Las parábolas de Jesús: reflexiones sobre la interpretación y el lenguaje parabólico

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  1. Introducción

Las parábolas son creaciones del momento, son textos narrativos breves, ficticios y verosímiles basados en hechos creíbles por su cotidianeidad que provocan una apelación al oyente/lector a interpretarlas. Sin embargo, siempre es un desafío leer e interpretar las parábolas, y reflexionar sobre ellas en relación a la teología en general y al anuncio del Evangelio. Por ello, en este breve ensayo se mencionarán dos criterios hermenéuticos que ayuden a una recta interpretación de las parábolas y se presentarán algunas orientaciones que el lenguaje parabólico permite aportar a la teología y al anuncio del Evangelio.

  1. Criterios hermenéuticos para una recta interpretación de las parábolas

Los criterios hermenéuticos para una recta interpretación de las parábolas pueden ser variados y distintos entre sí, dependiendo de quien se sitúe frente a ellas. Sin embargo, en mi caso, son dos los criterios hermenéuticos que englobarían y surgirían otros sub-criterios para una buena lectura de las parábolas de Jesús: la lectura desde la centralidad del Reino de Dios y el uso de metáfora como forma literaria para leer las parábolas.

El primer criterio hermenéutico es la lectura desde la centralidad del Reino de Dios. ¿Qué es el Reino de Dios? Es la acción de Dios en la historia que se concreta con la presencia de Jesucristo. Las parábolas manifiestan esta acción de Dios desde la verosimilitud de una narrativa ficticia basada en la cotidianeidad de la época; en otras palabras, es la experiencia cotidiana, aquella misma que está detrás de los escritos sapienciales, que sostienen una historia creada y contada en el momento. El contenido de las parábolas refleja cómo la dinámica entre esta experiencia cotidiana y el actuar de Dios se interrelacionan, revelando a Aquel que es la concreción misma de esta dinámica: Jesucristo. Leer las parábolas es adentrarse a conocer el estilo de actuar de Jesucristo y, por ende, a su persona misma, debido a que el lenguaje poético que poseen las parábolas no se les puede separar su contenido. Por ende, otorgaría sentido lo que decía P. Ricoeur:

«Cuando el texto toma el lugar del habla, ya no hay un locutor propiamente hablando, al menos en el sentido de una autodesignación inmediata y directa del que habla en la instancia de discurso. Esta proximidad del sujeto hablante con su propia palabra es sustituida por una relación compleja del autor con el texto que permite decir que el autor es instituido por el texto, que él mismo se sostiene en el espacio de significado trazado e inscripto por la escritura. El texto es el lugar mismo donde el autor adviene»[1].

Es en la parábola misma donde el oyente/lector tiene un encuentro con Jesucristo, quien no entrega una doctrina ni una norma moral para que los discípulos y, por ende, la comunidad cristiana –desligándose de una época determinada gracias a su funcionamiento permanente– las guardasen para memoria de una enseñanza, sino que entrega una apertura a maravillarse con lo paradigmático del Reino de Dios, con dejarse asombrar e interpelarse por aquello que desconcierta y que empuja a la reflexión, no solamente intelectual, sino que también experiencial, vital. Es Jesús quien interpela, por medio del lenguaje parabólico, al ser humano en general, creyente y no-creyente, para que tengan acceso a la realidad mirándola con sus ojos.

El segundo criterio hermenéutico es la claridad y preferencia de la forma literaria que debe ser ocupada para la lectura de las parábolas, en este caso, la metáfora. ¿Por qué esta figura literaria? Porque la metáfora permite que la parábola pueda “hablarle” al oyente/lector, es decir, que puedan interpelarlo no a quedarse o encasillar la parábola en un sentido y referencia, como lo hacía la alegoría, sino que pueda desplegar un abanico de sentidos y referencias que estimulen a un proceso de reflexión para entender el significado. Esto implicaría, entonces, que el significado de la parábola no se encuentra detrás de la misma, pensando que hay que decodificarla para descubrir el mensaje oculto, sino que el significado de la parábola dependerá de la interacción entre el texto y el lector, entre los elementos entregados material y redaccionalmente por el texto y las experiencias vitales que le produce el receptor (lector) cuando recibe el texto. Tendría sentido, por ende, que las parábolas contengan este final abierto, puesto que permiten re-descubrir la realidad, abrirla a una nueva mirada que responda vivazmente al contexto al que es leída. En suma, las parábolas leídas desde la forma literaria de la metáfora permiten comprender su totalidad, no de forma segmentaria (elemento por elemento), sino en cuanto su complementariedad que abarca la redacción y la interpretación en su conjunto.

  1. Lenguaje parabólico, teología y anuncio del evangelio

Ahora bien, las parábolas no solo se leen desde los criterios hermenéuticos señalados, sino que necesariamente la dinámica que manifiestan las parábolas conlleva a plantearse las siguientes preguntas: ¿De qué modo el lenguaje parabólico de Jesús es orientador respecto del modo de hacer teología hoy? ¿De qué modo el lenguaje parabólico de Jesús enseña un modo de acercarse a la Sagrada Escritura?

En primer lugar, el lenguaje parabólico es orientador respecto del modo de hacer teología hoy por su estructura apelativa. Durante siglos, la teología se consideraba una ciencia, muchas veces apologética, que tenía que desarrollar argumentaciones lógicas y racionales para la demostración de los contenidos de la fe; incluso, hoy en día, la teología realizada en la academia se preocupa del orden lógico y argumentativo de las propuestas y profundizaciones. No es que tales instrumentos mencionados hayan distorsionado el estilo de actuar de Jesucristo, sino que más bien el lenguaje parabólico no ha sido utilizado equilibradamente –por no decir nunca– por la teología. Este lenguaje parabólico no consiste en otorgar una argumentación lógica aplastante –que vence, pero no convence–, sino que «busca re-elaborar la experiencia personal para ayudar al oyente a entenderla de un modo nuevo y más apropiado»[2]. Por ende, la teología –sobre todo en las áreas dogmáticas y morales, donde se encuentran más presentes en la sensibilidad de los fieles– debiese optar por este lenguaje parabólico para que el dogma y las normas morales puedan ser interpretadas y re-interpretadas desde un contexto epocal concreto y situado, encarnizado, que considere las experiencias vitales de quienes son oyentes de tales contenidos. ¿Acaso hoy la dogmática y la moral son interpelantes? ¿Acaso invitan a la interpretación seria y abierta, para que pueda responder a las inquietudes y críticas del mundo contemporáneo? ¿O solo se queda en conceptos claros y distintos que han sido elaborados en tiempos anteriores, provocando que sean un contenido a memorizar u odiar por su rigidez, antes de que invitar a la conversión? Creo que el lenguaje parabólico es –y debe ser– un elemento pedagógico para la teología actual.

En segundo lugar, retomando lo anteriormente dicho, expresa el modo en cómo el lector puede acercarse a la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras. Es de suma importancia comprender que la Sagrada Escritura es Palabra de Dios escritas por hombres, es decir, es la comunicación de Dios al hombre en –no, mediante– el texto mismo. Esto quiere decir que, como texto, tiene una estructura, formas literarias, expresiones lingüísticas de la época, un contexto que ve su creación, etc., y no un texto desencarnado de la realidad. Así también, la parábola es un texto narrativo breve que manifiesta el estilo de actuar de Jesús y, por ende, su persona, pero que se basa en un constructo ficticio de hechos creíbles por su cotidianeidad. No son dos elementos por separado, sino que están intrínsecamente unidos. De ahí que las parábolas entregan un modo específico de acercarse a la Escritura: desde la experiencia vital. El lector/oyente de las Sagradas Escrituras –y, también, de las parábolas– tiene que acercarse necesariamente desde las experiencias vitales que le rodean, para que así las experiencias vitales que trasluce el texto mismo otorguen sentido al lector y que el lector otorgue vivacidad al texto, formándose una interrelación entre el texto y el lector, y permitiendo que surjan significados y referencias variadas, siempre desde la experiencia fundamental y central de encuentro con Jesucristo.

  1. Conclusión

En suma, las parábolas de Jesús, desde los criterios de una lectura desde la centralidad del Reino de Dios y del uso de la metáfora, permiten otorgar orientaciones claves que permitan reflexionar las estructuras y metodologías fundamentales de la teología y del acercamiento literario de las Sagradas Escrituras, con el fin de permitir descubrir a quien se acerca a la lectura de las parábolas no solo a «descubrir el estilo de Jesús y sus grandes convicciones: su especial relación al Padre y el sentido de su actuar mesiánico»[3], sino que también a descubrir el estilo de hablar de Jesús en el tiempo presente, que nos interpela a mirar con sus ojos la realidad e interpretarla desde Él.

[1] Paul Ricoeur, «¿Qué es un texto?», en Del texto a la acción. Ensayo de hermenéutica II, 2.ª ed. trad. por Pablo Corona (Buenos Aires: FCE, 2010), 131.

[2] Eduardo Pérez-Cotapos, «Cómo funcionan las parábolas», en Las parábolas de Jesús. TEO286 (Santiago: 2016), 57.

[3] Pérez-Cotapos, «Cómo funcionan las parábolas», 59.

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Franco Nicolas Rojas Contreras
Nacido en Chile en 1994. Estudiante de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Presidente del Centro de Estudiantes de Teología (CET) de la Facultad de Teología PUC (2016). Ayudante de la cátedra investigaciones FONDECYT en curso de «Aporte de los obispos chilenos al Concilio Vaticano II» y «El Concilio de Nicea y su recepción de acuerdo a los documentos originales», encargada por el investigador Dr. Samuel Fernández Eyzaguirre (2016 en adelante).