Estados Unidos y Europa: “Miedo a perder el buen vivir”

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“Donde está tu tesoro, ahí estará también tu corazón” (Mateo 6,21)

En enero de 1989, diez meses antes de su muerte, Ignacio Ellacuría dijo en Barcelona que “toda esta sangre martirial derramada en El Salvador y en toda América Latina… infunde nuevo espíritu de lucha”. Estas son palabras típicas del “Ellacuría olvidado e ignorado”. Son utópicas y ningún ilustrado cree ya en eso. Y son anacrónicas, pues “han cambiado tiempos y paradigmas”, nos dicen.

Cierto es que a Ellacuría se le perdonan estas cosas pues, al fin y al cabo, dio su vida por ellas, lo mataron. Pero quizás se le perdone menos -aun sin decirlo- las palabras finales de su conferencia. Al comparar los pueblos pobres y los ricos dijo: “En América Latina somos un continente de esperanza frente a otros continentes que no tienen esperanza y que lo único que realmente tienen es miedo”. ¿Será verdad que Estados Unidos y Europa tienen miedo? ¿A qué?

Aclaremos antes de empezar que entendemos por “Estados Unidos” y “Europa” totalidades estructurales, dentro de las cuales también hay personas y grupos con dinamismos distintos, y aun contrarios, a lo que vamos a decir. Y digamos también que esto se puede aplicar, en menor escala, a lo que ocurre en países como El Salvador con minorías en abundancia y mayorías en pobreza.


Miedo a los inmigrantes

Desde hace años en Estados Unidos se cuelan ilegalmente muchos inmigrantes, y con ellos también el miedo. Parece bueno y conveniente que llegue un número necesario para hacer los trabajos que sus ciudadanos ya no quieren hacer, pero les parece mal que se cuelen más de lo justo. Entonces molestan, ponen en peligro y van minando el monopolio de la lengua, religión, costumbres… Al sueño americano se le añaden pesadillas.

También ocurre en Europa. Han llegado centenares de miles de latinoamericanos, sobre todo de Colombia y Ecuador, otros procedentes del este europeo. Muchos han cruzado el estrecho de Gibraltar, africanos, marroquíes, algunos muriendo en el empeño. Todo esto se procura manejar con los menores costos. El Servicio Jesuita de Refugiados acaba de denunciar desde Bruselas la insuficiencia de las políticas comunitarias.

Pero en lo que queremos insistir es en que estos movimientos de inmigrantes pobres producen miedo en el primer mundo, y a veces no faltan buenas razones. En lo fundamental -con excepciones de grupos beneméritos- no se intenta sustituir el miedo por el gozo de la acogida -¡oh utopía!-, sino controlarlo con legislación y acciones policiales. Lejos queda la Biblia y el libro del Deuteronomio con su mandato, de parte de Dios, de acoger bien al forastero. Pero como se apela aquí a pueblos primitivos, y además religiosos, bien se los puede ignorar por ambos capítulos. La conclusión es que el mundo de la riqueza tiene miedo a los inmigrantes, aunque, de mala gana, tenga que aprender a convivir con ellos.


Miedo al terrorismo

Con el 11 de septiembre comienza otro capítulo del miedo. Ocurrió en Estados Unidos, y Bush se encargó de comunicar -casi obligar- a los europeos a participar en el miedo, pues lo sucedido en las torres de Nueva York bien podría suceder en la torre Eiffel o el Big Ben. Y, naturalmente, decidieron acabar con las causas del miedo. No averiguaron el por qué del 11 de septiembre: “mamá, ¿por qué nos odian tanto?”, peguntaban los niños de California. Y no escucharon la respuesta: “por la injusticia, opresión, colonialismo e imperialismo con que les hemos tratado”. En su lugar decidieron eliminar el miedo con barbarie, arrasando Afganistán e Iraq, lo cual, a su vez, genera nuevo miedo a nuevos ataques terroristas.

Otra prueba palpable del miedo es la perversión en que ha caído el sistema de justicia. John Ashcroft, secretario de Justicia, ha exigido al Congreso poderes adicionales para la “guerra contra el terrorismo”: tribunales que puedan sentenciar a pena de muerte o cadena perpetua a los acusados de terrorismo; mantenerlos presos por tiempo indefinido y sin juicio; acusar de “partidarios materiales” a quienes apoyen o colaboren con grupos terroristas, bastando la opinión del Departamento de Justicia. Además, Ashcroft añadió que no piensa pedir perdón por las arbitrariedades cometidas después del 11 de septiembre contra sospechosos de terrorismo. A la postre, resultaron ser inocentes, pero permanecieron encarcelados sin juicio -hasta ocho meses en algunos casos-, y les fueron negados derechos básicos como el de tener acceso a un abogado.

Bush puede mentir descaradamente, inventar la existencia de armas de destrucción masiva, atropellar la libertad de expresión, quebrantar los derechos básicos de los prisioneros de guerra afganos y de la población civil iraquí. El nivel de desvergüenza es muy alto, lo cual quiere decir que el miedo es muy grande.


Miedo a “perder el buen vivir”

En mi opinión, existe, sin embargo, un miedo mayor y más fundamental, y que no es coyuntural -el miedo a inmigrantes o a terroristas-, sino estructural. En efecto, los países del Norte han conseguido un alto grado de “buen vivir”, aunque existan en ellos bolsas de “mal vivir”. Y eso no quieren perderlo ni rebajarlo por nada de este mundo. Como en el caso de la divinidad, es algo intocable. A sus ciudadanos les parece “lo normal”, de modo que vuelve a aparecer el “destino manifiesto” del primer mundo: vivir bien. De esta manera no tienen que preguntarse por el precio que para ello han pagado los pobres de este mundo. Y no sólo eso, sino que anuncian su “buen vivir” como evangelio, logro de la humanidad “para todos”: los países de abundancia son el espejo de las maravillas que aguardan a los pobres. Además, el “buen vivir” del Norte ya rebalsa, o rebalsará pronto, al Sur.

Los países del “buen vivir”, Estados Unidos, Alemania, Japón, Reino Unido, Francia, Canadá, Italia y Rusia, el G-8, representan el 12 % de la población mundial, y poseen el 60% de la riqueza. Controlan el FMI, el Banco Mundial y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Imponen reglas neoliberales con desastrosas consecuencias para la gran mayoría de la población mundial. Pero tienen miedo, y éste puede ir en aumento.

Se reunieron del 1 al 3 de junio en Evian y, como siempre, preveían protestas y manifestaciones. A comienzos de mayo se esperaban más de 200.000 manifestantes de diversos países de Europa, después bajó la expectativa: alrededor de 30.000 a 50.000. Con todo, las autoridades cercanas a la ciudad de Evian aumentaron el número de efectivos policiales y militares. Las autoridades suizas solicitaron la presencia de 1000 policías alemanes para reforzar al contingente suizo de 12.000 hombres. Desde la segunda guerra mundial, éste es el mayor despliegue militar y policial que ha habido en Suiza. Del lado francés, se movilizarían 18.000 efectivos que pondrían en marcha un gran operativo: el despliegue de 50 a 70 helicópteros, 50 aviones incluidos los Mirage, zonas de exclusión aérea y terrestres, reforzamiento de los controles fronterizos, etc. En total 30.000 efectivos. En la realidad, casi uno por cada tres manifestantes.

Todo un símbolo. El G8 tiene miedo. En lo inmediato tiene miedo a los manifestantes de quienes puede protegerse con un inmenso despliegue policial (que no ha dudado en reprimir prepotentemente, aunque entre los manifestantes siempre hay también vandálicos). Pero de fondo tiene miedo a la propuesta de que “otro mundo es posible”: no vivir como cómodos y crueles epulones junto a sufrientes e inocentes lázaros.


Enfrentamiento y reconciliación de los gobiernos de la abundancia

A veces parece que el Norte se resquebraja. En la guerra de Iraq Estados Unidos iba por un lado y Francia y Alemania por otro. Y las desavenencias prosiguen. Bush apunta a un conflicto muy grave: pontifica sobre qué alimentos deben comer los europeos. A finales de mayo, denunció a la Unión Europea por su prohibición de consumir alimentos transgénicos. Daba como razón que ello impedía a los países en vías de desarrollo cultivar cereales modificados genéticamente para su posterior exportación, lo que aumentaba el hambre y la pobreza en las naciones más pobres del mundo. (De hecho, Zambia los había rechazado, aun como donación. No así Malawi). Muchos líderes europeos se indignaron con estas palabras de Bush el moralista y le respondieron que los países de la Unión Europea destinan a la ayuda de los países pobres un porcentaje de sus ingresos nacionales brutos mucho más alto que el de Estados Unidos -actualmente, Estados Unidos ocupa el puesto número 22, el más bajo de las naciones industrializadas.

La hipocresía deja sin palabra, pero lo que aquí queremos recalcar son otras dos cosas. Una es que sí hay enfrentamientos -escaramuzas- entre unos y otros, y los seguirá habiendo: los gobiernos hablarán de derechos y legalidad internacional de diferente manera; a unos se les escapará más que a otros una lágrima de compasión ante los 22 millones de afganos, los 28 millones de iraquíes y los cientos de millones del Africa negra. Pero la segunda, y decisiva para nuestro mundo, es que no se ve que nadie quiera arriesgar su propio buen vivir por causa de dichos enfrentamientos. Europa se enfrentará a Estados Unidos, pero sólo hasta cierto punto. Visto desde el tercer mundo, los enfrentamientos entre los gobiernos ricos suenan más a actuación para la galería que a enfrentamientos a fondo.

El símbolo ha sido el abrazo de Bush y Chirac en Evian. Y es que la Europa rebelde, que se había salido del carril, a las inmediatas tiene miedo de que sus empresas no se repartan el botín de la reconstrucción de Iraq, a que su desunión interna -Inglaterra y España contra Francia y Alemania- le dificulte llegar a ser la primera potencia económica. Pero el miedo mayor, pienso yo, es a que se configure un orden mundial distinto al actual. Arriesgar el buen vivir es pedir demasiado.


La hora de la verdad: conversión del G8 o mayor egoísmo

Otras cosas se dijeron en la reunión del G8. Lula, sin ánimo confrontativo, sino de mutua cooperación, recordó las cosas que sí dan miedo: “el hambre no puede esperar, es una realidad intolerable”, “ninguna teoría, por más sofisticada que sea, puede ser indiferente a la miseria y exclusión”. Y propuso soluciones: “la tasación del comercio internacional de armas, lo que traería ventajas desde el punto de vista económico y ético”.

Otros pusieron a prueba al G8: si desea realmente la paz en Africa, debe dejar de vender armas a los bandos enfrentados y debe controlar a sus transnacionales que alientan la corrupción, las guerras y los conflictos para apoderarse de los diamantes, el petróleo, el coltán. Un reciente informe de Amnistía Internacional recordaba que “al menos dos tercios de las transferencias de armas realizadas en el mundo entre 1997 y 2001 provienen de cinco países miembros del G8”. La pregunta al G8 se mantiene en pie: ¿aceptan que el vivir de todos es más importante que el buen vivir de unos pocos?


Las protestas: cuánto de compromiso y cuánto de superficial

En conjunto las protestas y manifestaciones contra la guerra fueron impresionantes. La crueldad contra Iraq, las mentiras de Bush, Blaire y Aznar irritan, provocan y convocan. En las manifestaciones se hizo presente el instinto de justicia, un buen grado de compasión y algo de la estética de la protesta, todo ello bueno y esperanzador. Pero sí hay que preguntarse por el compromiso que expresan esas protestas y sus límites. Dos ejemplos.

Desde Estados Unidos nos dicen que no nos hagamos demasiadas ilusiones. Las protestas han conseguido una mayor conciencia de los ciudadanos, pero éstos siguen siendo minoría. La mayoría sigue pensando que su gobierno lo hace bien, incluso muy bien -de ahí que, añaden, a Afganistán e Iraq bien pueden seguir Siria e Irán.

Otro amigo comenta desde España que las elecciones del 25 de mayo no reflejaron ni de lejos la realidad de las manifestaciones y las encuestas: el 90% de los españoles estaban en contra de la guerra de Iraq. Por eso hay que preguntarse cuánto ha habido en las protestas de compromiso o, consciente o inconscientemente, de acallar la mala conciencia. Y en definitiva hay que preguntarse cuánto está dispuesto a arriesgar su buen vivir el ciudadano medio de los países de abundancia para que puedan sobrevivir las mayorías pobres. El buen vivir embota la mente y adormece la conciencia. Ante el riesgo a perderlo, en las urnas muchos ciudadanos se comportan “más normalmente”. En protestas y manifestaciones hay mucho de sinceridad y compromiso, por supuesto, pero a la hora de la verdad parece que acaba imponiéndose el miedo, consciente o inconsciente, a perder el buen vivir.


La maldad y el error fundamental del “buen vivir”

¿Y qué hay de malo en querer “vivir bien”? Sólo dos cosas. Una es que en nuestro mundo eso sólo es posible -estructuralmente hablando-, a expensas del malvivir y muerte de mayorías de la humanidad. Por mucho que se dulcifique el lenguaje y el concepto, por mucho que haya que apoyar la cultura de la paz, del diálogo y la cooperación, en la realidad objetiva, no necesariamente en la subjetividad bien o mal intencionada, el mundo sigue siendo fundamentalmente antagónico. José Comblin, a sus ochenta años bien cumplidos, acaba de decir: “en realidad la humanidad está dividida entre opresores y oprimidos”, y esto seguirá así mientras el buen vivir de los países de abundancia no deje de ser intocable. La segunda cosa puede parecer más sutil e ingenua: el “buen vivir” puede llevar a la autosatisfacción, el bienestar, el placer, el sentimiento de ser más que otros, pero no a la humanización, la felicidad y el gozo. Aquí está el error fundamental.

* * *

Hemos comenzado estas reflexiones con unas palabras de Jesús y de Ellacuría ya ellos volvemos al final. Dice Jesús que, sea cual fuere el tesoro que elegimos, en él nos volcamos por entero. Los países de abundancia han elegido el “buen vivir”, en ello se vuelcan y por eso tienen miedo a perderlo. Jesús nos indica otro camino, el de las bienaventuranzas, la sencillez, la compasión, la limpieza de miras, el trabajo por la paz, el hambre y sed de justicia, saltar incluso de gozo si nos persiguen por ser así. La locura es manifiesta. Pero quien así vive, al menos no tiene miedo.

El “olvidado Ellacuría” decía que “la civilización de la riqueza” produce el buen vivir pero no deja vivir a las mayorías pobres ni humaniza a las minorías ricas. A ello oponía “la civilización de la pobreza”, otra locura manifiesta (que nosotros reformulamos más modestamente como “civilización de la austeridad compartida”). En esa civilización habrá menos injusticia, menos mentira, menos guerras, menos crueldad. Y menos miedo.

Estas palabras de Jesús y de Ellacuría las tomamos en su sentido estructural: lo que dicen al “mundo de abundancia”. En lo personal, grupos y personas viven en él abajándose, luchando por la humanidad y la decencia, por la vida de los que “viven mal”.

Y ésos son los que superan el miedo a los pobres, a los extranjeros, a los oprimidos. Hasta pueden tener gozo al vivir para ellos y convivir con ellos.

Autor: Jon Sobrino SJ
* Este artículo ha sido publicado en Servicios Koinonia 

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