Jesús, la paz y el conflicto

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En la época de Jesús eran muchas las personas excluidas y maltratadas por los sistemas de poder, lo cual se hacía en nombre de la imagen que los líderes políticos y religiosos tenían de Dios. Sin embargo, Jesús nos revela otro modo de ser de Dios, el de uno que se sienta y come con los pecadores y las víctimas, aun cuando lo acusan de ser irrespetuoso de la Ley (Mc 2,16); el de uno que no justifica lo injustificable y quiere un cambio. Para ello se hace itinerante con los pobres, compasivo con los enfermos y solidario con el necesitado, entendiendo que tal cambio pasa por reconstruir la paz social perdida.

César Augusto había unificado a Roma trayendo «la paz al mundo» por medio del control y la dominación, basándose en un sistema jurídico que defendía sólo a los suyos y actuaba con impiedad con quienes se le oponían. En este contexto Jesús proclama que no habrá paz social sin justicia: «bienaventurados» «los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» y «los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino» (Mt 5,9-10). El mensaje era claro: el «reino» de César, el «hijo divino» de Apolo, no ofrecía la verdadera paz, aunque la proclamara.

Frente a la paz sectaria de las «legiones romanas», Lucas propone otra, representada por las «legiones angélicas» que aparecen en el relato de la Natividad, y que simbolizan la opción por una sociedad justa y desarmada (Lc 2,13-14), para que la violencia y la impunidad no reinen. Es una paz «para todos».

La paz no la traen las ideologías políticas, como tampoco las mediaciones rituales, los sacrificios o el rezo de devociones (Mc 12,33), sino la opción que cada uno haga por vivir con humanidad y reparar la sociedad al ir reconciliando las relaciones: «si al presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, y vete primero a reconciliarte» (Mt 5,23-24).

Sin embargo, optar por este modelo de paz, justicia y fraternidad, implica vivir un conflicto de fidelidades porque exige la coherencia frente al rechazo de las familias, instituciones políticas y religiosas que siguen ancladas en la lógica del poder y la sumisión. Es un conflicto personal que puede llevar al hijo a tener que vivir fuera de la familia, y a quien asuma la defensa de las víctimas, a tener que padecer la impiedad del poderoso.

No hay paz sin consecuencias porque no hay paz sin justicia. Lo recuerda Mateo: «no he venido a traer paz, sino espada. Porque vine a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre…; los enemigos del hombre serán los de su misma casa» (Mt 10,34-36). ¿Debemos hacer silencio ante quien robe, mate o humille con sus palabras y acciones? ¿Estamos dispuestos a asumir las consecuencias del rechazo al optar por un modo de ser tan humano como el de Jesús, incluso en medio de nuestras familias e instituciones políticas y religiosas?

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)