Ética, economía y finanzas

En fecha reciente ha estado en Argentina el Cardenal Peter Turkson. Una noticia aparentemente circunscripta al interés de la comunidad eclesial y que en cierto modo pasó desapercibida. Entre otras actividades participó en la sesión inaugural de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina que tuvo lugar el 6 de noviembre. Más allá de esta visita nos interesa destacar aquí que el Cardenal Turkson y el arzobispo Ladaria –ambos presiden dos de los organismos más importantes de la Santa Sede– han elaborado el último de los documentos de mayor jerarquía –luego del Papa­– referido a consideraciones éticas sobre cuestiones económico-financieras, y fue publicado el 6 de enero de 2018.

El texto mereció en su momento algunos comentarios a nivel internacional y también a nivel local –varios laudatorios, otros de distanciamiento–. Entre los primeros se destaca, por ejemplo, el proveniente de de la V Cumbre Cooperativa de las Américas, desarrollada entre los días 23 al 26 de octubre pasado, que lo incluyó como uno de sus documentos principales de trabajo. El lema de la Cumbre fue “El movimiento cooperativo frente a los desafíos globales”. En este encuentro participaron más de 1200 dirigentes cooperativistas,  desde Canadá hasta la República Argentina, para debatir en torno de tres grandes ejes: El cuidado de la naturaleza, La democratización del sistema financiero y Los caminos para la integración cooperativa.

Precisamente el texto vaticano señala que la “financierización” de la economía lleva a que sus grandes redes se impongan a los actores políticos, a menudo impotentes. En efecto, la actual industria financiera debido a su capacidad de condicionar y de dominar la economía real, es un lugar donde los abusos tienen un potencial sin igual.

Es así que algunos productos financieros, aprovechando las lagunas informativas o la debilidad contractual de una de las partes, constituyen “una grave infracción desde el punto ético”. Se trata en realidad una mala financiación de la economía pues, siendo en principio una actividad lícita, la actual complejidad de muchos productos financieros –la llamada “riqueza virtual”­– son principalmente transacciones especulativas que atraen hacia sí excesivas cantidades de capitales, sustrayéndolas a los “circuitos virtuosos de la economía real”.

Expresamente se menciona a los sistemas bancarios paralelos (shadow banking system), fuera del control de las autoridades nacionales, que favorecen la llamada “financiación creativa” que se vuelve depredadora, y no de servicio a la economía real. Asimismo los mercados financieros offshore –lugares fuera de cualquier marco normativo oficial– de hecho se han convertido en ocasión de operaciones financieras al límite de la legalidad y de elusión fiscal, o directamente en lugares de lavado de dinero fruto de ganancias ilícitas (robo, fraude, corrupción, asociación criminal, mafia, botín de guerra), a través de canales que substraen “linfa vital a la economía real” y “eficiencia global” al sistema económico. Por lo tanto “las deficiencias éticas exacerban las imperfecciones de los mecanismos del mercado”.

Pese a la gravedad, de lo indicado todavía no ha sido posible imponer normativas eficaces ante “la poderosa influencia que estas plazas pueden ejercer, a causa del gran capital del que disponen frente a tantos poderes políticos”.

Por lo tanto, “es urgente a nivel internacional alcanzar la transparencia financiera; por ejemplo, “con la obligación de rendición de cuentas, para las empresas multinacionales, de sus respectivas actividades e impuestos pagados en cada país donde operan a través de sus filiales”. El hecho de que estos y otros mecanismos “funcionen impunemente demuestra lo frágil y expuesto al fraude que está el sistema financiero”.

De este modo, el rendimiento del capital amenaza con suplantar la renta del trabajo y en eliminar también su condición de “bien” para el hombre. Se produce una inversión de orden entre medios y fines: “el trabajo, de bien, se convierte en «instrumento» y el dinero, de medio, se convierte en «fin»”. Así encuentra terreno fértil esa “cultura del descarte” que margina a grandes masas de población.

Toda esta situación exige –prosigue el documento­– ser contrarrestada con una regulación adecuada y con fundamentos éticos claros que la economía y el mercado no pueden producir por sí mismos. Tampoco pueden generar los valores –cohesión social, honestidad, confianza, seguridad, leyes– que les permitan funcionar regularmente, ni corregir por sí mismos los “efectos externos negativos (diseconomy)” como las desigualdades, asimetrías, degradación ambiental, inseguridad social, fraude, etc.

En ese sentido, la Iglesia –en este documento y en toda su enseñanza constante– recuerda algunos principios éticos fundamentales, ante los cuales ningún sector puede legítimamente pretender estar exento.

Las estrategias económicas deben estar dirigidas a la “calidad global de vida”, a un bienestar que debe ser integral, “de todo el hombre y de todos los hombres”, antes que al “crecimiento indiscriminado de las ganancias”. O sea, “el dinero debe servir y no gobernar”. Por lo tanto, el desarrollo debe evaluarse con indicadores mucho más amplios que el producto interno bruto, como la seguridad, la salud, el capital humano, la calidad de la vida social y del trabajo. Todo progreso económico tiene que ser evaluado en base a su capacidad de producir desarrollo más allá del corto plazo.

Entre las medidas propositivas que el documento señala, sobresale “función social insustituible del crédito”, que favorece una “circularidad virtuosa de riqueza”. En este sentido, son muy positivos el crédito cooperativo, el microcrédito, y el crédito público al servicio de las familias, las empresas, las comunidades locales, y de los países en desarrollo. En ese sentido se considera que el ahorro, especialmente el familiar, es un bien público que hay que tutelar.

Por otro lado, se propone que –dado la salud del sistema-mercado está amenazada por instrumentos económicos y financieros que crean riesgos sistémicos que “intoxican” ese organismo– es urgente una coordinación supranacional que promueva una especie de “biodiversidad económica y financiera” que permita una pluralidad instrumentos sanos.

Asimismo se plantea crear Comités Eticos dentro de los bancos y empresas para garantizar el adecuado autocontrol de los productos financieros, pues no basta una “conformidad negativa” meramente formal, sino que hay que alcanzar una “conformidad positiva” de cumplimiento efectivo de la normativa vigente.

Finalmente, se presta atención a los ciudadanos concretos mediante un llamado al ejercicio “consumo responsable” del consumo y del ahorro que implica una selección cotidiana entre los diversos productos que ofrece el mercado. Habrá que rechazar las cadenas productivas donde es normal la violación de los más elementales derechos humanos o la ganancia de sus accionistas a cualquier costo. Seleccionar bienes de consumo es “un proceso éticamente digno”. Es decir: “a través del consumo expresamos una ética, y estamos llamados a tomar partido ante lo que beneficia o daña al hombre concreto”. Asimismo, la gestión de los propios ahorros, dirigiéndolos, por ejemplo, hacia la banca y hacia aquellas empresas que crea riqueza con criterios y prácticas congruentes con el desarrollo integral de la persona.

Es muy significativo comprobar que la declaración final de la V Cumbre Cooperativa de las Américas contiene afirmaciones notablemente convergentes con el documento eclesial que reseñamos en sus aspectos fundamentales. Efectivamente, la declaración reafirma el compromiso con la defensa del planeta, la inclusión y la democratización financiera y la integración de la economía solidaria para el desarrollo sostenible, que exige la urgente construcción de nuevas formas de producir y de consumir.

Es posible que organizaciones como la Alianza Cooperativa Internacional  –presidida desde 2017 por el argentino Ariel Guarco– y otras afines, sean un contrapeso real y efectivo “a la globalización económica hegemonizada por el capital financiero, sin compromiso con el desarrollo y las particularidades históricas, culturales, ambientales y sociales de los distintos territorios, ha provocado el desamparo de cada una de nuestras comunidades en un escenario de creciente incertidumbre económica”, advierten los cooperativistas.

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Eloy Mealla
Licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador, Buenos Aires y Profesor en Teología en la Universidad Católica de Argentina. Tiene estudios de Posgrado en Cooperación y Desarrollo en la Universitat de Barcelona. Es consultor en varias organizaciones sociales y en programas de formación y desarrollo social. Es también Profesor en la Universidad del Salvador, Universidad Nacional de Moreno, en el CESBA-ISET y en FLACSO. Sus datos de contacto son: eloymealla@gmail.com y http://educacioneticaydesarrollo.blogspot.com.ar