no nos gustan, que no producen frutos y que resistimos a cambiar. La muerte nos muestra nuestro límite y nos hace tomar contacto con lo que somos, seres limitados, pobres, necesitados que llevamos el tesoro de la vida en un recipiente de barro (cfr. 2 Cor. 4-7).

Tenemos que entrar en nuestra propia tumba donde está oculta la muerte. Y aquellas mujeres discípulas la mañana de la resurrección nos demuestran que entrar en la tumba es una decisión personal (cfr. Mc. 16, 1-8). Podemos quedarnos en la puerta paralizados por el miedo y elucubrando situaciones ficticias, o avanzar, dar un paso venciendo el miedo y entrar para comprobar lo que había dentro, lo que sucedió, que en este caso ellas testificaron que el cuerpo de Jesús muerto no estaba allí.

La tumba es el ámbito que protege al cuerpo de Jesús, en sí mismo es un lugar de silencio, que invita a tener los sentidos atentos para que aquellas mujeres con respeto y amor unjan el cuerpo de su querido Maestro.

Aquella era una tumba cavada en la roca, es decir estaba dentro de la roca, mostrando que Jesús fue introducido simbólicamente dentro de la tierra. Del Padre vino y al Padre volvió asumiendo toda la vida desde el nacimiento hasta la muerte. Como la semilla que cae en la oscuridad de la tierra y sin que el sembrador sepa como comienza a germinar hasta que se convierte en árbol y da fruto, la tumba es como la tierra abonada que hace posible que germine la semilla. En la oscuridad y en el silencio de la tumba se produce un acontecimiento de vida, la resurrección. El sembrador espera paciente en la semilla donde está la potencia de germinar, de convertirse en ser vivo. En el cuerpo muerto de Jesús histórico, está en potencia la posibilidad de resucitar, de volver a la vida, es el lugar donde junto con Padre y el Espíritu es resucitado, vive para siempre y ya no muere más. Las mujeres fueron las primeras testigos de este acontecimiento y a una mujer, Marta, Jesús le revela su identidad: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá y quien vive y cree en mí, no morirá para siempre” (Juan 11,25-26). Aquellas mujeres al entrar en la tumba vacía tienen la oportunidad de confirman su identidad, sin lugar a dudas Jesús es la resurrección.

Este hecho se comprende desde la fe y es confirmado en las apariciones a aquellos que habían comido y bebido con él es decir a los que le conocían y eran sus amigos y amigas (Cfr. Hech.1, 3). Las apariciones del Resucitado a sus discípulos y discípulas, suceden para animarles, no es una necesidad de Jesús que ya vive para siempre, sino que es una necesidad de ellos y ellas para confirmarles que es él y que luego de la muerte hay vida eterna.

Para vivir esta experiencia en nuestra situación actual, sigamos los pasos de las discípulas que con amor y fe decidieron entrar en la tumba, tocar lo que había allí y comprobar que es posible pasar de la muerte a la vida.

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María del Pilar Silveira
Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestría en Ciencias Religiosas por la Pontificia Universidad Gregoriana y Licenciatura en Teología por la Pontificia Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. Es profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello e integra el equipo de la Cátedra Libre “Mons. Romero” en la Universidad Central de Venezuela.