Jesús ante la mentira y la corrupción

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La «mentira» y la «corrupción» son signos que revelan el estado de salud de las personas, de las sociedades; afectan a la justicia, al bien común; fomentan la desconfianza, el chantaje, el aprovechamiento de la buena voluntad; no nos dejan ser honrados con la realidad de los pobres. Hemos escuchado: «no roben o engañen, ni mientan» (Lev 19,11-12) porque «la verdad nos hará libres» (Jn 8,32). Sí, pero para ello hay que vivir «desechando la mentira, cada uno hablando con la verdad con su prójimo» (Ef 4,25). La consecuencia es clara: sólo es sujeto y por tanto verdaderamente humano, quien habla con la «verdad».

Juan el Bautista criticó el sistema político de su época con la metáfora «raza de víboras» (Mt 23,33). Esto le costó su vida. Jesús denunció el comercio que existía en torno al Templo, donde confluían actores políticos, económicos y religiosos; los comparó con una «cueva de ladrones» (Mt 21,13), dejando al descubierto cómo vivían de la mentira, de la corrupción, manipulando las conciencias de los pobres, quitándoles sus bienes (Mc 12,41-44). Al final lo matan. Quien roba y miente le quita el pan, el futuro al pobre, y torna al otro en dependiente, porque ha convertido al «dinero» en su ídolo (Lc 16,13).

Jesús captó que su pueblo andaba cual «ovejas sin pastor» (Mt 9,36). Nadie lo representaba dignamente ante esta situación: el poder político lo engañaba con duras «cargas» que apesadumbraban la vida cotidiana, y el religioso había olvidado hablar como «profeta» y «sanar» como pastor. Uno y otro justificaban lo que sucedía. Tenían miedo (Jn 11,48). Jesús los llama hipócritas porque eran «semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de inmundicia» (Mt 23,37). Habían hecho de la mentira un modo de vida para sostenerse en el poder, olvidando la causa del pobre, el servicio fraterno.

La mentira deshumaniza, perturba nuestras palabras, nuestros tratos, divide a las personas (Jn 8,44) y destruye el bien común. Herodes engañó a los sabios para matar a un inocente (Mt 2,1-12), así como algunas autoridades acusaron falsamente a Jesús para poder ejecutarlo (Mt 26,59).

¿Es posible vivir de otro modo? Sí, pero hay que «cambiar». Hablar con la verdad significa dejar de engañarnos, no tratarnos con odio, denunciar la corrupción, ser honrados ante la realidad, no descargar la propia ira sobre otros y «decir sí cuando es sí, y no cuando es no; porque cualquier otra cosa viene del demonio» (Mt 5,37), es decir, acciones y palabras que «dividen», «deshumanizan» y producen «carencias».

El reto está en recuperar la calidad de vida con la que Dios nos creó: que vivamos de la «verdad» y no de la mentira, gozando de «abundancia» y no de escasez, tratándonos «fraternalmente» y sin odio. Estos tres signos devolverán la salud a nuestras vidas.

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)