Libertad

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Otra de las palabras más estropeadas del lenguaje. Parodiando a Madame Roland, ferviente partidaria de la revolución francesa, podríamos comentar: “libertad ¡cuántas esclavitudes se generan en tu nombre!” O con Dostoievski: “partiendo de la libertad ilimitada llego al despotismo ilimitado”.

Vamos a comentar esta definición: libertad es la plena coincidencia con lo mejor de uno mismo. Nunca la conseguiremos del todo. Pero podemos estar orientados y caminar hacia ella.

Los humanos somos seres interiormente divididos; recibimos nuestro ser como tarea de nosotros mismos, y disponemos del libre albedrío para conquistar la libertad. Los antiguos distinguían, por eso, entre libre albedrío y libertad: pues en nosotros puede darse aquella paradoja que lamentaba el Segismundo de “La vida es sueño”: “y yo, con más albedrío, ¡tengo menos libertad!”.

Nuestra cultura ambiental, teledirigida por la economía consumista, concibe la libertad como “hacer lo que me da la real gana”. Ignora que hacer lo que nos da la gana acaba convirtiéndonos paradójicamente en esclavos de mil cosas inferiores a nosotros, como enseñaba la dialéctica hegeliana del señor y el esclavo (o la película de Losey: “The servant”). El drogata de hoy creyó ser libre ayer, cuando decidió pincharse; como el fumador de ayer con cáncer de pulmón hoy; o el amante ciego convertido en pelele de un supuesto amor…

El problema de la libertad radica en esa condición contradictoria nuestra: somos seres separados, escindidos entre presente y futuro, entre materia y espíritu, entre el yo y los otros… Esa división interna puede crearnos mil necesidades falsas. Y cuando nos domina una falsa necesidad acabamos siendo esclavos de algo que parecía una promesa seductora. Para san Pablo, nuestra escisión más radical se da entre dos tendencias fatales: la egolatría de quien se cree centro del mundo y acaba convertido en esclavo de mil falsos dioses, y la idolatría secreta del moralista reprimido que acaba siendo un ególatra: porque ya no hace lo bueno por amor al bien, sino porque es esclavo de su propia imagen y necesita sentirse superior a los demás. Contra ambos, Pablo anuncia una nueva posibilidad humana, como la gran aportación del mensaje cristiano: un hombre liberado de sí mismo, de su propio ego y de su afán de reconocimiento, liberado de nuestra inagotable necesidad de justificación.

De Pablo podríamos aprender, que nuestra libertad, para ser tal, necesita ser liberada. Esa liberación es la tarea de nuestra existencia y, según Pablo: “Cristo nos liberó [de nosotros mismos] para que seamos verdaderamente libres”.

Según eso, vivimos para aprender a ser libres. Lo cual resulta subversivo en una sociedad que predica que vivimos para ser felices, y pone nuestra dicha en consumir más y mejor. Y molestará también a algunos cristianos pseudomodernos que claman: “Dios me creó para ser feliz”, y acaban creyendo que Dios les creó para ser consumidores. Ambos deberían recordar que pensadores de gran talla, y de orientación tan opuesta, como pueden ser Berdiaeff y Nietzsche enseñaban que el ser humano tiene que elegir entre felicidad y libertad. Si elige la primera quizá se creerá feliz pero no será más que “un esclavo contento”, cuya vida carece de sentido. Si elige la libertad, su vida podrá estar sembrada de disgustos y dificultades, pero será una vida con sentido. Y el sentido es toda la felicidad a que podemos aspirar en esta tierra cruel, convertida en más cruel todavía por aquellos que pretenden vivir para ser felices ellos.

Última observación: cuando Pablo escribe que Cristo nos liberó para que seamos libres, recoge datos históricos de la vida de Jesús. Estadísticamente las dos palabras que más se le aplican a Jesús en los evangelios son estas: “entrañas conmovidas” y “libertad”. Para esta segunda, la lengua griega tiene una palabra (eksousía) que significa a la vez libertad y autoridad: “la gente se maravillaba de la autoridad” (o de la libertad) con que hablaba Jesús, “porque no enseñaba como los escribas y fariseos” (Mc 1,22).

Hoy, cuando Europa ha renegado de sus raíces griegas (sustituyéndolas por la pseudoherencia de un supuesto “tío de América”), convendría recobrar esa identidad entre libertad y autoridad, que es indispensable para nuestra vida social y política: una libertad auténtica es la fuente de toda autoridad verdadera; y no hay autoridad más válida que la que brota de una persona verdaderamente libre. La razón de ello es que, en la meta asintótica de nuestras vidas, libertad y amor coinciden, como coinciden en Dios.

Aquí no hemos podido hablar de eso, ni tampoco de que una determinada experiencia de la belleza como gratuidad (y no como objeto de comercio, de consumo y de subasta), puede generar una libertad parecida. Ni hemos hablado de los obstáculos exteriores a nuestra libertad, sino sólo de sus aspectos interiores; insuficientes sí, pero también decisivos. Los obstáculos exteriores quedan para otro día.

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Jose Ignacio Gonzalez Faus
Reconocido teólogo jesuita de origen español con gran influencia en la teología latinoamericana. Estudió teología en Innsbruck. Ha sido profesor de la Universidad de los jesuitas en El Salvador. Actualmente dirige el Centro de Estudios Cristianismo y Justicia en Barcelona.