Democracia

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Otra de nuestras palabras desfiguradas. Etimológicamente significa “poder del pueblo”. La palabra griega demos tiene un sentido más amplio que el otro término laos, que designa a un pueblo uniformado por lazos de raza, religión, lengua o clase social. Pero democracia es el poder “de todos”: no sólo “de los auténticos vascos” que diría Arzalluz. Esa es su grandeza.

Desde sus inicios, la democracia ha planteado dos grandes problemas: el pueblo nunca es unánime y, por eso, la democracia sólo puede ser poder de mayorías; ¿qué pintan entonces las minorías en una democracia? Dejemos este problema enunciando sólo la respuesta: “democracia es gobierno de las mayorías con suficiente respeto a las minorías”.

La otra pregunta es más seria: el poder del pueblo ¿es tan absoluto e incondicional que no hay nada por encima de él? Si un pueblo decide reinstaurar la pena de muerte o invadir a otro más pequeño ¿son inapelables esas decisiones? En el sur de EEUU hay estados racistas que, si fueran independientes, decidirían democráticamente expulsar a todos los negros…

Parece pues que el poder del pueblo no puede ser absoluto. Democracia no es “dictadura del pueblo”: está sometida a alguna tabla normativa de valores. Y aquí vuelven a complicarse las cosas: ¿quién dicta esas normas? Recurrir a Dios rompe la democracia porque no todo el pueblo cree en Dios. Apelar a una ética humana parece mejor solución pero tampoco es posible: porque incluso sobre los valores humanos disentimos los seres humanos.

Así se fue llegando a la siguiente respuesta: “el poder del pueblo, está sometido a un conjunto de valores; pero ese conjunto debe ser acordado y sistematizado entre todos, para poder ser aceptado”. En ese acuerdo, todos habrán de ceder algo para llegar a un marco valoral suficiente para todos y aceptable por todos.

En teoría al menos, ese sistema acordado de valores es lo que se llama “Constitución” o “Carta Magna”: la Constitución no es sólo lo que constituye a un pueblo sino, sobre todo, lo que fundamenta la democracia. Sin Constitución (o contra ella) la voluntad popular se deforma en arbitrariedad. A eso aludimos cuando equiparamos democracia con “imperio de la ley”. Tal expresión es ambigua porque busca ser deliberadamente paradójica: imperio de la ley quiere decir imperio de aquella voluntad popular que constituyó la ley. Por eso no cabe apelar a la voluntad democrática de un pueblo contra aquello que funda la democracia.

Pero los problemas reaparecen: porque los tiempos y las generaciones cambian, la voluntad popular puede cambiar… y el imperio de la ley puede convertirse entonces en dictadura del pasado. Por eso las Constituciones necesitan ser periódicamente reformadas. Pero nadie garantiza que acertemos en esa reforma: de ahí que se exija una mayoría bien cualificada para reformar las Constituciones de los pueblos.

¿Por qué no nos garantiza nadie que acertemos en la reforma de una Constitución y, en vez de avanzar, retrocedamos? (como vg. en nuestra “ley mordaza”)? Pues porque los pueblos, además de señores pueden ser también señoreados, conducidos, manejados. Entonces no hay democracia sino demagogia: situación en la que el pueblo no tiene verdaderamente el kratos (el poder), sino que es agómenos (llevado). Y, como de lo sublime a lo ridículo, de la democracia a la demagogia no hay más que un paso.

Un viejo ejemplo: Silvestre II, papa del año 1000 (que fue monje en este sant Cugat desde donde escribo), se pasó la vida criticando duramente el centralismo de los papas con el axioma: “la voz del pueblo es voz de Dios”. Pero, una vez llegado a papa, comenzó a enseñar que no siempre la voz del pueblo es voz de Dios: porque fue el pueblo (bien manejado) quien gritó ante Jesús: “crucifícale, crucifícale”. Así que saduceos y sumos sacerdotes podrían haber argumentado, con aparente verdad, que Jesucristo fue crucificado democráticamente.

La conclusión de lo anterior parece ser la que esgrimía aquel viejo dictador: “los españoles no estamos preparados para la democracia”. Creímos que la democracia consistía en hacer lo que me dé la gana y que ganen siempre los míos. Y resulta que la democracia exige creatividad, diálogo, paciencia, búsqueda de acuerdos, saber argumentar, saber ceder… y, con, ello cierta inestabilidad. Mucho más fácil será hacer lo que digan los dictadores y prescindir de la política que es lo más difícil de la vida (aunque sea también lo más grande). Eso hacen muchos con la excusa irresponsable de: “todos los políticos son iguales” y, por tanto, me ahorro el ir a votar.

Y es que las dictaduras son más estables. Por eso nuestra economía (que quiere estabilidad) no es democrática: busca mayorías absolutas para gobernar sin diálogo; cosa más rentable económicamente, pero de menos calidad humana, y que acaba siendo puerta de las dictaduras.

Esta amenaza solo se supera con educación, y más educación. Por eso dice el refrán: “democracia sin mucha educación, es dictadura de algún bribón”…

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Jose Ignacio Gonzalez Faus
Reconocido teólogo jesuita de origen español con gran influencia en la teología latinoamericana. Estudió teología en Innsbruck. Ha sido profesor de la Universidad de los jesuitas en El Salvador. Actualmente dirige el Centro de Estudios Cristianismo y Justicia en Barcelona.