Vivir con el mismo espíritu de Jesús

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El Concilio Vaticano II recordó que el cristianismo no puede reducirse a lo doctrinario y ritualista. Debe renovarse escuchando las palabras de Jesús a los más necesitados (Lc 4,16-19), porque «el gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1). Así, la Buena Nueva comienza cuando podamos sentarnos a hablar todos juntos, sin exclusión alguna, como Jesús se sentó con niños, adultos, prostitutas, recaudadores de impuestos y otros a quienes en aquel tiempo algunos consideraron pecadores o despreciaban por sus enfermedades.

Si queremos vivir con el mismo espíritu de Jesús debemos actuar como «servidores y promotores de humanidad» (GS 41), haciendo todo lo posible por construir relaciones «fraternas», porque todos somos hijos del mismo Padre. Por ello, no es sólo en el culto o en la buena obra que hagamos por alguien donde encontraremos la fuente de la salvación, si no asumimos la relación con los otros: «Es la persona humana a la que hay que salvar, y es la sociedad humana a la que hay que renovar» (GS 3).

No me salvo «del» mundo alejándome de las personas, sino que me salvo «en» el mundo. Pero tengo que dejar de ver al otro con odio y desprecio, y asumirlo como hermano. La salvación es un acontecimiento de humanización integral, porque «el que sigue a Cristo, hombre perfecto, se hace a sí mismo más humano» (GS 41).

El criterio a seguir es cómo vivió Jesús. Él movió a las instituciones políticas y religiosas, y pidió por la conversión personal (Mt 9,13: «Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, y no sacrificios. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»). Él devolvió la esperanza a los que eran considerados pecadores (Mt 21,31: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros al Reino de Dios»).

¿Creemos en el principio de la compasión fraterna por encima de nuestros prejuicios morales u opciones políticas? ¿Son los evangelios nuestros libros de cabecera?

Lo recordaba Pablo VI: «Sois vosotros un signo, una imagen, un misterio de la presencia de Cristo. El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino (…). Jesús mismo nos lo ha dicho en una página solemne del Evangelio, donde proclama que cada hombre doliente, hambriento, enfermo, desafortunado, necesitado de compasión, y de ayuda es él, como si él mismo fuese ese infeliz (Mt 25,35ss)» (Congreso Eucarístico, 1968). Recordemos que «el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo» (GS 24) «porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto» (1Jn 4,20).

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)