Fe en tiempos de desconfianza

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No hay fe donde hay temor o desconfianza. La confianza y la fe están implicadas mutuamente. Cuando hablamos de confianza nos referimos a aquello que nos empuja a abrirnos a otro o a Otro, a abrir espacio en nuestro sistema de valores o existencia a algo, alguien o Alguien. Pero, ¿cómo hablar de fe y confianza? ¿Importa realmente prestarle atención a la palabra confianza cuando para sobrevivir lo que debo es desconfiar de todos y de todo? ¿No será mejor dedicarle más atención a los medios efectivos para transformar la realidad? Asediados por la violencia en su forma discursiva y en su instauración real en nuestra vida cotidiana en el crimen, ¿cómo hablar sobre la confianza?  ¿Qué valor puede tener la confianza cuando perdemos todas las esperanzas y parece no haber más futuro en el cual se pueda confiar?

El gran mal que padecemos como sociedad es haber perdido la confianza, aquella confianza que hacía brotar la amabilidad y la calidez del corazón en un calor que se expandía estrechando lazos de unión aun con personas ajenas a los lazos sanguíneos. Podríamos ir enumerando en nuestra memoria presente las distintas manifestaciones de esta crisis de confianza que van desde el ámbito meramente personal hasta el económico y político.

Pero el discurso de la desconfianza solo logra vencer cuando penetra los corazones, pues tiene como consecuencia directa la disminución de nuestra libertad en tanto capacidad de apertura siempre creativa: ser libres es la fuerza permanentemente confiada y creadora que nos abre en el presente al futuro. Para los cristianos la libertad es don tan grande otorgado al hombre que el mismo Dios se entregó por ella. Es por eso que es preciso deslindar los terrenos: un régimen totalitario no ha vencido cuando controla los medios de comunicación, los poderes o ejerce la fuerza indiscriminada; un régimen totalitario ha vencido solo cuando logra establecer su lógica como verdad en lo más profundo de nuestra existencia, cuando llega por medio del miedo y la desconfianza a neutralizar nuestra capacidad de ubicarnos libremente en la realidad, cuando nos lleva a desconfiar de todo y de todos, incluso de nuestras propias capacidades creativas y humanas. Así, cuando alcanza ese objetivo el régimen ha triunfado, se impone como lógica única y absoluta. Por ello todos los regímenes totalitarios han tratado de mimetizarse con la religión o han establecido una “fe ciega” como sistema paralelo.

Ante la lógica de exclusión solo la fe puede salvarnos, pero no una fe sin contenidos existenciales. Nada hay más transformador que la fe que genera y reconstruye la confianza; únicamente la fe hace que el corazón se niegue a entregarse a la desconfianza del presente y del futuro. Ningún sistema puede arrebatarnos la fe que genera la libertad, así que hemos de empezar a tener fe en medio de la desconfianza y ello ha de traducirse en proponernos recomponer el sutil tejido de la confianza.

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