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Fecha impresión: 22/06/2018 22:23:25 2018 / +0000 GMT

Autor: Rafael Luciani

Todos vosotros sois hermanos




Si bien es cierto que Jesús se entendió a sí mismo desde la simbología del Hijo del Hombre, como dan testimonio numerosos textos de los evangelios, no es menos cierto que se dejó llamar Maestro en el episodio del lavatorio de los pies narrado por Juan (Jn 13,13-15). Aunque en tiempos de Jesús el uso del título Maestro no tenía la misma connotación rabínica que adquirirá después del año 70 d.C., expresaba un cierto carácter honorífico o una concesión de un status religioso. Sin embargo, éste no es el uso que encontramos en la práctica histórica de Jesús. Se trata, ante todo, de un término que implica el reconocimiento de su autoridad y es indicativo de la pretensión de su proyecto y del modo como lo asumió. Su estilo de vida no permite establecer un vínculo claro con alguna otra figura histórica similar precedente.

Por una parte, tiene la novedad de no enseñar como los escribas y doctores de la ley (Mt 7,28-29) que con su interpretación de la Torá generaban cargas pesadas sobre la vida cotidiana de tantos creyentes. El estilo de Jesús no era escolar, ni rabínico, no aplicaba la casuística ni exigía el rigorismo pietista. Por otra parte, asumió el rol y la identidad contracultural del itinerante carismático (Mt 4,23), que sin pretender abolir o superar la ley, la había asumido, trascendiéndola, desde el horizonte escatológico de la nueva familia de las hijas e hijos de Dios.

En esta conjunción, sus enseñanzas van más allá de la mera consideración moral de una praxis, o la interpretación casuística de la Torá. Jesús discierne las relaciones humanas a la luz de los contenidos de la Torá como palabra profética que se piensa de cara a la acción de un Dios Bueno y Misericordioso presente en medio del clamor y las contradicciones de su pueblo. Una presencia que Jesús enseña con parábolas y manifiesta con exorcismos, milagros y banquetes, especialmente en la región de Galilea, y que es reconocida no sólo por sus discípulos (Mc 9,5; 11,21), sino también por otros grupos como los fariseos (Mc 12,14; Jn 3,2), los saduceos (Mc 12,18) y los doctores de la ley (Mc 12,32).

Según ha sido transmitido por la tradición evangélica, es Jesús quien, como profeta itinerante, elige a algunas personas como a Pedro, Andrés y Mateo, bajo el imperativo de un llamado a seguirle (Mt 4,19; Mc 1,17; Mt 9,9). Otros se acercan atraídos por la figura emblemática de Jesús y le siguen (Jn 1,37-39). Pero algunos encuentran obstáculos para asumir una vida itinerante, sin estabilidad de lugar, con los riesgos de identidad y posicionamiento social que esto representaba en el contexto del siglo I (Lc 18,22-24; Lc 9,61-62). El llamado de Jesús reclamaba la urgencia por desabsolutizar ciertas mediaciones para entregarse al proyecto inminente del Reino ya cercano. La urgencia del tiempo próximo de la restauración demandaba una respuesta radical, en la que no se podía servir a dos señores a la vez (Lc 16,13). No es el llamado lo que reduce el número de integrantes que conformaron el grupo de los seguidores, sino la correspondencia exigida por Jesús con el proyecto del Reino (Mc 6,8-11; Mt 10,9-10), así como las consecuencias que traería un estilo de vida itinerante en cada sujeto que decidiera seguirlo (Mt 10,16-23), porque “las zorras tienen madrigueras y las aves nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mt 8,20).

Jesús comprendió su relación con las personas en función del seguimiento y la fidelidad al proyecto del Padre, el Reino, aunque en modos y desde lugares distintos. El seguimiento no pretendía la conformación de una vinculación propiamente discipular con el maestro, como sucederá en el contexto rabínico posterior al siglo II d.C.. De hecho la expresión discípulo registrada en el Nuevo Testamento no tiene la connotación del tardío talmid que será el término técnico usado a partir del siglo II d.C. para designar a un aprendiz. El hecho de que Jesús haya llamado a algunos a seguirlo, conformando círculos pequeños de discípulos, no puede entenderse fuera del contexto vital de su seguimiento inicial de la praxis y el mensaje de Juan el Bautista. Sin embargo, el modo como Jesús entendió la presencia de algunos discípulos en torno a él, pronto se distinguió de la praxis del Bautista.

La misión de éstos no era otra que la de anunciar de modo fraterno la cercanía del Reino de Dios mediante los nuevos signos de la restauración (Lc 9,1-2) de la realidad creada. Una relación discipular entendida desde el seguimiento de una praxis específicamente fraterna implicaba algunas diferencias relevantes respecto a otras formas existentes, previas y posteriores al siglo I d.C., de discipulado en sentido estricto.

El seguimiento de Jesús implicaba asumir el estilo de vida de la itinerancia como el espacio socioreligioso de conformación de la propia identidad y vocación personal (Mt 8,20), a diferencia de la estabilidad del lugar que proporcionaría la inserción en una comunidad religiosa, como podía ser la de Qumrán, o las escuelas rabínicas posteriores al siglo II d.C. Sin embargo, el criterio que constituía realmente en discípulo al seguidor de Jesús era la escucha atenta y la puesta en práctica de la Palabra como camino de inserción en la nueva familia de las hijas e hijos de Dios (Lc 8,19-21), es decir, en la comunidad fraterna de los hijos. Esto exigía la vía de una práctica fraterna en contraste tanto con el ideal y el anhelo de un mesianismo político afanado por la liberación sociopolítica de la realidad por medios violentos (anarquía y autoritarismo), como con la búsqueda individual de la autosuficiencia propia de los maestros cínicos (autarquía e individualismo).

El hecho de que Jesús llame a algunos a seguirlo revela la autoconciencia escatológica de un profeta itinerante cuya autoridad es vivida como Maestro, frente a la urgencia que planteaba la proximidad del Reino. En el episodio del lavatorio de los pies Jesús se deja llamar Maestro y Señor (Jn 13,13-15). En este contexto ¿qué significa el hecho de que Jesús haya aceptado su designación como Maestro? ¿Tiene algo que ver este reconocimiento con el ejercicio de su Señorío? Estamos ante un texto marcado por un carácter contracultural que desafía el cuestionamiento de la autoridad y la pretensión mesiánica del “hijo de José” (Lc 4,22). Por una parte enmarca el Señorío de Jesús en el ejercicio de una autoridad que, más allá de todo anhelo autoritario, invita a la reciprocidad de dones en el servicio fraterno, simbolizada por la exigencia de lavarse los pies unos a otros (“Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”). Por otra parte, refiere su magisterio al modo ejemplar como ha dado su propia vida a los demás (“Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”). La propuesta de Jesús implicaba la superación de ciertos parámetros culturales que determinaban la condición honorífica de los señores y amos de este mundo, así como la posición privilegiada de los maestros en la tradición religiosa del pueblo.

Por una parte, la praxis de Jesús clamaba por la superación de una religiosidad que exigía cargas inhumanas sobre la vida de fe de los sujetos (Mt 23,2-7). El discernimiento de la ley estaba inspirado en el rigorismo casuístico y formal de una moral retributiva del cumplimiento, lo que generaba en muchos creyentes el peso insoportable de no poder ser considerados auténticos hijos amados por Dios. Frente al centralismo del paterfamilias, se levantaba la voz profética de un hijo del pueblo judío para clamar: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras vidas” (Mt 11,28-29). Un verdadero maestro es aquel que carga fraternalmente con los demás en su propio corazón, antes de imponerle fuertes yugos que hagan imposible la percepción del amor de Dios en sus vidas. Por otra parte, la expresión rabí tenía una fuerte connotación honorífica, enmarcada en el establecimiento de relaciones jerárquicas y autoritarias, mediante las que se conseguían los primeros puestos y se recibían salutaciones reverenciales públicas. Jesús, por el contrario, no entendía su magisterio desde el llamado a imitar su conducta moral y virtuosa, al estilo de los maestros griegos, sino desde la opción por el seguimiento al proyecto del Reino, lo que implicaba una correspondencia filial al Dios Bueno y Misericordioso.

En este contexto, no era el discipulado el criterio ni el fin último que permitía entender la razón de la llamada que Jesús hacía a algunos para seguirle, sino a la inversa, era el seguimiento de su praxis filial y fraterna, como consecuencia del Reinado de Dios, el eje que enmarcaba y daba sentido a un auténtico discípulo. Es por ello que su pretensión desafiaba la falsa creencia en la posibilidad de un amor a Dios que podía darse sin el amor al prójimo, por la vía del sacrificio cultual del Templo y el cumplimiento formal de la Ley. Algunos no comprendían que el proyecto del Reino era la causa misma de la llamada que Jesús hacía para dejarlo todo y seguirlo. ¿Qué era entonces el Reino para Jesús?

El Reino era el horizonte que medía la fidelidad y adhesión de cada sujeto al único Señor. Para Jesús, el motivo del seguimiento fue siempre el Dios del Reino, el Padre, antes que un proyecto absolutamente autónomo. Jesús no pretendió nunca sustituir al Señor (Yahweh), el Dios de Israel, el Dios vivo y verdadero. Hubiese negado el fundamento mismo de la Alianza (Deut 6,4: Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, nuestro único Señor) y el talante de su entrega (Deut 6,5-6: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que hoy te mando estarán en tu corazón). Este fue uno de los discernimientos más honestos y dramáticos que Jesús tuvo que realizar en su vida, como lo expresan los relatos de las tentaciones, ya comentados anteriormente.

La actitud profética de Jesús fue siempre contracultural, al no compartir la instauración mesiánica de un nuevo reino en Israel que sustituiría al de los imperios dominantes, y teniendo como sujetos históricos de su práctica a los pobres de Yahweh, los despreciados y humillados por las fuerzas dominantes. A la vez, fue una actitud sabia. Su manera de entender el Reino ponía en crisis la noción y eficacia del poder divino actuando en la historia. Aquél Jesús, educado en la tradición judía de los pobres de Yahweh, como María, su Madre, aprendió a asumir las consecuencias fraternas de su relación filial con un Dios que no sólo es Padre, sino que es también Bueno y Misericordioso. Por una parte, si Dios Padre era Bueno, la bondad tenía que ser querida por él como fin último y horizonte definitivo anhelado para toda realidad creada (Gen 1,31: “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno”). Pero por otra, si también era misericordioso, entonces los medios practicados no podían ser otros que compasivos y asuntivos, es decir, fraternos (Gen 24,27: “Bendito sea el Señor, Dios de mi señor Abraham, que no ha dejado de mostrar su misericordia y su verdad hacia mi señor; y el Señor me ha guiado en el camino a la casa de los hermanos de mi señor”).

La autoridad con la que Jesús enseñaba estas realidades revelaba el auténtico sentido del mandamiento del amor fraterno: cargar con el otro, pero no por el hecho de ser simplemente otro a quien debo respetar o tolerar, sino como a un verdadero hermano a quien debo asumir, ofreciéndole el auténtico reposo humanizador que brota de una acogida en el propio corazón (Mc 12,32-34). Sólo así será posible la verdadera paz y reconciliación. En la praxis histórica de Jesús aprendemos, pues, el misterio último de su pretensión: una vida orientada hacia el proyecto del Reinado de Dios y las relaciones históricas que se desprenden de éste. Sólo desde estas nuevas relaciones se realiza el sentido escatológico de nuestra vida, al orientarla hacia su consumación en el reposo que sólo se puede encontrar al participar del banquete fraterno de las hijas e hijos de Dios (Reino), en el que sólo “uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8).
Fecha del artículo: 2016-05-21 06:00:13
Fecha del artículo GMT: 2016-05-21 06:00:13

Fecha modificación: 2016-07-25 15:17:09
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