Nacer en una realidad conflictiva

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En esta época no son pocos los que llevan una vida sobrecargada de insatisfacción, amargura y avaricia. No nos damos cuenta de cuánto nos hemos deshumanizado. La Navidad parece haber perdido su sentido festivo. Sin embargo, el verdadero nacimiento de Jesús acontece en medio de condiciones de deterioro sociopolítico, económico y religioso, similares a las nuestras. Por ello, entender el sentido de los relatos de la Natividad es motivo para recobrar la esperanza en medio de la tragedia actual que vivimos.

Jesús nace entre el año 6 y 4 a.C., entre marzo y abril, justo antes de la muerte de Herodes El Grande. El emperador era Augusto, sucedido luego por Tiberio. El prefecto en el año 15 d.C. era Valerio Grato, quien nombra a Caifás como sumo sacerdote en el año 18 d.C. Caifás hará una alianza con Pilato, el nuevo prefecto a partir del año 26 d.C. Luego de la muerte de Herodes, en el 4 a.C., la región entró en un proceso de inestabilidad sociopolítica y empobrecimiento económico, agravado por una crisis religiosa. Se cuestionaba la presencia romana que deificaba al César oprimiendo a los que se le oponían. El mismo Juan el Bautista describirá la situación de corrupción, extorsión y falsa religiosidad (Lc 3,10-15).

Para la cultura mediterránea, la paz era lo que César Augusto había logrado: él había unificado al Imperio trayendo «la paz al mundo», pero lográndola por medio de la violencia, la dominación de los pueblos, el saqueo de los bienes y la esclavitud. Era una paz que favorecía la abundancia de pocos y la escasez de bienes para muchos, haciendo uso de la moneda romana para generar mecanismos cambiarios que producían inmensos beneficios económicos a las elites. Todo bajo una estricta censura política respecto de cualquier disidencia.

Las comunidades de Mateo y Lucas discernían esta realidad tratando de entender la «Buena noticia» que Jesús les había comunicado. Estaban convencidos que sí era posible construir un mundo más humano (Mt 5,9-10). Sin embargo, luego del año 70 d.C., tras la destrucción de Jerusalén, la desesperanza parecía ganar terrenos. Se hablaba de una paz que aún no llegaba. Seguían surgiendo nuevos movimientos violentos y la vida cotidiana se hacía cada vez más dura de sobrellevar.

En ese contexto, las comunidades judeocristianas renuevan su fe en Jesús como el único Mesías no violento ni revolucionario político, y se distancian de toda ideologización política y deificación de personas. Asumen la tarea de redactar los relatos de la Natividad para recordarnos que Jesús no ofreció nunca la paz del «pan y circo», sino una que nos hace libres y fraterniza, pero solo si cada uno lo quiere y asume sin temor (2 Tim 1,7) para hacerla realidad. Esto implica denunciar y rechazar todo aquello que deteriora nuestro bienestar humano y nos convierte en objetos y súbditos, antes que en sujetos libres.

Jesús había vivido situaciones similares. Había nacido en la pobreza, carente de símbolos de poder o estatus, y en medio de tantas penurias materiales. La gloria que se anunció esa noche fue la de un Dios que tomaba posición en esta historia, y no era a favor de los poderosos.

Este símbolo poderoso, el de la fragilidad de un niño, contrastará con el poder de César Augusto, a quien se le llamaba «el salvador del mundo». El niño mostrará que la paz sólo se logra entre personas de «buena voluntad», los capaces de alejarse de las ideologías que sacralizan a la política y sacrifican a los seres humanos con hambre y penurias. ¿Creemos nosotros en la paz que controla y ofrece dádivas? ¿la del pan y circo? ¿o en aquella por la que Jesús vive y muere?

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)